jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina y (por ejemplo) "Sefarad"

Desde que El invierno en Lisboa me fascinara a mis veintidós años, he venido leyendo puntualmente todos los libros que ha publicado Antonio Muñoz Molina. Antes, naturalmente, retrocedí a Beatus Ille, que era anterior en el tiempo y me gustó más aún; luego esperé Beltenebros como un niño espera la Navidad: éste fue el primero de sus libros que el librero me entregó nada más desembalar ante mí el paquete que acababa de llegarle de la distribuidora, y el primero que no pude empezar a leer ese mismo día: estaba en época de exámenes, de modo que lo puse de pie en mi estantería, como una promesa de desconocidos y excitantes placeres literarios. El jinete polacoArdor guerreroPlenilunio… En fin. Uno tras otro. Recuerdo las circunstancias en que leí cada uno de sus libros, y si me detengo ahora en Sefarad no es porque se trate del que prefiero entre todos –no tengo un “libro favorito” de Muñoz Molina-, sino porque fue el único sobre el que escribí a vuela pluma mis impresiones nada más acabar de leer la última página, envuelto todavía en la mirada de ese retrato pintado por Velázquez que le asalta a uno por sorpresa cuando llega al final. 

Leí una buena parte del libro apenas llegó a las librerías en marzo del 2001, arrastrado, gozosamente arrastrado, por la corriente de aquella prosa envolvente y prodigiosa, conmovido por la forma en que el autor metaboliza y nos devuelve como propio el dolor y el miedo de tantos, y asombrado por la difícil facilidad con que están urdidos esos capilares a través de los cuáles se extiende sutilmente la unidad del relato, su alma única. Luego dosifiqué su lectura, porque no quería terminarlo en una semana sabiendo que tardaría dos o tres años en volver a leer un libro suyo, pero también porque aún aspiraba entonces –y aún aspiro hoy- a llegar a ser algún día un lector más metódico y menos compulsivo. Desde luego, no soy capaz de analizar tan magnífica obra en un texto que quiere ser breve: Sefarad lleva demasiadas cosas dentro como para despachar un comentario o un juicio en unas líneas, máxime cuando uno carece del don de la concreción. Digamos que Sefarad es un regalo para todo aquél que ya no se conforma con una trama convencionalmente estructurada o un argumento rutinario. 

Por aquel 2001 yo había aprendido ya a vivir los libros y no a través de los libros, y este lo viví intensamente, un libro que era de Muñoz Molina, claro, pero también de Jesenka, Ginzburg, Neumann, Münzenberg y tantos otros personajes históricos de los que yo no había oído hablar nunca, para mi vergüenza, y que hasta ese libro habían sido para mí tan desconocidos pero tan reales, de alguna anónima manera, como todos cuantos han sufrido las penalidades de la persecución, la expulsión, la tortura o el exterminio. Tanto la enfermedad como la asfixia que provoca la vida de provincias, cuestiones tratadas también en  Sefarad, sí las conocía de primera mano, ésta última en unos términos tan similares a los que el narrador dice haber experimentado en algún período de su vida que me perturbó leer ciertas páginas: cada vez que en cualquiera de sus libros Muñoz Molina adopta una perspectiva confesional me siento espiado, viviseccionado, expuesto a la luz pública e igual de sobresaltado que ante un espejo cuya existencia me hubiera pasado inadvertida hasta el momento de reconocerme en el desconocido que me observa.

Sefarad es tal vez su libro más borgeano, al menos lo es a ratos. Borges creó un Jaromir Hladík que quizá tuvo su origen en algunas de las personas reales de las que nos habla Muñoz Molina en el libro. Aquel Hladík soñó una noche de marzo con un largo ajedrez, y cinco días más tarde fue arrestado por los nazis, y en prisión, esperando su último amanecer, encontró a Dios –aunque bien es cierto que durante el transcurso de otro sueño- en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos de la Biblioteca del Clementinum, en la Ciudad Vieja de Praga, concretamente en un atlas, y concretamente en un mapa de la India, y Dios le concedió un milagro secreto (¡cómo me gusta ese relato!). Sefarad es también, evidentemente, un libro kafkiano, pero no por razones que partan de la voluntad de su autor y lleguen al texto convertidas en un disfraz de estilo o de atmósfera, como ocurre tan a menudo con la literatura que se elige kafkiana, sino porque lo kafkiano parte amargamente de la realidad que Muñoz Molina retrata y llega al texto atravesando su conciencia, valiéndose de él en tanto que autor, de su talento y su sensibilidad. El instante en que Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un insecto gigante es simétrico a ese otro en que Jean Ámery/Hans Mayer, tal como cuenta la novela, se leyó un día en un periódico convertido en un insecto semítico. 

Cada vez son menos los novelistas en cuya obra uno encuentra una mínima vocación de perdurabilidad, de trascenderse a sí misma y trascender a su tiempo, y sin embargo son los únicos novelistas que merecen ser leídos. Comprar novelas actuales es una atracción fatal a la que prácticamente ya he renunciado: la mayoría de las veces, uno continúa leyéndolas a partir de la página 20 porque no hacerlo equivaldría a aceptar fríamente que hemos tirado una cantidad nada desdeñable de dinero; cuando yo acabo muchas de ellas, cuando las acababa, más bien,  me acordaba de Víctor Hugo y de Dumas y de tantos otros grandes escritores a quienes no he leído aún, y la sensación de haber perdido el tiempo era todavía más terrible que la de haber perdido el dinero. La obra de Antonio Muñoz Molina sí aspira -decididamente, además- a permanecer en la memoria y en el ánimo de quien lee sus libros. Y lo logra de manera absoluta. No hay otro escritor actual, en cualquier idioma, que me apetezca tanto seguir leyendo.

11 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Comparto esa gran admiración por nuestro gran Antonio, a la que añadiría, en mi caso, una razón telúrica, un paisaje machadiano común que hoy contemplamos desde la hermosísima Ronda Antonio Muñoz Molina de su Úbeda natal, muy cerca de la Plaza de San Lorenzo donde se respira "El viento de la luna", junto a su casa, en la cual aún vive su madre. Estudié bachillerato en el Instituto San Juan de la Cruz cuatro o cinco cursos antes de que él llegara: me perdí por poco haber sido compañero de curso. Nostalgia, una vez más, de lo no vivido, amigo Juan. Alegría presente por el premio y , sobre todo, por su obra imperecedera.

Un abrazo.

(Reproduzco ahora tu artículo-reseña en Facebook; me tomo tu permiso)

V dijo...

Sabiendo de tu admiración por el escritor casi se podría decir que amigo Juan, es ocasión propicia para darte de la enhorabuena como contumaz lector suyo que eres.
Tal vez deba volver sobre sus letras, e intentar redescubrir lo que a la primera no capté.
Muy sabroso tu texto. Comparto esa idea de conexión con Borges, sobre la que habría mucho que debatir. De todos modos bueno es que se hable de nuestras letras y que se haga con esta contagiosa pasión que muestras. Un abrazo

abril en paris dijo...

Solo se puede escribir así, como tú lo haces desde la admiración al amigo y escritor.
Y ahí tengo en mi libreria ese Sefarad como tu lo explicas,que me costó leer más que otros, si es que un libro como ese se puede explicar..me gustó Plenilunio, Ventanas de Manhattan..Carlota Fainberg..
Aprender a leer y "adoptar" al escritor solo se consigue con esa pasión que tu demuestras.

Un beso, Juan

Juan Herrezuelo dijo...

MIGUEO COBO: Conocía el vínculo ubetense entre ambos, y ese reloj coronado por la palabra COBO, y ahí cerquita, en Baeza, conozco esa machadiana aula con un perchero y un paraguas y una mesa acordonada. Gracias por ayudar a que se divulgue el texto a través de las redes sociales, amigo. Abrazos.

V: Lo cierto es que ha habido mucha gente que me ha llamado para felicitarme, como si le hubieran dado el premio a alguien de la familia. En realidad, se dijo en su momento que Beltenebros era muy borgena, o eso recuerdo (no me gustó la película de Pilar Miró, pero sí el Plenilunio de Uribe, rodada en mi Palencia). Abrazos.

ABRIL: Hace unos meses releí el relato-capítulo Ademuz, de Sefarad, y volví a emocionarme como desde dentro, como desde esa misma habitación donde está muriendo una anciana. Yo he viajado a Nueva York a través de sus Ventanas de Manhattan, y recorrí la Mezquita con su Córdoba de los Omeyas debajo del brazo. Un beso

J.C. Alonso dijo...

Pues, yo si te voy a felicitar porque sé que le tienes en muy buena estima. Leyéndote es imposible que ocultes los colores de Múñozmolinista. Es buena gente, en "El Silbar" se echaba unas buenas birras. A pesar de ser un jienense de pura cepa. Y la gente de Granada lo quiere como un hijo en esa ciudad. Yo pienso que lo mejor que ha escrito es "Plenilunio". Le gusta la buena música. El Noir film y la novela negra. Lo dicho, ¡doble enhorabuena!

Juan Herrezuelo dijo...

J. C. ALONSO: Bueno, es que me gustan mucho sus libros y me parece un tipo admirable, al que muchos no le perdonan eso que llaman "equidistancia" y que no es sino independencia. En mi cabeza, "Plenilunio" es el lugar en que confluyen las calles de una Mágina/Úbeda no mencionada y Palencia.

Marcos Callau dijo...

Anotamos tu recomendación. No he leído "Sefarad" La portada, por cierto, es estupenda. Gracias por la información. Abrazos, amigo Juan.

José Luis Martínez Clares dijo...

Recuerdo que con "Sefarad" sentí por vez primera el escalofrío que deben sentir los perseguidos al sentirse perseguidos. De AMM podríamos estar hablando continuamente, sin pausa, sin fin. Abrazos

Juan Herrezuelo dijo...

MARCOS CALLAU: Sefarad invita a una lectura cómplice, que salte de un tiempo histórico a otro, de un país a otro, de una frontera a otra. Te gustará. Un abrazo.

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARÉS: Lo primero que leí fue un adelanto creo que en El País, el relato/capítulo "Tan callando", y me perturbó mucho. En fin, esperaremos el próximo libro de AMM. Un abrazo.

Raúl dijo...

Lo voy a confesar aquí porque en otros foros soy algo más timorato y complaciente (por silencioso atorgamiento) con la opinión que se maneje: a mí, Muñoz Molina me encanta como escribe y, además, por mucho que lo intento (y a veces lo intento) no acaba de caerme mal del todo.

Cuando hablo de sus libros me encanta destacar "Ardor Guerrero" y "La Córdoba de los Omeyas"; dos libros quizá menores, pero que me entusiasman, por distintos motivos.

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: Es de lectura gratificante, de lectura larga, esas lecturas que duran toda la tarde y acabas tan metido en la historia y sus escenarios que no sabes si lo has leído todo o hay una parte de ti que ha recorrido esas calles. Me alegra que destaques ese magnífico libro que es el "Córdoba". Paco Ortiz y yo habíamos quedado con él en Granada el día que le llegó a él su primer ejemplar, y no olvidaré nunca la ilusión con que nos lo trajo y enseñó.