martes, 14 de enero de 2014

John Shawnessy y su árbol de la vida


John Shawnessy es un perdedor por partida triple, y eso ya es motivo suficiente para que tenga su lugar en las paredes del Loser aun cuando la película a la que pertenece, El árbol de la vida (Raintree County, 1956), no figure entre las mejores de la historia del cine. Por un lado, es perdedor como personaje de ficción, pues así fue concebido por el autor de la mastodóntica novela que se llevó a la pantalla: a mediados del siglo XIX, Johnny Shawnessy (Montgomery Clift) es el graduado más brillante del condado de Raintree, Indiana. Todos están seguros de que llegará a ser alguien importante, en particular sus padres y su novia, la dulce Nell (Eva Marie Saint). Un día es seducido por la ampulosa oratoria de su antiguo profesor, quien les habla a sus alumnos del árbol de la vida oponiendo la grandeza basada en el poder del dinero a otra que tiene por símbolo este árbol «que no es de oro, sino de aspiraciones, cuya flor es el logro de ellas y su fruto el amor; los caminos para llegar a él son deliciosos, y sus senderos conducen a la paz». Todos cuantos asisten a esta última clase al aire libre son invitados a hallar este árbol en algún lugar del condado, donde supuestamente se alza en su «druídico silencio», con la advertencia de que quien abandona la búsqueda corre el riesgo de quedar convertido en una «mísera e incolora criatura»; únicamente él, John Shawnessy, decide ir inmediatamente en su busca, sin éxito. Unos días después, mantiene una fugaz y embriagada relación con una sureña voluptuosa llamada Susanna (Elizabeth Taylor), y cuándo más tarde ésta le anuncia que está embarazada, Johnny decide casarse con ella. Con elementos propios del folletín, tal embarazo resulta ser falso, y Susanna, una recalcitrante esclavista, no sólo es una mujer desequilibrada sino que parece atormentada por un secreto de infancia. Cuidar de ella –incluyendo su participación en la Guerra Civil- le obligará a renunciar a sus propias metas en la vida.

Pero John Shawnessy es también un perdedor como personaje cinematográfico, pues el desafortunado guión le convierte en un joven del cual se dicen cosas muy encomiásticas que el espectador, sin embargo, no consigue constatar por sí mismo: no sabemos cuáles eran esas metas a las que renuncia ni qué ideales son los que abandona a causa de su mujer, y la criatura en que se convierte al dejar de buscar el árbol de la vida no sólo es incolora sino a menudo también insípida. He visto muchas veces la película de Edward Dmytryk, y siempre me emociono ya con la primera escena. Sé que no es una gran película, y que, a pesar de las pretensiones de la MGM, el resultado quedó muy por debajo de Lo que el viento se llevó; pero yo la veo con ojos más benevolentes que los espectadores de su tiempo, los ojos del niño que era cuando la vi por primera vez. Hay muchas cosas en ella que me gustan: Liz Taylor es una de ellas, claro, y Lee Marvin, y el actor que interpreta al profesor Stiles, Nigel Patrick, y la bellísima canción interpretada por Nat “King” Cole, y los no menos hermosos paisajes, y, a ratos, también el pobre Monty Clift, que trata de darle entidad a un personaje algo anodino, y al menos durante una parte de la película lo consigue.


Ocurre que las escenas más satisfactorias de Clift están como barajadas con otras extrañamente perturbadoras, y he aquí el otro nivel de perdedor -el tercero- que alcanza John Shawnessy. Tomemos una escena no particularmente relevante, pero a la que Montgomery Clift concedió una gran importancia: John entra en la habitación en la que Susanna ha dado a luz, va a conocer a su hijo. Clift practicó infinidad de maneras de abrir la puerta, entrar y cerrar tras él, buscando la emoción adecuada. Son unos segundos en primer plano. Después le vemos acercarse a la cama, mirar al bebé y hablar con Taylor. Pero al salir su rostro ha cambiado. En realidad, entre su entrada y su salida han transcurrido al menos diez semanas, el duro periodo de convalecencia tras el accidente de coche que le desfiguró la cara y alteró para siempre el curso de su vida.

Ese accidente, ocurrido el 12 de mayo de 1956, deja al descubierto una de las grandes mentiras del cine: una película –salvo excepciones- no se rueda siguiendo el orden de la historia tal cual está escrita. Así, la noche que Clift estrelló su coche contra un poste de telégrafos había rodado más o menos la mitad de sus escenas, pero éstas estaban repartidas por todo el guión, no se corresponden con una primera mitad de la película. Aquella noche Elizabeth Taylor, que le había insistido para que acudiera a una fiesta en su casa, acabó salvándole la vida; avisada al instante del accidente, acudió al lugar, se internó en el vehículo por la parte de atrás, tomo en sus brazos la cabeza ensangrentada de quien era su mejor amigo y al darse cuenta de que se ahogaba le introdujo sus dedos en la boca y le arrancó varios dientes de la garganta.


Monty volvió al trabajo después de esas diez semanas, pero no era el mismo. No es sólo que su hermoso rostro ha cambiado (su nariz es otra ligeramente diferente, y sus labios y su mejilla izquierda se mueven con dificultad), es que también se ha convertido en un ser torturado por dentro, que se mueve distinto y mira distinto; de hecho, no volverá a mirar con la intensidad de antes en ninguna otra de sus películas, y sus ojos tendrán ya para siempre una expresión atónita y un aspecto vidrioso. El Clift de antes podía aparentar, a sus treinta y seis años, ser un joven de veintitantos; este otro Clift, repentinamente envejecido, no, y he ahí el principal defecto de Raintree County. Para soportar los dolores, bebe ahora más aún de lo que ya bebía e ingiere todo tipo de pastillas, a las que se hará adicto, anfetaminas, barbitúricos, tranquilizantes; sufre insomnio, tiene pesadillas, le abruma la preocupación por las escenas del día siguiente. Cuando la cámara le enfoca sabe que no es su rostro de siempre el que quedará impreso en la película, sino esa otra máscara que todavía no ha aprendido a mover y que le duele. John Shawnessy es el último de sus personajes por el que los espectadores nos sentimos atraídos y el primero que nos despierta rechazo. A partir de ahí, un proceso de autodestrucción que dio comienzo en ese rodaje y se prolongó hasta su muerte, diez años después, en lo que fue descrito por quienes le conocían como el suicidio más largo de Hollywood.


12 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Una de las críticas más benevolentes que he leído sobre este título, pero tal vez la más certera, la más justa.
No cabe duda de que los grandes lo hacen todo a lo grande. Incluso cuando deciden quitarse del medio. Un abrazo

Marcos Callau dijo...

Qué gran texto, Juan. Cuando vi "El árbol de la vida" no conocía la historia de Montgomery Clift y me quedé con la canción de Nat King Cole y la actuación de Lee Marvin como mis momentos favoritos. Pero realmente es muy interesante volver a ver esta película sabiendo toda la historia que hay detrás y sabiendo, además, que es una historia que afectó decisivamente en el rodaje y posterior repercusión de la película. En cualquier caso, Montgomery Clift siempre me ha parecido un actor insuperable, tanto antes como después del accidente. Lo has contado de maravilla. Me ha encantado. Abrazos.

Myra dijo...

Mi mirada sobre esta peli es muy parecida a la tuya, Juan. Es una película que a mí siempre me ha gustado, sobre todo por el inquitante papel que interpreta Liz Taylor. Hace muchos años que no he vuslto a verla pero recuerdo una escena en la que ella abraza una muñeca...esa escena removió la mirada de la niña que era yo entonces. Lo mismo me estoy equivocando de peli... El caso es que desconocía las anécdotas que cuentas sobre su rodaje. Sí sabía del accidente de Monty pero no que conincidiera con el rodaje de esta peli.

Tengo que volver a verla sí o sí después de leer tu estupenda entrada.

Un beso.

Francisco Machuca dijo...

Creo que el problema de esta película es precisamente la MGM; productora que siempre apostaba para el gran público. Lo mismo ocurrió con El cartero siempre llama dos veces, por poner un ejemplo,es una película que ha envejecido mucho pero se ve a siete leguas que el culpable fue ese rugido de león.
Gran texto para una película que hay que ver como tú lo haces aquí.

Un fuerte abrazo,amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ CLARÉS: Es cierto que las críticas fueron muy negativas en su momento. Alguien llegó a decir que no hubiera podio se más lenta si el director hubiera proyectado una diapositiva con una linterna. No estoy de acuerdo, y además yo la vi de pequeño, y recuerdo esa primera vez con emoción. Cómo no ser benevolente. Un abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

Creo que Clift es uno de los actores más importantes e influyentes que ha dado el cine. El mejor del método, el más contenido, el que interpretaba desde más adentro y luego lo exteriorizaba todo a través de la mirada, no de la gestualidad corporal (“Yo confieso”, por ejemplo). James Dean vio una y otra vez “Un lugar en el sol”, y Brando le visitó tiempo después del accidente para decirle que dejara de beber y tomar drogas, que no se destruyera, que necesitaba esa competencia entre los dos porque no había ningún otro actor que le hiciera sentirse desafiado profesionalmente. Cuando rodó su primera película, “Río rojo” en el 46, llevaba ya 13 años actuando en teatro, desde los doce. Le nominaron al Oscar por su segunda película, la primera en estrenarse, “Los ángeles perdidos”: un gerifalte de la Metro creyó que era un soldado de verdad y preguntó que dónde lo habían encontrado. Fue el mejor. Pero en sus películas posteriores al accidente me parece perdido entre brumas: basta verle en “De repente el último verano” o en “Río salvaje”. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Hay un muñeco medio quemado que juega su papel en la historia, sí. Y hay un momento de una inmensa generosidad interpretativa por parte de Monty, quien, como hacía también Steve McQueen, gustaba de robarle el plano a los otros actores haciendo algo mientras ellos decían su texto (encender un cigarrillo solía ser lo más frecuente). Aquí hay una larga escena en que sólo habla el personaje de Liz Taylor, desahogándose de su secreto de infancia, sin que Clift mueva un músculo, cediéndole todo el plano a ella durante varios minutos. Te gustará reencontrarte con ella. Un beso.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: Ese rugido de león siempre provocó en mí, de niño, una enorme excitación, porque lo identificaba con grandes aventuras, con musicales suntuosos y muy divertidos, con grandes estrellas –más que en el cielo-. Cuando se rodó “Raintree County” faltaban unos años aún para que la “Cleopatra” de Taylor y Mankiewicz hundiera la Fox y acabara con la política de grandes estudios. En 1956 la Metro no quiso perder lo gastado ya en la película y más o menos empujó a Monty a volver al trabajo sin estar preparado para ello, y él se dejó convencer porque temió que quizá aquella fuera su última interpretación. En realidad había aceptado hacer esta película, en la que no creía demasiado, sólo para volver a rodar con Liz, su querida Bessie Mae, cuando había rechazado en los últimos años “El crepúsculo de los dioses”, “La ley del silencio”, “Al este del Edén”, “Moby Dick” o “Bus Stop”. El destino jugó sus cartas. Un abrazo, amigo (tómate tu tiempo bien ganado, pero sabe que te espero en tu espacio)

abril en paris dijo...

Sólo puedo recordar,puesto que hace muchisimo tiempo que la ví, la belleza de Liz en una época que era tan preciosa como una muñeca..esos vestidos tan..de cuento, pero tengo un recuerdo un poco nebuloso del resto. Tendría que verla de nuevo.
En cambio recuerdo a Monty, era un actor con un magnetismo tremendo.
Recuerdo haber leido que Burt Lancaster decia (acerca de él y su modo de interpretar) en De aquí a la eternidad, que se quedaba paralizado al escucharle..ese momento de la trompeta, esas lágrimas..impresionante y convincente Prewitt.
¡Qué tremendo dolor sentíria y cuántos demonios le torturaron a lo largo de su corta vida! Lo de Liz con él..¡admirable! Un amor imposible para ella, una amistad genuina para él.
Bonito texto. No hay mala crítica que pueda con nuestros mitos.

Un beso Juan.

V dijo...

Muy interesante Juan. Aun compartiendo muchas cosas nunca me ha parecido el estropicio que algunos comentan. Es cierto que tierne sus altibajos y que la inestabilidad y los caprichos de Liz contrastan demasiado con la dulzura de Eva Marie.
Pero no me parece mal rodada y esa melancolía que la recorre creo que busca identificar al espectador con la insatisfacción del protagonista, perdedor total, metido en una tela de araña...
Aun así, creo que aunque no se explique si que sabemos que el personaje de Monty renuncia nada menos que a ser él mismo.
Muy interesantes los apuntes fuera de cámara, algunos de los cuales intuía pero desconocía. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Hay primeros planos de Liz Taylor en esta película que están entre los mejores de toda su filmografía, en los que su belleza llega a cortar la respiración, literalmente. Qué voy a decir yo de Liz: ya confesé aquí hace meses que estuve enamorado de ella. Es mi actriz, de la misma manera que Monty es mi actor (cómo no iba a ser benevolente con una película que los reúne a ambos). Y recuerda que venía de hacer “Gigante”, y que antes de acabar aquel rodaje James Dean, del que se había hecho amigo, había muerto en un accidente de coche: apenas habían pasado siete meses de eso. Por cierto, que era frecuente que los compañeros de reparto de Monty acudieran a verle actuar, tanto admiraban su trabajo. Lo hizo el mismo Brando, a escondidas, en “El baile de los malditos”, con el que no compartió ninguna escena. Un beso, amiga.

Juan Herrezuelo dijo...

V: Como bien dices, ésa es su derrota, la de Johnny: renunciar a ser él, aunque finja hacerlo de buena gana; y aunque podría estar mejor explicado, sin duda queda claro. No sé si en la extensa novela de Ross Lockridge (mil páginas, al parecer) estará más subrayada esta circunstancia, pues ni la he leído ni me consta que se publicara en España. Por cierto, que el caso de este autor es opuesto al de John Kennedy Toole: este Lockridge se suicidó no porque se negaran a publicar su obra, sino porque una vez publicada se vio abrumado por su éxito. Por cierto, ambos se mataron de igual modo, con el monóxido de carbono de su propio coche. Un abrazo.