viernes, 24 de mayo de 2013

Resérvame el vals, Zelda (y 3): la vida en un escenario

Charles Blackman. The Crack Up. 1973


La última vez que se vio juntos a los Fitzgerald, Scott y Zelda, fue en París, en el año 2011, justo a la medianoche, en una especie de pliegue del tiempo con el que un Woody Allen casi casi cortazariano quería jugar con esa nostalgia que ciertas personas experimentamos de un pasado anterior a nosotros, un pasado que no conocimos pero que nuestra imaginación ha idealizado; una añoranza que se completa, naturalmente, con una mirada insatisfecha sobre la época que nos ha tocado vivir, en la que no parece que encajemos. No era la primera vez que Scott Fitzgerald se dejaba ver en una película de Woody Allen: en Zelig aparece el verdadero Scott en una de las escasas imágenes en movimiento que se conservan de él, escribiendo al aire libre. 

Alison Pill y Tom Hiddleston en Midnight in Paris 

Antes, en 1980, se les había visto sobre un escenario de Broadway, en una de las últimas obras de Tennessee Williams, titulada Clothes for a Summer Hotel. Al parecer, Williams, uno de los grandes dramaturgos del siglo XX (El zoo de cristalUn tranvía llamado DeseoLa gata sobre el tejado de zinc calienteDe repente, el último veranoDulce pájaro de juventudLa noche de la iguana… ), se identificaba personalmente con la tragedia de los Fitzgerald: no era sólo que reconociese en sí mismo un consumo excesivo de alcohol durante buena parte de su vida, o la pérdida del favor del público, o la lucha que en el artista emprenden su creatividad y sus necesidades económicas, sino que las visitas de Scott a las clínicas psiquiátricas donde estuvo internada Zelda le recordaban las que él mismo hacía a su hermana Rose, mentalmente desequilibrada también. La obra transcurre durante un encuentro entre Scott y Zelda en el Hospital Psiquiátrico Highland en Asheville, Carolina del Norte (donde ella moriría en 1948), y hace un recorrido en flashbacks a través de su tormentoso matrimonio. Tennessee Williams (sureño, como Zelda) tardó cuatro años en escribir esta obra, que se estrenó con Geraldine Page en el papel de Zelda. Fue un fracaso comercial y de crítica, y Williams prometió no volver a estrenar en Nueva York (murió tres años después). Que yo sepa, esta obra no se ha visto nunca en los escenarios españoles.

También tenía yo una referencia muy vaga sobre un musical cuyo argumento eran sus trágicas vidas, musical que (cosa extraña), siendo el mismo, unas veces aparecía mencionado con el nombre de Beautiful and Damned y otras con el de Zelda, “Un musical basado en la extraordinaria vida del icono americano de los años veinte”. Hace poco más de un mes me lo encontré, completo, en Internet. Lo vi en el ordenador, y confieso que me emocioné, que llegué sentirme como si lo contemplase, con el aliento contenido, desde la oscuridad de un patio de butacas: no podía creerme que sus vidas hubieran podido ser tratadas tan fielmente en un musical, que episodios fundamentales de sus biografías fueran contados en canciones tan bellas.

Una parte de mí quisiera ensanchar el Loser, elevar considerablemente la altura de sus paredes, multiplicar por veinte o treinta las dimensiones del escenario, llenar el local de cómodas butacas tapizadas en terciopelo rojo y palcos suntuosos, colgar del techo bellas lámparas de araña y reestrenar aquí mismo las dos horas y dieciocho minutos del maravilloso musical. Pero, evidentemente, nadie iba a verlo: una imagen demasiado pequeña, a pesar de todo; una experiencia demasiado kinetoscópica. De manera que abriré un pasadizo hacia ese otro teatro mucho más amplio de las pantallas completas (hacer click en el título o el cartel):



Eso sí, no renuncio a traer aquí al menos dos de las canciones y un resumen. Pero quisiera situar brevemente la acción: La obra comienza en el Hospital Highland, en 1938; una Zelda de cabello suelto y descuidado, vestida con las ropas de una paciente psiquiátrica, se ve mentalmente acosada por sus fantasmas. De pronto, recuerda su infancia, y el escenario poco a poco se convierte en la Alabama de 1912, y luego en la de 1918: la fiesta en el Country Club de Montgomery en la que el teniente Fitzgerald y la joven y descarada Zelda Sayre se conocen, y las calurosas noches en el balancín del porche, y los recelos del padre de ella, y la separación: Scott se va a Nueva York a labrarse una carrera como escritor, Zelda se queda en el Sur; se escriben bellas cartas de amor... Letters: 




El resto de la obra sigue más o menos fielmente el desarrollo de sus vidas (existen las inevitables licencias teatrales, claro): asistimos a su boda en la catedral de San Patricio, a su alocada estancia en el Hotel Biltmore (divertidísima coreografía con baño en fuente), las noches no menos desenfrenadas en el París de los años veinte y en el sur de Francia, los garitos nocturnos, el encuentro con Hemingway (la amistad con Scott, la rivalidad con Zelda: "Scott, Zelda no es tu musa, es tu Némesis"), la obsesión de ella por el ballet, la locura, el alcoholismo de Scott, la forma en que la novela Suave es la noche se le escapa de las manos, la velocísima composición de Resérvame el vals, el enfado de Scott… La novela de Zelda se publica; es la hija de ambos, Scottie, quien en el musical le entrega un ejemplar a su padre, que lo hojea emocionado… "Papá, ¿de verdad has leído en el libro cosas tan terribles sobre ti?", viene a decirle la joven. "No, no hay nada aquí que no haya surgido del amor", le contesta -más o menos- Scott. Es la emotiva Save Me the Waltz....



Pasa el tiempo. Scott ha muerto, pero aún aparece, vestido de nuevo con su impecable uniforme de teniente, para bailar por última vez con una Zelda que ahora sí poco a poco se queda a solas con su enfermedad...




Beautiful and Damned se representó en el Lyric Theatre, del West End londinense, entre el 28 de abril y el 14 de agosto de 2004. El libreto es de Kit Hesketh Harvey y la música y letras de Les Reed y Roger Cook. Estuvo dirigida y coreografiada por Craig Revel Horwood e interpretada por los británicos Michael Praed  y Helen Anker en los dos principales papeles.


 .....
“(...) Tal vez la mitad de nuestros amigos y parientes le dirían con honesto convencimiento que mi afición a la bebida volvió loca a Zelda, pero la otra mitad le aseguraría que su locura me condujo a la bebida. Ningún juicio significaría nada: unos y otros se mostrarían igualmente unánimes al decir que deberíamos separarnos, frente a la ironía de que nunca, en todas nuestras vidas, hemos estado tan desesperadamente enamorados (...)”
             Carta de Scott a la doctora Squires,de la clínica Phipps, Baltimore. Marzo de 1932

1926

domingo, 12 de mayo de 2013

Resérvame el vals, Zelda (2): la novela


Primera edición, de 1932









Un teniente rubio a quien le faltaba una insignia subió los escalones (...) Parecía disponer de un apoyo celestial por debajo de los omóplatos que alzaba sus pies del suelo en estática suspensión, como si gozara secretamente de la facultad de volar pero caminara por concesión a las convenciones.

Zelda Fitzgerald
RESÉRVAME EL VALS
Román y Bueno editores, 2012



Scott Donaldson, uno de los biógrafos literarios más relevantes de Estados Unidos, cita en un libro dedicado a Scott Fitzgerald una carta escrita en 1919 por Zelda Sayre -más tarde Fitzgerald-, en la que le decía a su prometido que esperaba no probar nunca suerte en cuestiones artísticas, pues era mucho más agradable estar segura de que podía hacerlo mejor que otros que intentarlo y no lograrlo. Esta actitud la mantuvo Zelda durante los primeros años de matrimonio. No fue, sin embargo, una mujer a la sombra de su marido, el escritor famoso que a sus 23 años se había convertido, con su primera novela, en portavoz de una nueva generación de jóvenes norteamericanos. Scott compartía con ella la celebridad: eran los Fitzgerald, bellos pero aún no malditos, que atraían la atención de todos y acudían a todas las fiestas. Así, en mayo de 1923, la revista Hearst's International publicó a toda página esta conocida foto, que Zelda llamaba su «Elizabeth Arden Face»:


Ella, además, escribió aquella década artículos y algún cuento, que Scott corregía y que publicaban con los nombres de ambos porque de ese modo les pagaban mucho más. Se aburría durante las largas horas que Scott pasaba escribiendo, pero luego él le leía sus manuscritos y ella aportaba sugerencias: le convenció de que su segunda novela no tuviera final feliz, y de que el mejor título para la tercera, de todos cuantos él barajaba, era El gran Gatsby. No es sólo que muchas de las experiencias vividas por ellos dos acabaran formando parte de alguno de los cuentos o novelas de Scott, es que ocasionalmente él usaba para sus libros fragmentos de las cartas de Zelda, e incluso de su diario, que ella ponía a su disposición.

En 1927 esto cambió. En algún momento de las ocho semanas que pasaron en Hollywood a comienzos de año, Scott se permitió un devaneo romántico con una jovencísima actriz. Zelda, que en el verano de 1924 tuvo en la Riviera su particular romance con un aviador francés, enfureció de tal modo que arrojó por la ventanilla del tren que les devolvía al Este aquel reloj de platino y diamantes que él le regalara cuando eran novios. La aventura de Scott le hizo ver que dependía de su marido, y a mediados de año empezó a practicar ballet, no como una forma de ocupar su tiempo, sino con la determinación de labrarse una carrera profesional. Había recibido clases siendo niña, entre los 9 y los 16 años, que abandonó para ocuparse de sus múltiples y excitantes compromisos sociales. Ahora, a los 27 años, primero en Estados Unidos y luego en París, con madame Egorova, Zelda se entregó de manera obsesiva y extenuante al ballet. Practicaba constantemente, incluso si había invitados en casa, y poco a poco fue dejando de interesarse por cualquier otra cosa, al tiempo que Scott bebía cada vez más. «Tú te estabas volviendo loca y lo llamabas genialidad, yo me estaba destrozando y lo llamaba cualquier cosa que tuviera a mano», le escribió él más tarde. Lo cierto es que era ya demasiado mayor para convertirse en una primera bailarina, tal como se había propuesto, y su febril dedicación a la danza acabó bruscamente y para siempre cuando en 1930 se hundió en su primera crisis nerviosa.

Zelda Fitzgerald, 1900-1948
Tras pasar quince meses en un sanatorio mental en Suiza, ella y Scott regresaron a Estados Unidos. Zelda se plantea entonces la posibilidad de dedicarse seriamente a la literatura. Escribe algunos relatos y comienza una novela, pero una inesperada recaída en su enfermedad interrumpe su trabajo y sume a Scott en la desolación: él había retomado a su vez esa novela en la que venía trabajando desde la publicación del Gatsby, siete años atrás, y que constantemente había tenido que interrumpir para escribir los relatos que costeaban su tren de vida y con los que sufragaba los elevados gastos médicos de Zelda; la situación debía de resultarle angustiosa, pues estaba convencido de que toda su fortuna dependía de esa novela.

A comienzos de 1932, Zelda ingresó en una nueva clínica psiquiátrica, en Baltimore, y fue allí donde en un mes terminó Resérvame el vals. La leyenda dice que Scott montó en cólera porque ella envió el original a su editor antes de que él tuviera ocasión de leerla, y porque uno de los personajes principales se llamaba Amory Blaine, como el protagonista de A este lado del paraíso, su primer libro, pero sobre todo porque, tratándose indisimuladamente del argumento de sus propias vidas, aquella novela contenía escenas de las que él también estaba ocupándose en el desarrollo de la que luego sería Suave es la noche. A su juicio, si la de Zelda se publicaba tal y como la había escrito, la suya parecería después una elaborada copia de la de ella. Entendía que cuanto habían vivido juntos, lo bueno y lo malo, era «su material» literario, y que, en definitiva, él era el escritor profesional, el que ocupaba una posición destacada en las letras americanas y el que sostenía a la familia con su trabajo.

La parte más oscura de la leyenda de los Fitzgerald surge de esta actitud de Scott. Sin embargo, se ha exagerado su oposición a la novela de Zelda. Una vez que suprimieron algunos pasajes, no demasiados, y que el nombre de Amory Blaine fue sustituido por otro, el propio Scott volvió a enviarle Save Me the Waltz a su editor, asegurándole que era una buena novela, tal vez muy buena, «la expresión de una personalidad poderosa». Pero aunque Scott temía el efecto que en su mujer pudieran tener las expectativas de fama y dinero, lo cierto es que no hubo nada parecido a un éxito editorial; al contrario: se publicó en octubre de 1932, y no gustó a la crítica ni interesó a los lectores. El fracaso de esta novela le hizo entender a Scott que en modo alguno merecía la pena arriesgar su propia y brillante carrera como escritor permitiendo que Zelda invadiera los espacios autobiográficos comunes en que se movía parte de su obra de ficción. Los médicos, además, consideraron que la estresante rivalidad desatada entre los dos agravaba los efectos de la demencia que sufría Zelda, y ella, tras escribir una farsa teatral titulada Scandalabra, acabó por volver su atención hacia la pintura.

Baltimore, 1932

Fue, tal vez, el momento más crítico en su relación. A partir de este incidente debieron de ir tomando conciencia, poco a poco, de que no viajaban ya en el mismo barco, pero tampoco, todavía, en barcos distintos: vivían tristemente flotando a la deriva, entre los restos de un barco naufragado, agarrados a los recuerdos de su perdida juventud. Zelda alternaba periodos de frágil lucidez con recaídas en su esquizofrenia, y sentía que se alejaba cada vez más hacia el fondo del desvalimiento. Scott, sobre todo tras la publicación de Suave es la nocheen 1934, perdió buena parte de su autoestima y empezó a verse a sí mismo como un plato agrietado. Aquel mismo año, en fechas próximas a la salida de la novela, se organizó una exposición con los cuadros de Zelda. Los periódicos que dieron cuenta del evento se refirieron a ella como «sacerdotisa de la era del jazz», «personaje fabuloso», «casi mítica». Sin embargo, tampoco su obra pictórica, aun poseyendo indudables cualidades, despertó gran entusiasmo. Al final, sus temores de juventud se vieron cumplidos: lo intentó todo y con todas sus fuerzas, pero acaso lo intentó cuando ya era demasiado tarde para ella.


Times Square, 1944. Zelda Fitzgerald
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Según cuenta Nancy Milford en su extraordinaria biografía de Zelda, publicada en 1970, ella encontró el título de su novela en un catálogo de discos RCA Victor. Es muy posible que se tratara de este The Waltz You Save For Me, de Wayne King -el rey del vals estadounidense-, grabado por primera vez el 7 de noviembre de 1930...




Voy leyendo poco a poco el libro, como no queriendo apurarlo demasiado pronto; compruebo ya que posee una exuberancia verbal que tal vez -sólo tal vez- hubiera debido ser contenida, pero que, en cualquier caso, resulta muy estimulante. Se respira en su primer capítulo una lánguida sensualidad sureña que se traduce en la sucesión constante de descripciones pletóricas de ingenio y de una excitante penetración olfativa, visual, táctil, un acercamiento tan sensitivo a sus propias percepciones de las cosas que lo narrado se disuelve en la boca como un sabor y resuena en nuestros oídos como el eco de lo que alguna vez estuvo en los suyos. Son metáforas brillantes o extravagantes que se pisan los talones unas otras, como si Zelda hubiese optado por aquella escritura automática de André Breton y el resto de surrealistas. Yo conocía esta capacidad suya para la comparación poética, que en ella debía de resultar inmediata e incluso sencilla, una manera de comprender lo que la rodeaba y de convertirlo en palabras, tal y como se comprueba leyendo sus cartas. Hay en Resérvame el vals, como en tantas primeras novelas -sobre todo si son autobiográficas, como lo es ésta- un desmedido apetito de contar, y de contar de forma original. No cabe duda de que a Zelda le faltó esa larga disciplina que convierte unas inmejorables condiciones para la literatura en un trabajo realmente sólido, pero aún así Resérvame el vals, leída hoy, es un festín para los sentidos, un festín desordenado y sin protocolos ni etiquetas, si se quiere, pero festín. De alguna manera, la novela de Zelda Fitzgerald está emparentada con La noche del cazador, la película que dirigió Charles Laughton, no en cuanto a género, desde luego, sino por el hecho de tratarse de obras insólitas, únicas, extraña y perurbadoramente bellas, inclasificables y sobre todo primeras y últimas para quienes las crearon. Acaso es que me ciegue el afecto, como le cegó a Scott al ensalzar tan generosamente las cualidades del libro, o cuando afirmó que, de no haberla él conocido, Zelda hubiera llegado a ser un genio. 

Riviera francesa, 1926

viernes, 10 de mayo de 2013

La mirada de Alfredo Landa en palabras de José Luis Garci


De entre todos los personajes –tantos y tantos-, elijo uno: el detective Germán Areta, el Piojo. Y  no estoy hablando sólo de los personajes interpretados por Alfredo Landa. Me refiero a la totalidad de los personajes que pueblan la historia del cine español. Bueno, habría mucho que contar, claro. La vida, ya se sabe... En lugar de hacerlo, voy a traer unas palabras escritas por José Luis Garci (ABC, 15 de noviembre de 1991):

«(…) El otro secreto de Landa es su mirada. Hace algunos años, cuando Landa era campeón de todos los pesos, él y yo rodábamos una película en Madrid. Landa fumaba concentrado mientras le ponían un contraluz. Sus ojos recorrían el escenario en una suave panorámica. De pronto se detuvieron en un ventanal. Un segundo, dos, cinco. Y apareció su mirada mágica. Es esa mirada que nace en un lugar que sólo conoce John Ford. Esa mirada que viene y se va y que oscila como las lámparas de carburo, con una alegría imprevista. La mirada de Tracy desanudándose los cordones de los zapatos en El padre de la novia, la de Robert Ryan examinando sus trofeos en On dangerous ground, la de De Niro al final de New York, New York. Cinco minutos después, cuando filmamos aquel plano, Landa ya no tenía esa emoción en la cara. Sus ojos volvían a ser los de su personaje, un detective privado bañado en soledad, con un bigote tan ancho y poblado como la Gran Vía, donde tenía su despacho, y al que le quedaban demasiado ajustados sus polos. Con mucha paciencia, a lo largo de un par de semanas, traté de capturar aquella sensación y concretizarla. Una noche, en el patio de operaciones de Banesto, apareció otra vez, también durante una ligera pausa, mientras se ajustaba un proyector. El foto-fija estaba alertado. “Ahora”, le dije.

»Pedí que ampliaran esa fotografía a tamaño natural (…) Sé que a su madre le perturbaba verla. Quizá no sea perturbar el verbo idóneo; mejor inquietar. Aquella mirada, aquel cuerpo, era algo que incluso escapaba de su conocimiento. Y tenía razón. Aquel no era su hijo. Aquel era un ser, un actor, en el momento mágico de su viaje hacia el otro lado. Ni era Landa ni era Areta, el detective. El fogonazo había pillado el instante justo de cuando se es y no se es. Cuando el cerebro ha dado la orden de salida hacia el misterio, el alma la ha recogido y ha emprendido el viaje.»

Creo que esa mirada está en la escena final de El Crack dos. Mi amigo/camarada/hermano Paco Ortiz y yo llegamos a aprendernos de memoria diálogos enteros de esta película, y a ambos nos ponía algo más que un nudo en la garganta este momento irrepetible del cine… No he podido traer la escena al interior del Loser, así que he de hacer un pasadizo hacia ella...  AQUÍ

Es mi sentido homenaje.


sábado, 27 de abril de 2013

Resérvame el vals, Zelda (1)



Que la única novela escrita por Zelda Fitzgerald, Resérvame el vals (Save Me the Waltz, 1932), siguiera aún inédita en España, constituía una anomalía editorial tan asombrosa que su publicación hace unos meses en Román y Bueno editores, con traducción de Carlos García Aranda, es una noticia literaria de primer orden. Para quien esto escribe, resulta particularmente emocionante tenerla ya junto con las obras de Scott, su marido; siento que con este libro se completa, de alguna manera, mi propio recorrido a través de una de esas historias más grandes que la vida, que emprendí a los diecinueve años con el deslumbramiento que me produjo la lectura de Hermosos y malditos (The Beautiful and the Damned, 1922).

He vuelto a sus biografías; he intentado, de nuevo, conocerlos, entender sus actos y sus razones, inmiscuirme en su lejano presente, tan fugitivo como lo es el mío ahora y como antes lo fue el de las generaciones que les precedieron, ser con ellos, en distintos instantes, estar en los mismos lugares y observarlos desde una esquina imaginaria, ver sin ser visto y sentir que el tiempo, el suyo y el mío, se nos escapa a la vez, o que el mío será alguna vez tan remoto como en realidad es el de ellos dos. No soy el primero que ha caído bajo el hechizo de su leyenda, y estoy seguro de que muchos más han tenido esa escurridiza sensación de que es realmente posible comprender qué les pasó, y por qué: leyendo sus conmovedoras cartas, escuchando la música que oían –el jazz de los años veinte, sobre todo, velado aún por el humo de los garitos clandestinos donde se burlaba tumultuosamente la Prohibición-, mirando sus fotografías, sus ojos en las fotografías, los ojos con que un día miraron a la cámara (quietos un momento…) sin imaginar que me miraban también a mí desde tan lejos (ya está, podéis moveros).



Se ha escrito mucho sobre los Fitzgerald, y casi todos los que lo han hecho extensamente han cedido a la tentación de inclinarse a favor de uno o del otro; así, Zelda fue una mujer frívola y caprichosa que con sus extravagancias apartaba a Scott de su trabajo de escritor, Scott fue un hombre que ahogó la creatividad de Zelda impidiéndola tener una carrera propia como escritora... Ninguna de estas interpretaciones es justa ni es tampoco cierta. En su apasionada y conflictiva relación hubo mucha más complicidad que competencia. Yo también lamento que no existan esas otras novelas que Scott pudo haber escrito en mejores circunstancias, pero las que sí escribió y han intervenido gozosamente en mi vida existen sólo gracias a que un día conquistó el corazón de aquella descarada belleza sureña a la que su madre le había puesto el nombre de la reina gitana de una novela. 

«Nunca hubo una buena biografía de un buen novelista», escribió Scott, «no podía haber: es demasiadas personas a la vez, si es algo bueno». Y sin embargo, algo sí sabemos con toda seguridad de Francis Scott Fitgerald, el mejor escritor de su generación: la historia de su relación con Zelda Sayre fue extremada en todo, extremadamente romántica al comienzo, y extremadamente desdichada al final. Hay una noche de julio de 1918, y un Country Club, el de Montgomery, Alabama, que desde el año anterior se había convertido en una especie de prolongación del club de oficiales de Fort Sheridan, el cercano campamento militar donde jóvenes soldados aguardaban la orden de partir en dirección a las embarradas trincheras europeas. El teniente Fitzgerald tenía 21 años, había abandonado Princeton para alistarse y la idea de morir en Francia no le desagradaba, una muerte heroica y romántica, como correspondía al escritor que soñaba con llegar a ser. Conocía ya el sabor del fracaso: había sido desdeñado por una joven rica de artúrico nombre, había tenido que renunciar a ser una figura deportiva en la universidad y aunque había estado realmente cerca de convertirse en alguien importante en Princeton gracias a sus méritos literarios, unas bajas calificaciones habían dado al traste con sus ilusiones. Durante el siguiente año –pero él no podía saberlo todavía- sufriría otros tres desengaños: la editorial a la que había enviado su primera novela iba a rehusar su publicación, la guerra en la que deseaba participar iba a terminarse antes de que le enviaran a luchar y la chica a la que conocería esa misma noche iba a romper su compromiso con él, convirtiéndose durante unos meses, tal y como escribió más tarde, «en uno de esos amores trágicos condenados por la falta de dinero». Aún así, estaba en la plenitud de su capacidad intelectual, y eso le permitía «retener dos ideas opuestas al mismo tiempo», por ejemplo «la convicción de la inevitabilidad del fracaso y la decisión de triunfar». 


Ahora estaba en el borde de la pista de baile, con su impecable uniforme hecho a medida, mirando. Sonaba La danza de las horas, y su atención quedó atrapada en la más hermosa de todas las jóvenes que bailaban. Y no sólo era hermosa: era la chica más popular de la ciudad. Ese mismo mes cumpliría 18 años, y a todos los efectos podía haber sido la nieta más revoltosa de Scarlett O’Hara o de aquella otra antojadiza sureña, Julie Marsden, a la que un día compararon con la bíblica Jezabel: Zelda Sayre, la menor de los cuatro hijos de un juez de la Corte Suprema de Alabama, un torbellino de ojos azules y cabello rubio, obstinada, consentida, coqueta, alegre, independiente, soñadora, osada, una «hacedora de reyes», como alguien dijo de ella, y, como de sí misma dijo Zelda tiempo después, «sin un solo sentimiento de inferioridad, timidez o duda, y carente de principios morales». Scott preguntó a alguien quién era aquella joven, y dicen que se abrió a codazos hasta el centro de la pista, y que bailaron.

Se sabe que se prometieron, y que tras licenciarse del ejecito él viajo a Nueva York para conseguir un empleo, y que ella provocaba sus celos por carta, y que rompieron, y que él se entregó a una juerga de tres semanas, y que luego reescribió su novela, a la que había titulado significativamente El ególatra romántico, y que una editorial aceptó al fin publicársela, pero ya con el título de A este lado del paraíso, y que volvieron a comprometerse, y que vendió un cuento por treinta dólares, con los que le compró a Zelda un abanico de plumas púrpuras, y que un estudio de cine le compró los derechos de otro por dos mil quinientos dólares, con seiscientos de los cuales le compró a ella un reloj de platino y diamantes, y que le envió por correo las dos cosas, y que decidieron que se casarían en Nueva York. Lo hicieron el 3 de abril de 1920, en la catedral de San Patricio, a la semana siguiente de la publicación de la novela. Unos meses antes de la boda, Zelda no podía ni siquiera imaginarse cómo sería Nueva York, unos meses después era la chica más popular de la ciudad gracias a que el libro de su marido había alcanzado un rápido y apabullante éxito; se sabe que se convirtieron en la pareja de moda, y ella en la quintaesencia de la flapper, la chica desinhibida de los locos veinte, los roaring twenties, la heroína de los cuentos de Scott, esa chica de pelo corto que se besuquea en el asiento de atrás de los coches y fuma y bebe de una petaca de plata y es irresponsable y divertida. Sí, tal vez no era tan buena chica como debía ser, pero Scott le escribió a un amigo: «Tú todavía eres católico, pero Zelda es el único Dios me queda ahora». Melibeo soy y en Melibea creo.

La misma Luna que yo vi anoche vieron Scott y Zelda cada una de las noches de su vida. Trato de imaginarlos subidos a la capota de un taxi de Nueva York, o dando vueltas durante media hora en la puerta giratoria de un hotel, o arrojándose, vestidos, a una fuente frente al Plaza.  Los veo acurrucándose el uno en el otro, borrachos, en una fiesta, pero también veo a Scott escribiendo mucho: en 1922, Hermosos y malditos anticipaba en varios años la disolución física y mental en que acabarían hundiéndose. Los veo paseando por los Jardines de Luxemburgo, en París, elegantemente vestidos y en compañía de la pequeña Scottie, y en una terraza de Antibes, en la Riviera francesa, y veo a Scott en un calabozo de Roma, y le veo también tendiéndole la mano a un desconocido Ernest Hemingway, cuyos primeros relatos, sin embargo, ha ensalzado ya a su propio editor; siento que el tiempo se acelera en cada una de las mudanzas que hicieron, de una casa a otra, de un hotel a otro, de Estados Unidos a Europa y de Europa a Estados Unidos, veo baúles y maletas y la cubierta de un barco, y siento el olor del alcohol en sus alientos: a pesar de todo lo que le obsesionaba el dinero, no se tiene noticia de que Scott realizara inversiones con las cantidades fabulosas que le pagaban por sus relatos, ni que llegara a tener una sola propiedad a su nombre: el dinero se gastaba en vivir bien, eso es todo. 



Siento cómo en sus vidas el tiempo parece pasar cada vez más rápido, aquellos seres tan bellos están cada vez más estragados por la disipación y el resentimiento, los veo ahora descender de taxis que los llevan a fiestas que no acaban nunca, que cambian de invitados y de emplazamiento y son la misma fiesta, Zelda cada vez más enjuta y hosca a causa del frenético esfuerzo que invierte en el ballet -ha empezado a practicarlo dos años antes, en el 27-, Scott cada vez más pálido; veo un derrumbe, una pérdida absoluta del dominio sobre sus vidas, veo a Zelda girando infatigablemente sobre la punta de sus pies, girando, girando doblemente en su gran espejo de danza, batiendo en su interior los ingredientes de la locura; veo a Scott volcando una y otra vez un vaso en la boca, bebiendo, bebiendo doblemente en el espejo inclinado de los bares franceses, hasta que la ginebra le llega a los párpados, como le escribió a Hemingway, y se mezcla con las lágrimas.

El 23 de abril de 1930, pasados veinte días del décimo aniversario de su boda, Zelda ingresó por primera vez en una clínica mental, a las afueras de París. Lo que en principio parecía una depresión nerviosa acabó diagnosticándose como esquizofrenia. Nunca volvería a estar en condiciones de valerse por sí misma. En octubre de 1931 regresaron a Estados Unidos. La vida de ella sería ya un entrar y salir de distintos hospitales; la de él, un constante endeudarse para costear sus tratamientos y los colegios de Scottie, su hija, un enfangarse en la sensación de fracaso, un permanente estar aferrado «al cuenco de hojalata de la autocompasión»: le veo viajando a Hollywood en el 37, por tercera vez, y trabajando en guiones que luego no se rodaban, y bailando con Sheilah Graham, la mujer con la compartió físicamente los últimos años de su vida, mientras seguía emocional y económicamente comprometido con Zelda. Y le veo bebiendo hasta el límite mismo de la resistencia de su cuerpo.

Zelda y él se vieron por última vez un día de abril –otra vez abril- de 1939, posiblemente en la Estación Gran Central de Nueva York; como ocurre siempre, ellos no podían saber que era su última despedida. Habían estado en Cuba, un viaje desastroso. El hospital había organizado una visita a La Habana para los pacientes, pero el dinero de Scott no llegó a tiempo y Zelda no pudo acompañar a los demás. Para compensarla, Scott decidió que irían juntos. Salió borracho de Hollywood, llegó borracho a Carolina del Norte, donde tenía que recogerla, y no dejó de beber ni un solo momento. En Cuba le golpearon por tratar de impedir una pelea de gallos. En Nueva York estaba tan bebido y agotado que necesitó atención médica. Zelda buscó a alguien que pudiera cuidar de él y decidió regresar al hospital, sola y angustiada por la salud de Scott.


Siguieron escribiéndose hasta casi la víspera de la muerte de él, ocurrida el 21 de diciembre de 1940, víctima de un infarto que venía anunciándose desde días antes y que finamente se manifestó de manera fulminante en la casa de Sheilah Graham. Durante los años que le quedaban de vida, Zelda alternó periodos de internamiento con otros que pasaba en compañía de su madre, en el viejo Sur, en su Montgomery natal. El 9 de marzo de 1948 estaba en el hospital, el Highland, en Ashville, Carolina del Norte. Se declaró un incendio y murieron nueve pacientes. Zelda, que con 47 años era ya abuela de dos nietos, fue una de ellas.

John Cheever escribió en 1971: «He sabido de hombres duros que rompen en llanto durante el capítulo final de cualquier biografía de Fitzgerald». Alcohólico también, Cheever se olvidó de mencionar que, aun siendo Scott el gran, el inmenso escritor, esa biografía es también la de Zelda, y que las lágrimas nos las arranca la certeza de que ambas tragedias son una sola, así como la agitada felicidad de la que un día disfrutaron fue también la suma de sus felicidades.



imagen tomada de scottandzeldafitzgerald

martes, 23 de abril de 2013

Curso cinematográfico completo, 1935


No estoy completamente seguro de cómo llegó a mi biblioteca, y ni siquiera lo había hojeado hasta hace cosa de un mes. Está editado en Palencia, en el año MCMXXXV. Su título: Curso cinematográfico completo. Su autor: Luciano García Sáez. Su precio: una peseta (¿mucho o poco para la época?). Tiene cuarenta y ocho páginas, repartidas en un prólogo, un inflamado “elogio al cinema”, dieciséis capítulos forzosamente breves y un epílogo.

Ya de principio provoca una sonrisa un título tan rotundo, tan seguro de sí mismo, tan enciclopédico en la portada de un libro de tan insignificantes dimensiones (no mayores que las de una de aquellas novelitas del oeste que se intercambiaban en los kioscos); conmueve tan ambiciosa pequeñez, tan desmedidas pretensiones didácticas resueltas de manera tan pero tan modesta; y apenas se leen por encima los consejos que el autor dirige a los jóvenes, conmueve mucho más aún su cándido pero encendido amor por el cine. De ahí ese elogio y defensa del cinema («¡Yo te saludo y venero, excelso arte!») frente a «los temibles moralistas, que en todo ven algo propicio para sus sermones», los críticos y los indiferentes.

El Curso comprende todo lo que los futuros «artistas» deben saber acerca de tan dura profesión: caracterización, indumentaria, la fotogenia, la mímica, la expresión, incluso las caídas: «Uno de los puntos más artísticos y que mayor emoción produce en el espectador es caerse bien».  Hay que saber caerse, afirma categóricamente el autor. «No se cae lo mismo uno derribado por un puñetazo que uno que resbala», es por eso que «Toda clase de caídas conviene sepa practicarlas el futuro artista». Ahora bien, el autor advierte: «Para ensayar este capítulo conviene hacerlo bajo experta dirección o bien tomando todo género de precauciones, alfombrado cuidadosamente el suelo o bien sobre colchones».

«La talla normal del actor cinematográfico, no debe ser ni demasiado alta ni demasiado baja, una estatura de 1,65 a 1,70 es lo normal». Como excepción a esta regla se cita a Gary Cooper. El Curso aconseja qué debe estudiar y leer el futuro actor o actriz: «El desarrollo histórico de las costumbres y actividades de la Humanidad, el esfuerzo realizado por los hombres de Ciencias para sus experimentos e inventos (…) las obras cumbres de nuestros genios literarios, la Historia Universal de la Arquitectura, del Mueble y del Vestido…» En cuanto a esto último precisamente, el vestido, el Curso plantea una cuestión no menor: «En la vida particular siempre ha tenido excepcional importancia el modo de vestir, ¿qué no lo será para un artista de cine?» Y para lucir bien la ropa «Hay que andar con naturalidad, sin amaneramientos, ni en formas o poses estudiadas y ridículas», además de poseer unas excelentes facultades físicas, claro está: «El artista debe practicar los siguientes deportes casi necesarios: natación, equitación, automovilismo. Indudablemente que si además de éstos se practican otros, mucho mejor». Indudablemente. Y no hay que olvidar «la línea», que el artista cinematográfico ha de conservar: «Tiene que tener en cuenta el futuro artista que la pantalla hace aparecer a los artistas más altos y gruesos de lo que en realidad son». Y a manera de ejemplo, indica el autor la altura y peso de varias estrellas de la pantalla (Joan Crawford 1’60 m. y 55 kilos, dice;  Mary Pickford 1,48 m. y 41 kilos y medio). Por lo demás, y en cuanto a la apariencia física, «Las personas de semblante gastado y piel arrugada, no hallan piedad ante la cámara». «El futuro artista no debe empezar cuando tiene una edad avanzada (…). Pasando de 30 años, no aconsejo empezar». En cuanto a la técnica de aprendizaje interpretativo, he aquí un par de exhortaciones: «A los ojos hay que quitarles languidez, pues a veces se coge por costumbre y queda en vicio». «Las manos también dicen mucho y hay que moverlas sabiamente,  ¿cómo?, practicando ante un espejo como si se hablara con otra persona».

Dice Cervantes en el Quijote, y antes que él Plinio el Viejo, que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. Esto es algo que sabemos bien quienes amamos los libros. Este Curso cinematográfico completo es testimonio vivo de una época, una ventana abierta, por ejemplo, hacia la imagen de quien en aquella Palencia de 1935 tomara en sus manos estas pautas y las siguiera en la soledad de su modestísimo o aburguesado dormitorio de provincias o las pusiera en práctica disimuladamente en su trato con otras personas. Este planteamiento naif pero muy apasionado de un arte que apenas seis años antes había adquirido el don de la palabra, contrasta con el cataclismo bélico que se desencadenó en el país tan solo un año después, y desde la distancia no podemos sino pensar en lo lejos que estaba esa joven que ante el espejo imitaba a Greta Garbo o a Norma Shearer, o aquel otro joven dispuesto a llevar su ropa con la elegancia con que Adolphe Menjou llevaba la suya, qué lejos estaban, digo, de imaginar que sus sueños (ingenuos tal vez, pero sueños) iban a ser desmenuzados por una guerra de verdad y tan extremadamente cruel.

sábado, 13 de abril de 2013

Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina



En su libro Ventanas de Manhattan, publicado en 2004, confesaba Antonio Muñoz Molina que «el gusto de estar en Nueva York es inseparable del alivio de no estar en España». Me sorprendió y me divirtió leer aquella frase así, de golpe, tan rotunda, tan condenadamente sincera. Desde luego no se corresponde con la nostalgia que los españoles dicen padecer en el extranjero, esa añoranza incurable, ay, de olores, de sabores, de luces, de temperamentos. Yo me identifiqué con esa frase de inmediato: la he repetido decenas de veces, aunque con otra forma verbal, claro, la que le corresponde a este George Bailey en que he acabado convertido a mi pesar: el gusto de estar en Nueva York debe de ser inseparable etcétera... En aquellas páginas, Muñoz Molina razonaba su alivio de expatriado periódico aludiendo al agobio de las noticias diarias y al placer del anonimato, pero quienes solemos leerle y escucharle sabíamos que de alguna manera se refería también a esa trifulca política permanente en que está atrapado nuestro país, avivada por los medios de comunicación afines a los unos y a los otros; que se refería a la glorificación del ruido, a la invasión de los espacios públicos para la celebración de despiporres etílicos multitudinarios amparados por las autoridades municipales, al ostensible desprecio por lo educado y lo culto, ese jactarse de no  leer nunca (o de leer exactamente lo que está leyendo en ese momento todo el mundo, que en mi opinión es casi peor).

En Todo lo que era sólido, su último y demoledor libro, recupera aquella confesión y amplía sus razones: «Con frecuencia me ha entristecido volver, y me he marchado con alivio: de mi ciudad natal, de mi país». Sabe que es un «sacrilegio decirlo», pero es que le agobia y le indigna y le asusta, como nos ocurre a tantos (y de forma más atroz a quienes no podemos poner «tierra de por medio»), muchas de las cosas que se han convertido ya en rasgos de estilo nacional, en nuestra manera de estar en el mundo: «la degradación de los debates públicos», por ejemplo, el hecho de que hayamos asumido como inevitable que nuestra clase política prefiera subrayar las diferencias antes que las similitudes, alimentar la discordia en lugar del apaciguamiento; por ejemplo la susceptible agresividad de muchos conductores, la detestable costumbre de algunos de ellos de imponer impunemente el volumen ensordecedor y sísmico de sus equipos de música, la desafiante manera con que los más incívicos se encaran con quienes les reprochan educadamente su mal comportamiento; por ejemplo la fiesta como modo de vida, la fiesta siempre, la fiesta por encima de todo, «la fiesta como identidad», «como obligación unánime», «como prolongada interrupción de la normalidad», «como dádiva populista»; el alargamiento de las festividades, la juerga sin tregua, «la imposición tiránica del derecho a la juerga y al ruido por encima del derecho al descanso»; una multiplicación descomedida de celebraciones, de «simulacros», de festejos, y la reprobación desdeñosa del «aguafiestas», que es la condición a la que se ve reducido en España todo aquel que pretende disentir del jolgorio y antes, en los años de la hinchada prosperidad especulativa, también quienes criticaban la destrucción de un valioso espacio natural para construir una urbanización o el despilfarro de dinero público en infraestructuras inútiles y desmesuradas… 

Ahora «el pasado es un lujo que no podemos permitirnos» y «no hay frontera más hermética que el día de mañana». Todo cuanto nos parecía sólido puede desvanecerse, y en cierto modo está desvaneciéndose. Lo que tanto esfuerzo costó alcanzar, y que ya considerábamos tan consolidado que incluso nos permitíamos desdeñarlo, puede estar a punto de perderse, nos dice Muñoz Molina. De los polvos de aquel arrogante y populista despilfarro a este lodo de la ruina, no la ruina de los poderosos, claro, sino la del ciudadano común, que sin haber tenido la más mínima responsabilidad en la crisis económica descubre con asombro y rabia que quienes la provocaron asisten hoy al desmantelamiento del modelo de bienestar confiando en hacerse con el fabuloso negocio que se esconde en la sanidad, en la educación, en los servicios públicos fundamentales.

Pero la crítica demoledora que hay en el libro a una manera particular de entender la vida, la que parece tan nuestra, y sobre todo a los políticos que con su incompetencia, su parasitismo social, su codicia, su venalidad nos arrastraron a esta situación para la que no parece haber salida, no queda prendida en el aire del desaliento, sino que contiene también la invitación a «una serena rebelión cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política». No en vano las páginas del libro surgieron, incontenibles, a partir de las movilizaciones ciudadanas de mayo del 2011, cuyo clamor oía Muñoz Molina, probablemente emocionado, al fondo de las conversaciones que mantenía por teléfono con alguno de sus hijos, ellos en plazas de Granada y Madrid, rodeados de una muchedumbre pacífica que reclamaba al fin cambios radicales; él en su apartamento de Nueva York, deseando, esta vez sí, regresar, ver con sus propios ojos lo que sucedía, participar en la medida de lo posible. Empezó a escribir lo que luego fue este libro, a rachas, dice, a borbotones, levantándose ansioso de la cama en mitad de la noche y tomando papel y lápiz y escribiendo velozmente para evitar que le diera alcance el olvido de lo que quería expresar, hasta que en la ventana se insinuaba el amanecer.

El resultado es un libro imprescindible, de lectura casi obligada; un libro que, creo, habría gustado mucho -y quién sabe si llegó a leer- a José Luis Sampedro, que desembocó ya en ese mar cuya sal notaba desde hacía años, según dijo, y por el que sentí siempre la mayor admiración: hay pérdidas que son como dentelladas en nuestra conciencia colectiva, desgarrones que hemos de recomponer de inmediato tomando el testigo que tendieron hacia nosotros con su ejemplo. 


 Foto: Jesús de Miguel (en antoniomuñozmolina.es)

sábado, 6 de abril de 2013

Gervasio Sánchez. Antología

Gervasio Sánchez. Mujeres en paso fronterizo. Kosovo. Abril 1999


Acaso porque no esperaba la dureza de las imágenes que forman parte de la exposición antológica del cordobés Gervasio Sánchez, voy sintiéndome cada vez más y más afectado a medida que recorro la sede del Centro Andaluz de Fotografía. Todo el horror de las guerras recientes que Sánchez ha vivido en su condición de fotoperiodista durante los últimos veinticinco años parece caber en la sucesión de instantáneas que voy mirando lentamente y lentamente van minándome por dentro, lugares del mundo en los que la crueldad, el odio, la indiferencia hacia el dolor y la muerte se convirtieron en pavorosa rutina, Afganistán, Camboya, Angola, Mozambique, Bosnia-Herzegovina, Colombia, Sierra Leona... Observo la gran biblioteca de Sarajevo destruida, el éxodo apresurado de un grupo de seres humanos en una frontera balcánica, un charco de sangre junto a unas flores y al mango de una comba infantil, hombres que fuman junto a hombres muertos, niños que juegan entre las ruinas, toscos féretros apilados, la imposible mirada de un cadáver con los ojos abiertos, personas a quienes les fueron amputados miembros de su cuerpo acompañadas de sus prótesis ortopédicas o dejando ver los muñones cicatrizados, observo largamente las miradas de estos seres en quienes el sufrimiento, el miedo, el desamparo más absoluto se concentraron un día terrible, y leo sus nombres, porque Sánchez no ha querido condenarlos al anonimato de sus heridas, y observo también los ojos de los niños soldados, decenas de ellos que miran de frente no con la turbiedad violenta y desafiante de quien ha cometido actos inconcebibles, sino con la honda tristeza de quien ha visto lo que jamás debería ver un niño.

En el magnífico ensayo Ante el dolor de los demás, donde Susan Sontag analiza «la dimensión homicida de la guerra» y las reacciones de los seres humanos ante las imágenes que nos llegan de sus horrores, releo dos frases que me producen efectos encontrados: la primera dice así: «Quizá las únicas personas con derecho a ver imágenes de semejante sufrimiento extremado son las que pueden hacer algo para aliviarlo o las que pueden aprender de ellas. Los demás somos mirones, tengamos o no la intención de serlo». La otra: «La designación de un infierno nada nos dice, desde luego, sobre cómo sacar a la gente de ese infierno, cómo mitigar sus llamas. Con todo, parece un bien en sí mismo reconocer, haber ampliado nuestra noción de cuánto sufrimiento a causa de la perversidad humana hay en un mundo compartido con los demás». Estoy solo en el espacio doble –piso inferior y superior- donde se exponen las fotografías, y no me siento un simple mirón ante la obra de Gervasio Sánchez; por el contrario, me parece más justa esa segunda apreciación de Sontag, y siento que no volver el rostro ante el dolor humano y ante la ilimitada capacidad humana de provocarlo es una obligación que estas imágenes me ayudan a cumplir.



                                                                                                                             JFH

Gervasio Sánchez fue Premio Nacional de Fotografía en 2009. Su Antología ha visitado ya varias ciudades y dio lugar a un catálogo prologado por Antonio Muñoz Molina. 

Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, fue publicado en 2003 por Alfaguara.