viernes, 19 de agosto de 2011

Los mejores veranos de nuestra vida


Gozoso el momento en que una vieja fotografía cuya existencia ignorabas te devuelve intacto el recuerdo de los mejores años de tu vida: tú eres esa cabecita que perfectamente disimulada entre los vasos de la mesa plegable parece salida de la nada, siempre esquivo, huidizo. Cerca, el termo de café, uno de los artefactos con mayor capacidad evocativa de cuantos existen relacionados con aquellas jornadas, el termo con sus tapas sucesivas de muñeca rusa -al menos una era una taza- hasta llegar al tapón de rosca, que nos abría a su interior de espejo y café humeante. Tu madre está de pie, sostiene un cigarrillo sin ser fumadora y tiene diez años menos de los que tú tienes ahora. Tu hermana está encaramada gatunamente en el maletero del coche y sonríe. Tu padre es la persona que acaba de decir "mirad aquí todos un momentito" y ha obrado el prodigio de hacer eterno un brevísimo presente de hace más de treinta y cinco años: tu padre está en los ojos de quienes se volvieron hacia el objetivo. El resto de personajes son tus tíos y tus tres primos. Gijón, verano del setenta y cuatro.

***

«A medida que uno va cumpliendo años, los veranos se vuelven más rutinarios, más parecidos al anterior, o ésa es al menos la sensación que se tiene. Fingimos que no es así, pero la simulación ante nosotros mismos es un hábito que se acrecienta también con la edad. Así las cosas, el verano de mi vida, suma de tres o cuatro veranos consecutivos, es una región más del  paraíso perdido de mi infancia.

No hay casi nada que no posea una imborrable capacidad de deslumbramiento para un niño. Aquel largo verano que yo volvía a retomar después de meses de frío y escuela tenía varios escenarios: Burgos, la orilla de un río y el inicio de un bosque, un severo pueblo castellano donde tuvieron cuna los Berruguete y Jorge Manrique y donde está el manantial de mi sangre, Gijón. Cualquiera de ellos merecería ser recogido aquí, pero el recuerdo de Asturias contiene la noción de viaje, viaje que entonces, desde Palencia y a los siete u ocho años, parecía que te trasladara a un mundo por completo distante y ajeno al tuyo; contiene sus propios olores, incluso su propio lenguaje y una entonación en el hablar que aún conserva la virtud de despertarme de este extraño sueño que es el haberme hecho adulto.

El oído, ya se sabe, guarda la llave de todos los pasadizos de la memoria. Si de recordar se trata, el gusto es demasiado refinado para no ser engañoso, el tacto evocativo es privilegio de invidentes, la vista modifica las perspectivas a medida que se va ganando altura, el olfato es fugaz y por tanto impreciso por sí solo. En aquellos veranos de ilimitados praos, anchurosas y doradísimas playas, senderos abiertos entre helechos, avellanos, manzanales, hórreos y muy tranquilas vaques, Camilo Sesto cantaba "fresas salvajes con cuerpo de mujer", Fórmula V "Eva María se fue" y Manolo Escobar el "si vas pa la mar, pa la mar, si vas pa la mar". Todas me devuelven hoy a aquel tiempo de manera inmediata y casi física, pero ninguna como esta última. Era, además, y según me cuentan, la favorita de mi tío Agustín, el único de entonces que hoy nos falta. Y yo, que estaba tan pero tan lejos de imaginar siquiera que algún día llegaría a vivir en aquella ciudad cuya patrona "no quiso venir en barca", asimilé para siempre esa letra y esa melodía, que a mí se me antojaban algo melancólicas, al paisaje de Gijón y a los momentos que pasamos en las playas de Perlora y Rodiles, a las pantagruélicas comidas en una ladera desde la que se dominaba el espectáculo del mar abierto y de las olas reventando tumultuosas desde muy lejos de una orilla salpicada de bañistas, al aroma del césped, de los bígaros y las lapas cociéndose en un cazo y ese otro olor característico de las playas de aquella época: aún no se hablaba de cremas con factor de protección y las pieles se untaban con bronceadores que atraían los rayos del sol y que hoy sólo se dispensarían en establecimientos dedicados a artículos para suicidas; aquellos bronceadores conseguían que la brisa trajera antes el olor a zanahoria que a salitre.

Muchos años después, cuando tantas cosas habían ya cambiado, el maestro Manuel del Águila nos confesó en su casa a otras personas y a mí que aún seguía recibiendo, de tarde en tarde, una pequeña y aparentemente imperecedera cantidad de dinero en concepto de derechos de autor gracias a aquella canción que escribió para Manolo Escobar, o que escribió sin más y luego cantó Manolo Escobar, no recuerdo. El caso es que en aquel mismo instante la infancia se me amontonó de golpe ("poorque tiene un quita quita, quitá que vie-ene tu madre, quitá que viene tu madre con una va-ara de almendro...", entoné para mí), y con el estómago encogido por la sorpresa me pregunté absurdamente cómo un almeriense habría podido componer una canción tan asturiana. Esa misma noche le escribí a mi hermana para contárselo, para llevarle al rincón del mundo en que estuviera entonces la misma nostalgia que yo sentía.

Hoy  tengo, aproximadamente, la edad que tenían mis padres y mis tíos entonces, y no soy capaz de explicarme cómo ha sucedido tan rápidamente. Es otra consecuencia de ir cumpliendo años.»

Publicado en La Voz de Almería el 5 de agosto de 2002


Gijón, agosto de 2011 (foto JFH)

33 comentarios:

Beatriz dijo...

Gracias Juan por hacernos partícipe de tus recuerdos. Para aquellos en los que ahondar en la memoria nos arranca una dulce lágrima tu texto de hoy provoca una cierta empatía de imágenes y sensaciones.
Mis veranos de niña rubia y ojos claros, curiosos e imaginativos están hoy a kilómetros de mi alcance. Pero los paisajes y las vivencias están conmigo.
Siempre.
Un abrazo.
Celebro el regreso de tus palabras-

Myra dijo...

Hola, Juan. No sabes cuánto he disfrutado con esta entrada tuya porque me he visto reflejada en esa foto primera. Mi familia también éramos de los que cogíamos el coche y nos íbammos con la mesita plegable a pasar el día. He sonreído mientras describías ese termo cuyo tapón parecía las muñecas rusas..A mí me encantaba que la última tapa sirviera de vaso...Y ese olor del broceador, qué pringosos eran y qué morenos nos poníamos!!No..no habían prohibiciones a modo de fatores.
Mis hermanos y yo, cuando terminaba el verano, volvíamos un poco asalvajados a la civilización...

Preciosa la foto de Gijón y es que Gijón, y todo Asturias, es una maravilla.

Muy bonita y nostálgica entrada. Todo lo he leído sonriendo.

Un beso

José Luis Martínez Clares dijo...

Juan: Al niño que asoma por detrás de la mesa esa escena se le quedó prendida a los recuerdos. Dale las gracias por compartirla. Abrazos.

Juan Herrezuelo dijo...

BEATRIZ: También los lugares de mi niñez han quedado geográficamente a muchos kilómetros, pero siguen estando al alcance de un viaje anual. Debe de ser muy duro que a la distancia en el espacio se le vaya añadiendo cada año la distancia en el tiempo. Espero que un día puedas recuperar los tuyos, y que puedas reconocerlos tal y como perviven en tu memoria. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Me divertí mucho escribiendo este texto hace unos años (la introducción es de ahora y viene motivada por la recuperación de esa foto). Creo que casi todos tenemos recuerdos parecidos, y es grato volver a ellos. En relación con las cremas, bueno, lo que no había era el enorme boquete en la capa de ozono por el que hoy entran a saco los rayos ultravioleta. Es nuestra aportación a la naturaleza. Un beso, amiga.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS M. C.: Y no sabes hasta qué punto se le quedó prendida. En los años que han pasado desde que me pidieron este artículo algo ha cambiado: tras haber vuelto a Gijón tres veces en los últimos cuatro años he descubierto que el olfato también me transmite intacto el recuerdo de aquellos días, el olor de la hierba y el laurel y el eucalipto y toda esa naturaleza pujante, feraz, casi irreprimible que te invade a cada paso. Un abrazo.

Marcos Callau dijo...

Precioso texto, Juan. Es admirable la capacidad que tiene la música, igual que una antigua fotografía, de llevarnos hasta los días felices del pasado y la infancia. Me alegra volver a leerte. Un fuerte abrazo.

Marisa dijo...

Mer sumo a esa visión modernista de recordar la infancia, a través de olores, sonidos y colores.
Ese paraíso perdido jamás se pierde, se convierte en latido nómada que nos acompaña durante toda la vida, y que revive con una melodía "buscando sol en la playa", con un aroma (el olor de las lilas y las castañas asadas son un billete de ida a mi infancia), o una imagen de un mar que ha vendido su alma al diablo a cambio de siempre plena juventud.

Gracias por compartir esos delicados, deliciosos y entrañables retazos de tu infancia, esa que sigue errante a pesar de las horas marcadas en el reloj de arena de nuestras playas interiores.

Es un verdadero placer leer tus miradas, Juan.

Un beso.

Juan Herrezuelo dijo...

MARCOS: Ésa es, en efecto, la fuerza de la música. Y nosotros, que algún criterio tenemos para distinguir la buena de la mala, habremos de aceptar que algún día las espantosas canciones de hoy serán las que desencadenen los recuerdos de los adultos de mañana. Un abrazo, amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

MARISA: Especialmente hermoso tu comentario de hoy, en todos sus extremos, de la primera metáfora a la última. Gracias a ti por tus palabras… Un latido nómada que nos acompaña toda la vida, una infancia errante… y también durmiente, capaz de despertar de su letargo apenas suena una determinada melodía o nos roza un determinado olor o nos besa en los labios un recuerdo fugaz, huidizo, casi un sueño…

abril en paris dijo...

Esa foto es la de todos ( más o menos) y nos ayuda a retroceder en el tiempo, un tiempo de fantas y tortilla de patatas, de pantanos o playas.. de juegos y besos. La infancia es la "patria" de nuestros recuerdos y de la nóstagia de ahora y ya no hay lugar para los mosquitos ni los incómodos viajes..la canción de aquellos veranos cuando nos creimos eternos y poderosos sigue resonando en nuestros oidos y nada es comparable ni tan perfecto.
¡gracias por traernos un trocito de tu vida y por las sonrisas !
Perlora tambien está en mi álbum y aún huele a salitre y pescado.

¡ Bienvenido, te esperabamos..!

Un beso:-)

José Luis Martínez Clares dijo...

Juan: el olfato es el sentido de la memoria. Abrazos

MJ dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con José Luis. El olfato, lejos de ser engañoso, nos evoca momentos de nuestra infancia con una fidelidad asombrosa.
Ha sido un placer leer esta entrada, Juan. Mi playa estaba en Santander, por lo demás todo coincide :-)

Un abrazo.

Brenda Ladurie Castillo dijo...

Es fascinante poder hallar en algo ajeno algo tan propio, concuerdo en muchos aspectos contigo
¡excelentes letras y buenas lecturas!

Brenda Ladurie

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Quién, en definitiva, no lleva un Alcántara dentro. Además de visitar de vez en cuando las playas del norte, los castellanos nos bañábamos en ríos, con sandalias de goma para evitar el dolor de las piedras y con el temor siempre a aquellas pozas que más allá o más acá podían atraerte fatalmente a su fondo limoso; hoy por hoy me sería imposible. Patriotas somos de aquella primera memoria, que decía Ana María Matute. Un beso.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS y MJ: En efecto, como ya he dicho, cuando escribí el artículo pensaba en la música; cuando regresé a Asturias me reencontré en los olores. Abrazos.

Juan Herrezuelo dijo...

BRENDA LADURIE: Resulta curioso que niños tan distantes compartiéramos vivencias parecidas. Acaso todos procedamos de Nunca Jamás. Un saludo.

Horacio dijo...

Un texto íntimo, una hondura de sensaciones, imágenes y palabras. Muy bello. Gracias por compartirlo y felicitaciones. Me quedo pensando en aquello de que todo sucede tan rápidamente...

Abrazo

Raúl dijo...

Un termo de café, un brasero, una vieja radio de marca alemana,.. Todos objetos evocadores, todos objeto que desprenden calor.

Alguien dijo alguna vez que los mejores veranos de nuestra vida, son aquellos que nos quedan por vivir. Pero yo no soy de los que hacen mucho acaso a los optimistas patológicos; son ultras sin mayor crédito.

Juan Herrezuelo dijo...

HORACIO: Bueno, ya sabes lo de Woody Allen: la vida está llena de sufrimiento, de soledad, de insatisfacción... y pasa todo tan deprisa. Gracias a ti. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

Ah, RAÚL, tampoco yo estoy entre esos optimistas antropo-patológicos... Sin duda el destino nos reserva aún buenos momentos vitales, pero conozco a suficientes adultos como saber que ya no serán tan buenos como los de la infancia, ni desde luego tan numerosos.

abril en paris dijo...

De regreso a éste sitio tan confortable para leer no solo lo tuyo que ¡ ya es! sino lo que te comentan y estoy por suscribir las palabras de Raúl y las que tú le respondes. :-)
Ainsss.. c'est la vie!!

Carla dijo...

Juan ¿sabes? pareciera que el tiempo volara, yo noto como se me van los días, y cada día se pasan más deprisa, en cambio de niña, los minutos se hacían eternos.

Me gusta tu manera de transmitir y tu blog, y te agradezco mucho el comentario que has dejado en mi blog.

Besos.

Miguel Cobo dijo...

Este final de agosto nos inyecta unas cuantas gotas de melancolía, a modo de vacuna, para prevenir la dura dosis de septiembre, el mes melancólico por excelencia (como cantaban el italiano Peppino di Capri y el español Bruno Lomas). Tu texto, hermoso y sensorial, hondo y proustiano, ha mutado en belleza el delicado trance. Leído y releído con placer para asumir la fractura del tiempo (para algunos, factura ya) en este pasadizo loseriano, donde se respira -¡y se huele!- el humo del recuerdo.
Gracias, Juan, tú nunca decepcionas.
Un abrazo, amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

CARLA: Ese es, a mi juicio, el Gran "Hasunto", tal y como a veces escribía el Oliveira de Rayuela, que "usaba las haches como otros la penicilina". El tempus fugit. Gracias a ti. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MIGUEL: Muñoz Molina hablaba de una "melancolía de atardecer de domingo". Figúrate como puede ser la del atardecer del último día de agosto, hacia el que ya corremos. Gracias Miguel: tus palabras valen su peso en afecto. Un fuerte abrazo.

Darwin Bruno dijo...

Muy interesante la historia, creo que es la misma para todos, sin importar la distancia ni el tiempo.Todos hemos pasado por eso, son los tiempos en que no hay problemas.Ya nada volverá a ser igual. Ese relato me trajo gratos recuerdo.Lindos recuerdos que nunca se olvidaran. Te envío un abrazo fraternal amigo, deseándote un buen día...!.Lo disfrute'!..

Clarice Baricco dijo...

Ay me encantó. Qué hermoso escribir y recordar con una fotografía. Eso me gusta y espero poder hacerlo.
Abrazos fuertes.

Juan Herrezuelo dijo...

CLARICE: En español, recordar también significa despertar... Un abrazo.

Francisco Machuca dijo...

Los mejores veranos de nuestra vida.Los mejores años de nuestra vida.Nuestro mundo siempre pertenece al mundo de la infancia.Todo lo acapara,amigo.Cuando llega el verano siempre tengo la primera sensación que viene en bicicleta con grandes promesas.Todavía recuerdo como versos tatuados en la memoria que el cielo de estío hacia el atardecer tiene sabor de pan con chocolate que las golondrinas se lleva hacia sus nidos.El olor de la sandía tiene más fuerza que el olor del mar.El mar huele a Nivea y el sol quema mucho más en nuestro lechos infantiles,hacia la medianoche,con nuestra pieles despellejándose, tras un largo día jugando a orillas del mar...
Gran texto,amigo,como siempre.
Un fuerte abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Olores, sabores, sonidos, imágenes... Nuestros sentidos estaban como recién desembalados, estrenábamos las terminales con las que nuestro cuerpo se relacionaba con un mundo que aún era digno de causarnos asombro del bueno, del que se imprime en la memoria gratamente. No es de extrañar que tantos escritores regresen a la infancia en un momento u otro, porque en efecto, todo lo acapara. Un fuerte abrazo.

Escolastico Borge dijo...

Te voy a cobrar derechos de imagen... "El pensador de Rodin".
Gracias por hacerme recordar. Besos.

Juan Herrezuelo dijo...

ESCOLÁSTICO: Como de Manrique le viene al galgo, avivar el seso e despertar es en nosotros hábito de estirpe. Aquél es, además, el tiempo que a nuestro parescer fue el mejor... De “La cabecita de Juan el Bautista” (Os echamos de menos estos días de agosto). Un fuerte abrazo, Tico.