miércoles, 1 de febrero de 2017

Frank Chambers


Cuando Frank Chambers arrojó a la hoguera el cartel que decía "Se necesita un hombre" (Man wanted), sabía que el anuncio no significaba lo mismo para el dueño de la estación de servicio que lo había colgado bien visible cerca de la carretera que para su joven esposa. El emplazamiento del decaído negocio estaba lleno de resonancias celestiales: un lugar perdido a las afueras de Los Ángeles, entre San Francisco, de donde venía, y San Diego, hacia donde se dirigía. Y sin embargo, apenas puso los ojos en Cora, las señales empezaron a remitir más bien al fuego del infierno en el que acabaría abrasándose: el olor de una hamburguesa que se quema en la plancha, las llamas que devoran el cartel, el ardiente viento del desierto haciendo revolotear los pensamientos por la noche. Se necesita un hombre. Ella lo llevaba tatuado en la mirada, en cada centímetro de piel que el pequeño conjunto blanco que vestía dejaba al descubierto, en la boca que encendió aún más con el pintalabios que un instante antes había rodado hasta los pies de Chambers.

El Frank Chambers del que hablo tiene el rostro de John Garfield, su fotografía está en el Salón de la Derrota que adorna las paredes del Loser, y mientras desafía en silencio a Lana Turner invitándola a acercarse a él para tomar de su mano la barra de labios, no puede imaginar que la tormentosa relación que mantendrá con ella se cerrará también con una barra de labios, tal vez esa misma, cuando el cartero del destino llame por segunda vez. Cómo diablos es posible que una mujer como ella aparezca en un lugar como aquél: vestida de blanco inmaculado, es el puro resplandor del plenilunio en medio de la noche. Y Frank es un trotamundos que viaja haciendo autoestop, alguien a quien aún no le preocupa el futuro porque es demasiado pronto para ello, según le ha dicho al tipo que le ha traído en coche, el fiscal del distrito, nada menos: no será la última vez que le vea. Aceptará un trabajo eventual en el Twin Oaks -gasolina, mecánica del automóvil y hamburguesas-, ganará unos dólares y sus pies inquietos volverán a llevarlo a la carretera. Ésa era la idea. Y entonces apareció Cora, sí.


En los años cuarenta y cincuenta, la censura no hubiera permitido mostrar en una película escenas explícitas de sexo. Seguramente, la mayoría de los espectadores tampoco lo hubieran aceptado, aunque no por ello renunciaban a que la consumación sexual fuera debidamente sugerida. El cine americano recurría subliminalmente a los fuegos artificiales, como en Atrapa a un ladrón, de Hitchcock, o más frecuentemente a la imagen del mar rompiendo espumeante contra la arena de una playa, con un hombre y una mujer despojándose de la mayor parte de su ropa y zambulléndose entre las olas como si la vida les fuera en ello. Inevitablemente, la memoria remite a De aquí a la eternidad. En El cartero siempre llama dos veces (1946) hay tres escenas de mar entre Garfield y Turner, tres inmersiones en el menos pacífico de los océanos que uno pueda imaginar: una primera vez, de noche y con el consentimiento del estúpido marido; toda una semana loca, de intensas sesiones natatorias, mientras el señor Smith está en el hospital después del primer y malogrado intento de matarle; y una última y agónica vez, donde el orgasmo oceánico tiene mucho de pequeña muerte buscada y no encontrada lejos de la orilla.

El de Chambers no es el mismo caso que el del agente de seguros Walter Neff (Fred MacMurray en Double Indemnity), ni el del abogado Ned Racine (William Hurt en Body Heat), ni siquiera el del conductor de ambulancias Frank Jessup (Robert Mitchum en Angel Face). A Frank Chambers, que no parece tener oficio ni beneficio, no le engatusa una mujer fatal para que mate a su marido -o a su madrastra, en el caso de Jessup-. Cora –paradigma, por otro lado, de la mujer fatal- le ama realmente, y pensar en librarse de Nick Smith es la única salida que les deja su pasión desesperada. De hecho, sería más justo que en la pared del Loser estuviera colgado el retrato de ambos. Ella no le mete en la cabeza la idea de librarse del esposo: la idea surge de pronto, tal vez de las propias llamas en que se queman, porque por primera vez en sus vidas los dos sienten que merecen más de lo que se habían resignado a tener: Frank una existencia de vagabundeo, Cora la tediosa tranquilidad de no verse obligada a seguir apartando de sí a los hombres. Y lo hacen. Cometen el crimen. De noche, en una estrecha carretera de montaña, dentro del coche: esta película contiene uno de los asesinatos más turbadores de la historia del cine, porque cuando Frank, desde el asiento trasero, se dispone a golpear a Nick en la cabeza, éste, bebido, ridículo como un niño grande, aúlla por la ventanilla para provocar el eco, y su voz se mantiene un par de segundos resonando en las montañas después de que él haya muerto. No hemos visto el golpe, ni veremos el cadáver: solo el pie de Frank, y luego el rostro de Cora, al volante. A partir de ese momento ambos se convierten en juguetes en manos del fiscal y de un abogado tramposo, que echarán a su costa un pulso de astucia jurídica. Y llegan el miedo, la duda, la desconfianza, el rencor, el odio, el matrimonio forzado, el engaño, la reconciliación y la muerte.


John Garfield fue un actor prodigioso que llevaba en sí la semilla de un perdedor: enfermo del corazón, no pudo intervenir en la Segunda Guerra Mundial, tal y como deseaba; perdió a una hija de seis años unos meses antes de comenzar el rodaje de The postman always rings twice; de ideas liberales, su carrera en Hollywood fue triturada por el Comité de Actividades Antiamericanas, cuyo acoso acabó provocándole la muerte en 1952, a los 39 años. Nacido y criado en Nueva York, aprendió boxeo e interpretación de forma más o menos simultánea, abandonando la práctica deportiva a causa de su dolencia cardíaca. Se formó en el método Stanislavski antes de que Kazan y Strasberg, miembros como él del Group Theatre, fundaran y dirigieran, respectivamente, el Actors Studio. Su muerte prematura, el hecho de que una parte significativa de las más de treinta películas que rodó en apenas doce años no esté a la altura de su talento y la dificultad hoy para poder ver la mayoría de ellas han acabado por dejarlo a ese otro lado de la línea a partir de la cual actores que hasta hace tan solo una generación eran admirados por cualquier amante del cine, hoy, para los más jóvenes, son perfectos desconocidos.

Su composición de Frank Chambers es absolutamente portentosa, al punto de lograr arrastrar consigo al terreno de lo sublime la actuación de una estrella prefabricada como era Lana Turner, carente de la más mínima formación actoral. Cuando uno ve una segunda vez consecutiva la película, prescindiendo ya de la evolución del argumento y centrándose tan solo en la interpretación de Garfield, toda una asombrosa riqueza de matices parecen emerger de donde antes simplemente habíamos visto naturalidad y magnetismo. No concibo otro actor capaz de encarnar de manera más convincente a este personaje, rudo y vulnerable a la vez, seguro de sí mismo y perdido en la confusión, libre y encadenado a una mujer: ese boxeador de suburbios capaz también de tocar el violín como los ángeles. La manera de mirar, de tomar aire, de traslucir un torbellino de malos pensamientos a través de la piel de la frente, de dejar caer los brazos con la pesada ligereza de un púgil vestido de calle, de mantener en suspenso una cerilla encendida, de incorporar al personaje cualquier objeto mediante una manera aparentemente distraída de tocarlo, son actitudes que anticipan ese algo nuevo, radicalmente distinto y profundamente renovador que unos años más tarde iban a traer a la pantalla Montgomery Clift, Marlon Brando o James Dean, de los que Garfield fue precursor.

Frank Chambers le dijo al conductor que le dejó en Twin Oaks (robles gemelos), antes de saber que era el fiscal del distrito: gracias por escuchar mis teorías. Tenía teorías. ¿Sobre qué? Sobre una forma determinada de vivir, seguramente. Sin ataduras. Él y Cora empezaron mal, confesó tiempo después, y no supieron regresar al buen camino.


10 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Garfield es el gran olvidado. Aparte de este título que magníficamente reseñas, no sabría decirte ninguno más. Un abrazo.

Melmoth el errabundo dijo...

Magnífico texto, amigo Juan. Creo que El cartero siempre llama dos veces es una de mis novelas favoritas de todos los tiempos por todo lo que representa. Incluso los hermanos Coen no serían nada sin ella. James M. Cain era simplemente genial. Billy Wilder quiso realizar una película con ella pero los derechos ya estaban adquiridos. Billy no se rindió y al fin pudo realizar Perdición,basada en otra de las novelas de M. Cain, Pacto de sangre (inferior a El cartero..., y sin embargo Perdición puede que sea una de las mejores películas de todos los tiempos. El cartero... lo tiene todo. Es inolvidable su historia cuando hemos leído tantas historias olvidables. La gran depresión, Frank Chamabers caminando por una carretera y sin un duro en el bolsillo. El motel junto a la carretera. Para mí el motel es el gótico americano y si no me crees pregúntaselo a Norman Bates en Psicosis. Cora, la mujer más explosiva del género negro, además de atípico, a ella no se la presenta con glamour tan caro a todas las mujeres fatales. Ella es la mujer de un tipo bueno y vulgar, como ella, con un pañuelo en la cabeza y trabajando tras una barra o en la cocina, haciendo camas, etc., pero está buenísima, apetitosa, tanto que uno llegaría a matar por ella, aunque sea al hombre que te ha salvado el pellejo y te respeta. Cora es la mujer deseada del hombre medio-bajo; la mujer de casa con delantal y dispuesta a echar el polvazo de tu vida, y no aquella de Instinto básico; la gran depresión que no se acabará nunca en la novela negra. James M. Cain, el gran escritor de Mildred Pierce, La camarera, Ligeramente escarlata, Serenata, etc. Y sí, los grandes perdedores. Te mando una fotografía mía y la cuelgas en el Loser. Fat City y los demás que perdieron en las películas del gran John Huston. La jungla de asfalto, El tesoro de Sierra Madre. El oro que siempre vuelve a su lugar (bajo tierra). Y es cierto, amigo mío, Garfield tiene aspecto de perdedor. Con Bogart no ocurre lo mismo. Force of Evil (1949), de Abraham Polonsky es también un bello ejemplo de lo que fue Garfield. Todos lo somos en cierta medida. Al gran Mitchum parece que siempre le dio igual perder. El film noir, la novela negra clásica, la vida en negro, lo fatal, lo irremediable de nuestros destinos. El cigarrillo, el humo, la fotografía en blanco y negro, las calles enemigas iluminadas por las farolas y los callejones oscuros del alma. Hoy la vida en todavía negra cuando el género se ha dulcificado para complacer a las cuarentonas de club de lecturas.

Un fuerte abrazo, amigo mío.

Juan Herrezuelo dijo...

J. L. MARTINEZ CLARES: Aunque yo prefiero su Frank Chambers, su papel en Cuerpo y alma, de Robert Rosssen, es el más aclamado: el director de El buscavidas se mete en el mundo del boxeo, imagínate. En Humoresque, con Joan Crawford, es un brillante violinista. Son las dos que recuerdo mejor, y son realmente buenas.

Juan Herrezuelo dijo...

MELMOTH: de aquella colección de la que tanto hemos hablado (por escrito), y que tanto hizo por acercarnos, El Club del misterio, se me quedó fuera, vaya a saber cómo, James M. Cain. Tampoco lo leí en la otra colección de Bruguera, la de Novela Negra, y después se me pasó la época de la novela policíaca. De modo que me quedé sin leer a uno de los grandes. Nunca es tarde, claro. A cambio tuve el privilegio de ver Perdición en sala de cine y versión original, y amigo, ahí descubrí el gran secreto: aquellas (hoy) viejas películas se hicieron para ver en pantalla grande, para que sus imágenes fueran proyectadas en ella desde nuestra espalda, y no ser emitidas hacia nuestra cara desde un televisor. Porque aquella vez vi realmente el polvo flotando en la luz de aquel salón, el de la casa de Barbara Stanwyck. Es como los caballos de Velázquez: parecen panzudos porque no fueron pintados para ser vistos de frente, sino colgados en altas paredes de palacio. La perspectiva es el secreto de la pintura, la luz lo es del cine, y en un televisor la luz, el tono, el contraste lo pones tú con el mando a distancia. Y sí, hoy el género negro se ha dulcificado, y el cine se hace para adolescentes de treinta años que pasan demasiado tiempo jugando a la play.

Raúl dijo...

La rudeza de Garfield, aquella sobriedad tan arisca, a mí siempre me dio un poco de miedo.
Un maravilloso texto, amigo mío.

abril en paris dijo...

De tan bien que lo describes puedo cerrar los ojos y sentir la atmósfera... ver su cara y ese gesto duro en ese personaje que ha pasado a la historia. Un amor que lleva a la "perdición".

Le recuerdo tambien en una excelente película de Kazan precisamente: La Barrera invisible " Gentleman's Agreement" dirigida en 1947 y con Gregory Peck y Dorothy McGuire. Denuncia del antisemitismo existente en aquella época...sí, a ellos tambien. No hay momento en la historia en la que los derechos humanos por los prejucios (en mayor o menor medida "justificados") no hayan sido vulnerados. Unos y otros.. para hacernos reflexionar sobre el material del que estamos hechos...

¡Qué grandes historias...!un cine que no se hace, no así.

Siempre es un placer leerte Juan.

Un beso

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: Garfield era el Método antes del Método, era duro sin el afectado manierismo de un Brando o un Dean, pero capaz de parecer tan torturado como cualquiera de ellos, o incluso tan torturado como Clift. Creo que en la interpretación de Clift en Un lugar en el sol hay algo de este Garfield a quien realmente se le abultan las sienes solo de pensar en matar.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Esa de La barrera invisible es la que más me gustaría ver de él, pero es que realmente no encuentro manera de llegar a sus películas. Ojalá pudiera hacerme con La fuerza del destino ("Force of Evil") de Abraham Polonsky, o Éramos desconocidos, de Houston, o Tortilla flat, con Spencer Tracy y Hedy Lamarr…, Es cine más allá del deseo de verlo, salvo que la Biblioteca pública esté bien provista de clásicos. Naturalmente, coincido contigo: el cine ya no se hace así. Un beso.

Don Vito Andolina. dijo...

Hola Juan, brillante texto, sin ser un apasionado del cine, tu entrada desborda sabiduría y eso siempre es de halagar, con tu permiso por aquí me quedo..
Muchas gracias, pasa buen día, besos claro está...de cine..

Juan Herrezuelo dijo...

DON VITO ANDOLINA: Gracias. Siempre eres bienvenido. Ligeros de equipaje todos los asiduos al Loser, y quien lo regenta más que nadie: derrotado pero nunca vencido, como dices en tu espacio. Un saludo