sábado, 3 de marzo de 2012

F. Scott Fitzgerald revisitado (2): El gran Gatsby


Gatsby belived in the green light, the orgiastic future
 that year by year recedes before us...


Cuando en abril de 1924 Francis Scott Fitzgerald embarcó junto con su mujer y su hija rumbo a Francia, sentía en él un “enorme poder” creativo, la consistencia de una madurez intelectual y artística que precisaba de formas mucho más sosegadas de disciplina que las que podía ofrecerle el alocado y tentador Nueva York de comienzos de los años veinte: en cierto sentido, necesitaba poner todo un océano entre la elaboración de su tercera novela y la metrópoli donde Zelda y él eran la chispeante pareja de moda. Buena parte de ese enorme poder se sustentaba en los modelos literarios de los que más próximo estaba ahora, en especial Henry James, James Joyce y Joseph Conrad. De este último había leído y releído el prefacio de El negro del “Narcissus”, aquél que comienza con un taxativo: “Toda obra literaria que aspire, por humildemente que sea, a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea”, para añadir más adelante: “una concepción artística que se expresa con ayuda de la palabra escrita debe dirigirse a los sentidos, si su intención profunda es alcanzar el manantial mismo de nuestras emociones”. 

A sus 27 años era, clamorosamente, la voz de su generación; ahora ambicionaba hacer que esa voz sonase con la autoridad de un supremo logro artístico: quería mantener su éxito de público pero enriquecido con el reconocimiento de la elite intelectual; quería dejar de depender de los cuentos que tan generosamente le compraban las revistas literarias y dedicarse únicamente a escribir novelas sin que su nivel de vida se resintiese: quería volver a ser exageradamente admirado.

Es probable que esa tercera novela estuviera, de una forma u otra, planificada desde un par de años antes; se sabe que tanteó en varios relatos algunas ideas que desarrollaría en Gatsby (uno de ellos, Absolution, pudo haber sido concebido como prólogo de la novela), y sin duda alguna tendría decenas de apuntes en los cuadernos donde durante toda su vida fue anotando descripciones, frases ingeniosas, retratos de personajes, fragmentos de conversaciones oídas por casualidad… Pero El gran Gatsby fue cabalmente escrita en la Riviera francesa el verano, y parte del otoño, de 1924, y corregida aquel invierno en Roma.

  F. Scott, "Scottie" y Zelda Fitzgerald en París
 
El trabajo debió de resultarle tan absorbente como excitante. A medida que avanzaba en la obra percibía cómo él mismo “crecía” en su condición de escritor: “Tal vez sea la mejor novela norteamericana que se ha escrito”, le aseguró por carta a su editor en agosto. Cuando su mente estaba sobrecargada, Zelda le leía en voz alta una novela de vaqueros, y en las ocasiones en que Scott tenía la impresión de que la imagen de Gatsby se le escapaba, ella podía llegar al extremo de dibujar una y otra vez el personaje (hasta que le dolían los dedos, dice Nancy Milford, su biógrafa), de tal modo que cuando llegó el momento de un último perfeccionamiento de su retrato literario en las correcciones finales, Scott afirmó conocer a Gatsby mejor que a su propia hija. (La mayor parte del tiempo, no obstante, Zelda no tenía nada en absoluto que hacer, salvo nadar en las aguas del Mediterráneo y tostarse al sol: aquel fue el verano de su fugaz aventura romántica con un aviador francés; pero ésa es ya otra historia).

La novela es mucho más de lo que puede sugerirse con un simple resumen del argumento. El título por el que aún se inclinaba pocos meses antes de ser publicada,  Trimalchio in West Egg, nos dice mucho acerca de cómo Fitzgerald veía a su protagonista: Trimalción es uno de los  personajes de que se vale Petronio para hacer una ácida crítica de la sociedad de su tiempo en El Satiricón; pero ese pomposo liberto de la antigua Roma que ofrece a sus invitados un banquete desmesurado y extravagante, grotesco en su exhibición del derroche, donde  los distintos manjares  van presentándose con gran ostentación y estrambótico espectáculo, ¿es Gatsby, realmente?  Gatsby, ese enigmático millonario que celebra grandes fiestas en su mansión de Long Island a las que se acude sin ser invitado y donde multitudes de hombres y chicas van y vienen "como mariposas nocturnas", cogen al vuelo las copas de champán que se deslizan flotando sobre las cabezas, se bañan en la piscina o en la playa privada, hacen esquí acuático, se cambian de ropa en las habitaciones del segundo piso, entran y salen de los salones de aquella colosal propiedad, se ocultan en la biblioteca atestada de libros asombrosamente auténticos, bailan al ritmo que marca la orquesta de jazz bajo las estrellas, cenan dos veces, la segunda después de la medianoche, se emborrachan y cantan y rumorean sobre su anfitrión, del que nadie sabe nada, salvo que se pasea entre ellos impecablemente vestido y les saluda cortésmente; Gatsby, que tal vez sea primo del Káiser Guillermo, o fue espía alemán durante la guerra, o quizá mató a un hombre… ¿es Trimalción? Cómo imaginar que no es más que un hombre enamorado, y que con aquella aparatosa puesta en escena busca tan solo que Daisy, la joven a la que no ve desde hace cinco años y ahora está casada, aparezca en alguna de aquellas descomedidas francachelas: un tipo surgido "de la idea platónica de sí mismoy condenado a "pagar un alto precio por vivir demasiado tiempo con un solo sueño(que no es mala frase para que, a modo de leyenda, figure en mi escudo de  armas: "... paid a high price for living too long with a single dream").

Scott Fitzgerald se vale de Nick Carraway para contarnos esta historia que transcurre entre montones de cenizas y millonarios (otro título que se planteó para el libro), de la misma manera en que Conrad se valió de Marlow en varias de sus novelas: es testigo y al mismo tiempo tiene su papel en la trama; está "dentro y fuera, a la vez encantado y repelido por la inagotable variedad de la vida", y, afectado personalmente por los hechos, influye de manera determinante en nuestra valoración de los mismos. Magistralmente, Nick nos va presentando a los personajes principales:

Tom Buchanan, el marido de Daisy, aparece por primera vez como culminación estática de medio kilómetro de césped extendido entre la playa y la fachada de su mansión colonial, por la que trepa, en forma de enredadera, "como aprovechando el impulso de la carrera"; Tom aguarda en el porche, vestido con ropa de montar y con las piernas abiertas, es decir, bien asentado en el mundo del que es uno de sus privilegiados propietarios por razón de apellido y fortuna, de rasgos arrogantes, cuerpo vigoroso, musculado, pujante bajo la ropa y en el interior de las botas: "un cuerpo cruel".

De inmediato Carraway nos presenta también a Daisy, en una escena prodigiosa: una habitación rosa con las cristaleras abiertas, la brisa la atraviesa, sopla en las cortinas y las agita, en parte por dentro y en parte por fuera, como pálidas banderas que chicotean en el aire, y las retuerce hacia el techo, y riza la superficie de una alfombra…, y, en el centro, un enorme diván, lo único realmente inmóvil allí, pues incluso las dos jóvenes asociadas a él parecen flotar, con sus blancos vestidos aleteantes, como recién llegadas de un corto vuelo alrededor de la casa… Se oye un estruendo: Tom ha cerrado las ventanas, el viento cesa y todo lo liviano, incluido las dos jóvenes, descienden lentamente hasta el suelo: una de ellas es Daisy, todo levedad, dorada indolencia, afectación… "En la cima de un palacio blanco, dirá más tarde Carraway, "la hija del rey, la chica de oro".

Y esa misma noche, al llegar a casa, Nick tiene una primera e imprecisa visión de su vecino: una figura surgida de entre las sombras, con las manos en los bolsillos, moviéndose con lentitud, asentando con seguridad los pies en el césped –la mansión de Gatsby está rodeada por veinte hectáreas de jardines y césped-, extendiendo de pronto, de un modo extraño, los brazos hacia el mar, que nada contiene, salvo la oscuridad y, allá a lo lejos, al otro lado de la bahía, una única y mínima luz verde, el símbolo más potente de toda la novela.


Y después de referirnos el verdor que en forma de césped se extiende en torno a las propiedades de las gentes más adineradas, el narrador nos sitúa en un desolado "valle de cenizas". Es el justamente célebre inicio del capítulo segundo, que tanto me impresionó la primera vez que leí el libro a los diecisiete años. El lector aún no lo sabe, pero estamos siendo introducidos en el lugar donde encontraremos a los otros dos personajes que juegan un papel trascendental, aunque no protagonista, en el desarrollo de la tragedia, Myrtle y George Wilson. El lector llega a sentir los ojos y la garganta completamente secos: el paisaje y las figuras humanas que lo pueblan son descritos mediante la siguiente secuencia semántica insertada en el primer párrafo: cenizas..., cenizas..., cenizas..., cenizas..., humo..., ceniza..., polvoriento..., grises..., ceniza..., plomizo...  Esas figuras humanas que aparecen en cuanto los vagones se detienen portan pesadas palas, nada que ver ya con la indumentaria de jugar al polo. En las primeras líneas del segundo párrafo, no obstante, el narrador nos sorprende con dos notas de color alzándose entre el gris y el polvo: unas pupilas azules y unas gafas amarillas, pero, eso sí, enormes, colosales. Son los ojos, se nos dice, del doctor T. J Eckleburg, y aun cuando la propia narración nos desvela de forma inmediata que se trata del viejo anuncio de cierto oculista, nosotros, como lectores, ya hemos asumido que en esos descomunales ojos abandonados sobre "aquel vertederohay una entidad superior, quien sabe si divina, como más tarde se insinúa. Pues bien, la mujer de George Wilson, el dueño de un garaje “miserable” enclavado en aquel lugar, es la amante de Tom Buchanan. 

El gran Gatsby se lee con la fluidez de una novela sencilla y te penetra con la hondura de lo verdadero, y por tanto de lo bello, y por tanto de lo eterno (conceptos relacionados entre sí, según  Keats, poeta de cabecera para Scott Fitzgerald). Es una novela extraordinariamente bien urdida, donde cada capítulo es perfecto en su condición de pieza cerrada y también en relación con todas las demás piezas. El libro se publicó el 10 de abril de 1925, un año después de que emprendieran su viaje a Europa. Las primeras críticas, aun siendo favorables, parecían contener un titubeante desconcierto, como si no supieran definir con precisión qué era lo que la hacía tan buena. Pronto se vio también que las ventas iban a ser muy inferiores a las que Scott esperaba. En los siguientes meses, sin embargo, empezó a recibir la opinión de otros escritores: todos coincidían en el gran paso que para la literatura en lengua inglesa suponía aquella novela. Y ésa es una idea que se ha mantenido en el tiempo, e incluso se ha acrecentado. Las razones no radican únicamente en su aspecto formal: Fitzgerald, como ha escrito K. G. W. Cross, consiguió representar de manera arquetípica un conflicto que, siendo universal, ha atormentado la conciencia norteamericana desde la llegada de sus primeros colonos: el que se establece entre ilusión y realidad, entre los sueños y el polvo viciado que flota en su estela.

En junio de 1940, lejos de imaginar que apenas le quedaban seis meses de vida –el alcohol había hecho bien su devastador trabajo a lo largo de los años-, le escribió a su hija Frances: "Me gustaría no haber mirado atrás, sino haber dicho cuando acabé El gran Gatsby: «He encontrado mi camino -desde ahora eso es lo primero. Este es mi deber inmediato, sin eso no soy nada»".

En la lápida bajo la que reposan Scott y Zelda grabada está la memorable frase final del Gatsby: 




So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past.

 Así seguimos batiéndonos hacia adelante, como botes contra la corriente, arrastrados incesantemente al pasado.



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Perdido como estoy últimamente, y a mi pesar, en cuestiones mucho menos gratas que éstas que me llevan desde aquí a tantos espacios amigos, bien podría habérseme escapado el generoso texto que el escritor Miguel Sanfeliu le dedica a Pasadizos en su blog CIERTA DISTANCIA. Nunca me lo hubiera perdonado a mí mismo. Miguel Sanfeliu, por cierto, publica en breve su tercer libro de relatos, Gente que nunca existió, en la editorial e.d.a. libros. Vayan, pues, a la par mi gratitud y mis mejores deseos.


Dejo enlace, igualmente, a la entrevista que Carolina Molina me hizo para El Heraldo del Henares.



22 comentarios:

Beatriz dijo...

Como lo haces siempre, con ese impecable estilo tan tuyo para contar, para describir y descubrirnos con rigor literario y con un análisis impecable a los grandes y sus obras.
He leído el texto que sobre tú Pasadizos escribe Sanfeliu en su blog. Y aunque te confieso no haberte leído aún (imperdonable)estás en mi lista de lecturas obligadas.
Espero encontrarla en Barcelona

Ahora estoy haciendo un trabajo sobre la obra poética de Juan Ramón Jimenez que me ocupa mucho tiempo pero me colma la belleza de su poesía.

Un abrazo AMIGO .

José Luis Martínez Clares dijo...

Amigo Juan: por tu culpa voy a leer "El gran Gatsby", algo que, por otra parte, no me había planteado. Me voy a decantar por la edición de Anagrama. Estas son las cosas que tiene el relacionarte con escritores: no hay un sólo escritor que no tenga vocación de cicerone. Y yo te lo agradezco. Abrazos

Horacio Beascochea dijo...

Juan: Una sólida reseña, una invitación a leer a un autor en el que no he incursionado, pero no tendré más remedio que hacerlo.

Como siempre, un gran placer disfrutar de tu espacio.

Abrazo desde el sur argentino

Juan Herrezuelo dijo...

BEATRIZ, JOSÉ LUIS, HORACIO: he escrito sobre Gatsby exactamente igual que si estuviera hablando de la novela con uno o vaios amigos, con la misma vehemencia, pues esta entrada no es sino una declaración de amor hacia una obra que a lo largo de los últimos casi treinta años me ha procurado varios momentos de una felicidad absoluta, esa felicidad, amiga BEATRIZ, que sin duda tú estás experimentando con Juan Ramón Jiménez.
JOSÉ LUIS: con este texto he pretendido incitar a la lectura, dando algunas claves que ayuden a entender que es mucho lo que lleva dentro en cada párrafo. Es más virtud de apasionado lector que de escritor el querer a toda costa compartir sus lecturas más amadas: yo lo he hecho siempre.
HORACIO: Mis dos pilares literarios fundamentales son Fitzgerald y un tal Cortázar que sí compartimos. Creo que Scott también será de tu agrado.

V dijo...

Excelente la pasión que se destila por esta novela apasionada y apasionante. Desconocía algunos detalles,como ese de que Zelda relajaba elambiente con baratas lecturas del oeste para volver a sumergirse de nuevo en la historia. También desconocía lo de la lápida.Pero es que la frase es mucha frase...Un saludo

Raúl dijo...

De Fitzgerald y de Gatsby ya hemos hablado (yo poco, porque tengo menos saberes que tú) por lo que, al margen de subrayar la enjundia de tu entrada, yo quisiera felicitarte tanto por la escueta y certera reseña que te ha regalado el amigo Miguel, como por la interesante entrevista que os habéis sacado de la manga entre Carolina y tú, entre tú y Carolina.

Justo Poe, seudónimo del poeta Frank Ruffino dijo...

Excelente información, Juan, sobre este novelista y novela norteamericana.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Justo Poe

P.D. Vengo a través del blog de Darwin Bruno.

Juan Herrezuelo dijo...

V: Es extraño que escribiera esa frase en ese momento, porque Scott no empezó a sentirse arrastrado hacia el pasado hasta más tarde. También es extraño que en “Hermosos y malditos” prefigurase su ruina cuando estaba en la cima de su éxito. Y es que dicen que hay que tener cuidado con lo que se escribe. Saludos.

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: Nada de escueta, la reseña de Sanfeliu. Me alegra especialmente que yo haya conseguido transmitirle mi pasión por la literatura. De Carolina Molina, si la has tratado te habrás dado cuenta de que es una gran persona, y hace preguntas realmente buenas. Son dos grandes personas, Miguel y ella. Pero eso tú ya lo sabes.

Juan Herrezuelo dijo...

JUSTO/FRANK: Gracias por tu visita. Me he dado una vuelta por tu espacio, que repetiré con calma para detenerme en sus rincones. Un saludo.

abril en paris dijo...

Me ha gustado mucho saber y confirmar que te planteas la escritura de una forma "cinematográfica" porque como bien sabes el cine es ese modo de ver la vida al igual que la literatura que nos invita recrear en nuestra imaginación los personajes que vosotros los autores nos "dibujais" con esa pasión y esmero.
Sobre Gatsby no dejo de aprender através de tus reseñas o mejor dicho sobre Fitzgerald.
¡Qué portada nos incluyes tan usada..azul como los ojos de Daisy ! Ayer en cuanto leí tu relato sentí unas ganas enormes de leer el libro como parece le ocurre algunas más por aqui. Opte por ver la pelicula, de momento.

Un beso, narrador de historias.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Esa portada es de la primera edición de “The great Gatsby”. Según leí en El País (http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/01/la-cubierta-mas-famosa-de-la-literatura-americana.html), es la sobrecubierta más valiosa de la novela moderna americana: los coleccionistas valoraron en 100.000 dólares el precio de un ejemplar. Su autor es un español, Francis Cugat, hermano de Xavier Cugat. ¿Qué cosas, verdad? Un beso, Abril.

Myra dijo...

Ya hemos comentado sobre esta novela. Me encanta cómo describes al enigmático Gatsby. Pongo imágenes a muchas de tus letras.
Me ocurre como a Abril, me gusta muchísimo la portada de esa edición. Desconocía su autoría, muy curioso.

Qué bonita la frase de la tumba..

Un beso

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Realmente Fitzgerald crea un personaje enigmático, cuyo poder de seducción consistía en que cuando miraba alguien "le comprendía a uno hasta donde quería ser comprendido, creía en uno como a uno le gustaría creer en sí mismo...". Ah, pero tenéis que leerla... Un beso.

Explorador dijo...

Una reseña estupenda. Creo que releeré esta novela, la primera vez no me gustó demasiado...pero tal y como la analizas, quizá fue mi culpa... ¡gracias!

Un saludo :)

Mucha de la Torre dijo...

Interesante historia que yo no conocia

Marcos Callau dijo...

Enhorabuena Juan, por esas reseñas de tus pasadizos. "Montones de cenizas y millonarios" es un título estupendo. Perometo desde aquí, que "El gran Gatsby", un a vez termiando "El último magnate" será mi próxima lectura que ya le tengo ganas. Un fuerte abrazo, Juan...como veo, de un "perdido" a otro (en cuestiones de la red, se entiende)

Juan Herrezuelo dijo...

Por alguna razón, este valioso comentario de FRANCISCO MACHUCA no ha aparecido aquí, de modo que lo trascribo desde mi correo:


"Y bien revistado amigo.Buen repaso para un autor y una obra francamente memorable.De El gran Gatsby me gusta mucho las extraordinarias imágenes de la novela-los ojos inquietantes de la valla publicitaria,la cenicienta tierra baldía entre la ciudad de Nueva York y la placentera Long Island,y los azules y dorados de las fiestas nocturnas de Gatsby-combinaban la iconografía de la "era del jazz"con las inquietudes en torno a los cambios sociales características del modernismo americano.Gatsby,tristemente famoso por haber creado su nueva imagen según "una concepción platónica de mi mismo",llegó a ser sinónimo nada menos que del Sueño Americano.Pero ya digo,mi querido amigo,Scott describía de maravilla esos pequeños detalles que apunto más arriba.

Un fuerte abrazo.


http://fmaesteban.blogspot.com/2012/01/los-felices-anos-20.html"

Juan Herrezuelo dijo...

EXPLORADOR: Confieso que en mi primera lectura, Gatsby quedó muy por debajo en mi apreciación que "Hermosos y malditos", y estoy seguro que tuvo que ver con la traducción. Acércate de nuevo al libro, no te arrepentirás.

MARCOS: Mi título "El veneno de la fatiga" procede de una frase de "El último magnate", puedes imaginar cómo me impresionó el inacabado libro de Fitzgerald.
De perdido a perdido (en cuestiones de navegación), ahí va una cita de los hermanos Marx que repito mucho: "Rápido, escondámonos", dice uno, "si nos encuentran estamos perdidos", a lo que otro responde: "si nos encuentran, ¿cómo vamos a estar perdidos".
Pues eso, amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: acabo de leer tu texto sobre mi camarada Scott, que no me explico cómo pude pasar por alto. Haces un precisoso y preciso retrato de los Fitzgerald y de la época de la que fueron referentes y de la época de la que fueron víctimas: los felices veinte y los treinta de la Depresión, la era del jazz y la del New Deal. Esos pequeños detalles de los que hablas son la sal de sus obras: una extraordinaria atención sobre las cosas -vista y oído- y un maravilloso uso del lenguaje para trasladarlo al papel.
Un abrazo.

Raúl dijo...

Ya sé de tu ausencia. Pero si encuentras un hueco, pásate por mi blog y desenvuélve mi humilde regalo, Juan; "Pasadizos" lo merece.
Abrazos.

Raúl dijo...

http://elpais.com/elpais/2013/05/14/fotorrelato/1368546567_791563.html#1368546567_791563_1368547642

Abrazos, compañero.