martes, 21 de febrero de 2017

… y soy adicto a El crack


El anuncio podría decir lo siguiente: “Se ofrece blog&bar para reuniones de adictos a El crack. Ambiente cinéfilo-literario. Inclinación a la mitomanía, la nostalgia y la celebración sentimental de la derrota. Carta de cócteles”. Lo de la adicción viene del libro que publicó la editorial Notorius en 2015 con ese título, precisamente, Adictos a El crack. En el fervor por esta película de culto, probablemente la mejor de género negro que se haya rodado nunca en España, hay cierto escalafón. Los seis autores que firman el libro son primera clase, gente más o menos próxima a José Luis Garci, director de tan magna obra en dos partes (entre ellos hay nada menos que un ex Fiscal General). En el Loser se citaría si acaso un conciliábulo de adictos anónimos, gente tan pero tan “garciana” como el tipo que regenta la barra, quien una noche de abril de 1983, siendo un chaval, permaneció bajo las mantas y con la oreja pegada a los agujeritos de su pequeña radio portátil hasta que a muy altas horas de la madrugada oyó que sí, que Volver a empezar era la ganadora del Oscar a la mejor película extranjera.

El crack son dos películas, más que eso: es una trilogía incompleta. La primera iba a ser la única, con el título La caja china. Estrenada en 1981, cuando los espectadores vieron en la escena de apertura empuñar un revolver a Alfredo Landa, con la mirada implacable y el gesto de la barbilla como tallado en granito bajo el bigote, debieron quedarse estupefactos. Alfredo Landa estaba muy lejos en esa época de un personaje como el detective privado Germán Areta, y aunque El crack abrió definitivamente su carrera a otro tipo de papeles alejados del llamado landismo, nunca volvería a ser tan duro como en estas dos películas, ni tan oscuro. Imagino que el éxito se debió en buena medida a su interpretación, pero también a un guión escrito por Garci y Horacio Valcárcel que se ciñe con escrupulosidad a las leyes del género, adaptándolas, eso sí, a los rasgos peculiares de la sociedad española; y también a la música de Jesús Gluck, y a ese impagable homenaje a la ciudad de Madrid, cuyas calles -la Gran Vía, fundamentalmente- tienen sus propios planos y son retratadas con la devoción que la cámara se reserva para los grandes escenarios y los rostros hermosos; y al trabajo, en definitiva, de todos los demás actores y actrices: María Casanova, Bódalo, Miguel Rellán, Manuel Tejada…

A mí me gusta más El crack dos, que además vi primero. Su rodaje le fue propuesto a Garci para tratar de compensar el fracaso en taquilla de Volver a empezar, que aún no era la primera película española en ganar el premio de la Academia de Hollywood. Garci quería titularla Areta. Investigación, pero se impuso el numeral. Sigue una estructura casi paralela a la anterior, y como en aquélla un encargo profesional que parece limitarse al ámbito familiar o sentimental acaba por conducir al detective a esos podridos territorios donde los poderosos mercadean con la vida de todos. El diálogo final con Arturo Fernández es memorable (“Cada vez resulta más difícil ganarse ilegalmente una vida respetable”, le dice, vestido de smoking y meciendo en una copa ancha un par de dedos de buen brandy). Otra vez  Madrid, la Gran Vía y sus catorce cines -hoy apenas un recuerdo-, las veladas de boxeo en el Frontón Madrid, el mus en la oficina –llevo pares-, el revólver en las manos de Areta, la amenaza de muerte que se extiende a la mujer que ama y a las personas con las que trabaja, el coñac en la mesa y el humo de los cigarrillos caracoleando en el aire.


Pudo haber un Crack tres, que a comienzos de los noventa hubiera llevado al detective a investigar un caso en una capital de provincias, o que ya en el siglo XXI nos podría haber mostrado a un Areta jubilado, a lo Jean Gabin, o incluso tal vez enfermo, tipo Ironside. Garci barajó esas posibilidades. Pensó en que alguien reclama su proverbial intuición para indagar en la desaparición de Madeleine McCann, la niña inglesa que hace diez años desapareció de un hotel en el Algarve sin dejar aparentemente rastro, y German Areta, con setenta años, se traslada a Portugal a buscar alguna pista. Naturalmente, yo estuve años dándole vueltas por mi cuenta a esa tercera película: fue durante mucho tiempo esa historia que uno se cuenta al acostarse y que va perfeccionando noche tras noche con la imaginación, que se interrumpe con el sueño y se retoma con cada nueva incursión entre las sábanas. La idea inicial era que si la primera estaba dedicada a Dashiell Hammet y la segunda a Raymond Chandler, la tercera tenía que estarlo a Ross Macdonald. Eso ya marcaba un poco el camino a seguir: se trataría de una intriga planteada en el presente, pero que esconde algo ocurrido en el pasado, veinte o treinta años antes. El crimen, además, tenía que estar ligado a la corrupción política, pues así lo apunta el distinguido villano de El crack dos en su diálogo final: nuevos nichos de negocio.

Las alianzas emocionales que uno establece en la adolescencia con ciertos creadores forjan nuestro carácter para toda la vida. Algo intuía yo por adelantado en los ochenta, pero luego pasó mucha agua bajo el puente y al parecer lo olvidé, o atenué admiraciones. Hace dos semanas, sin embargo, viendo de nuevo Asignatura aprobada en Televisión Española, recuperé plenamente la que tuve una vez por José Luis Garci, la que le sigo teniendo, aunque ya con la sobriedad propia de la edad madura. No es solo que en tiempos de la movida yo, a contracorriente, esperara ansioso el estreno de sus películas, sino que luego acababa por incorporar parte de sus diálogos a mi propia conversación, y ahí siguen. Además, lo escuchaba en la radio, en aquella Antena 3 que los días de diario empezaba con el Primero de la mañana y acaba con Polvo de estrellas -todo un alarde de erotismo comunicacional- y los sábados contenía una cita nocturna con José Luis Garci -cuando no lo sustituía el llorado Santiago Amón- a los sones de Luna de miel de Gloria Lasso (“Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche...”). En aquellos tiempos, cuando su Oscar acabó por granjearle el combativo desafecto de cierta progresía militante, yo me batía el cobre en su defensa allá donde se menospreciara el valor de su cinematografía en comparación con esos otros nombres más afines a los nuevos vientos. En Garci reconocí una forma apasionada de amar el cine, el cine clásico y preferentemente americano, que era también mi forma de amarlo pero veintidós años más tarde y adquirida sobre todo en la pequeña pantalla. No todas sus películas a partir de Canción de cuna me han gustado, pero “ser de los de Garci” ha sido durante más de dos tercios de mi vida, a veces de forma consciente y otras no, uno de mis rasgos de identidad.


10 comentarios:

ethan dijo...

Yo también soy adicto al crack y a Garci; y también me gusta más la segunda parte.
¡Ah! Que lo puedo demostrar: hace tiempo quise dedicarle un post al director y elegí precisamente esa película. Si te interesa, aquí tienes el enlace:

http://elblogdeethan.blogspot.com.es/2008/10/el-crack-dos-jos-luis-garci-1983.html

Abrazos.

ethan dijo...

Me acabo de dar cuenta de que ya lo leíste en su día e incluso dejaste un comentario. Perdón por el lapsus. Pero bueno, que insisto: ¡viva Garcí y viva El Crack dos!

Juan Herrezuelo dijo...

ETHAN, me ha encantado recuperar el estupendo texto que hiciste sobre el crack dos, y comprobar que hemos usado la misma imagen... Realmente es impactante ver a Landa en ese trance, sobre todo para quien no conozca la película. Desde luego esa no es la pistola del bandido Fendetestas... La vi, como te dije entonces, en un cine casi vacío. Y me impresionó, me aprendí diálogos completos. Garci hubiera sido perfecto para una adaptación de Los mares del sur, de Vázquez Montalbán. Abrazos.

José Luis Martínez Clares dijo...

A Garci le debemos mucho. Muchísimo. El otro día, en el Loser, ya me hablabas de Garci en estos términos y, naturalmente, tu texto es para enmarcar. Si hoy hay menos aficionados al buen cine, es quizás porque los críticos que escriben de cine en los sitios donde aún se puede escribir sobre cine no lo hacen de esta manera tan tuya. Gracias, Juan.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSE LUIS, yo creo que hay menos aficionados al buen cine porque ha desaparecido de la televisión. Nosotros crecimos viendo como cosa natural películas inmortales, lo que hoy llamamos clásicos y entonces era la película del sábado por la tarde o el gran estreno de cualquier noche. Nuestros hijos solo pueden ver una película de Audrey Hepburn o de Cary Grant o de Billy Wilder si se la ponemos en DVD, y les gusta, y durante un tiempo, unos años, la cosa funciona. Pero poco a poco van prefiriendo lo más moderno. Ojalá la semilla permanezca. Un abrazo.

abril en paris dijo...

¡Cómo me identifico con esa " biografía" tuya en lo que cuentas de Garci, los programas de radio..ese Luna de miel...te confieso que yo estaba un poco enamorada de su voz, de su forma de narrar las cosas, de su pasión por el cine, que es la mía tambien...de Dashiell Hammet de Chandler.
Yo soy madrileña y para mi esa Gran Via llena de cines es parte de mi niñez y adolescencia y todo ese ambiente del que tanto se nutre el Garci que admiramos. Y de aquella tele con ciclos de buen cine...
He oido al mismo Garci en una entrevista de radio que, si consigue sacar adelante el proyecto, va a retomar El Crack ya sin Landa, claro.

Hay gente que "te marca" de por vida. Gente estupenda a la que te gusta leer, oir...con la que te reconoces.

Es tu caso, Juan.

Un beso de " adicta"

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL, gracias miles, amiga. Tengo un recuerdo muy vivo de su programa de radio, que era antes que el de Gomaespuma. Pero en especial recuerdo el que dedicó a Truman Capote con motivo de su muerte o del aniversario de su muerte. Debía de ser pleno verano, porque recuerdo la ventana abierta en medio de la noche para sofocar el calor mientras escuchaba el programa. Me hice de Capote gracias a Garci, pero mucho más importante para mi propia biografía personal: también me convertí en impenitente lector de Scott Fitzgerald por él. Figúrate. Un beso.

Melmoth el errabundo dijo...

Tenemos en común, mi querido amigo, esa afinidad a Garci, y tan denostado siempre en este país por malentendidos que tú y yo sabemos. Garci es mejor escritor que director y se nota en sus películas tan y tan literarias. Él se pasa la vida despotricando el cine europeo en defensa del norteamericano, pero cuando hace cine le sale el otro, el literario, es decir, el europeo. Garci nos ha enseñado a todos lo que es amar el cine en su inolvidable ¡Qué grande es el cine!y en su mastodóntica revista Nickel Odeon, que ahora vuelve a estar en las librerías a un precio exorbitante. Garci es un gran conversador, el contertulio perfecto cuando hoy ya no quedan contertulios cultivados y respetuosos. De Garci tengo todos sus libros, incluso los que hoy no se pueden encontrar como Bibidibadidibu, una colección de relatos de ciencia ficción donde se incluye La Gioconda está triste y Ray Bradbury, humanista del futuro, posiblemente el mejor ensayo sobre este escritor escrito en nuestro país. Morir, Latir, Beber, Querer y Mirar de cine, son magníficos ejemplos de cómo debe escribirse sobre cine. Sus últimas maravillas: Noir y Las 7 maravillas de cine.

Garci ha dejado de hacer cine tras el gran fiasco de Holmes & Watson: Madrid Days, donde todavía me pregunto cómo pudo hacer semejante cosa. Torres Dulce es el responsable del guion. Torres Dulce es un experto de la obra de Conan Doyle y lo demostró en sus brillante prólogos en las ediciones Anaya.

No puedo decir mucho más de lo que ya has dicho aquí tan brillantemente, amigo Juan. El Crack, historia arquetípica del héroe detectivesco Germán Areta, un hombre rudo, astuto y lleno de recursos, ex miembro de la Brigada de Investigación Criminal, a la que abandona al conocer las prácticas de corrupción existentes en ella. A partir de tan sugestivo protagonista, Garci aplica los ingredientes específicos del género; es decir, el ambiente nocturno, contrapunteado con música de fondo; la violencia implícita en el hecho detectivesco; el clima urbano, algunos de cuyos exteriores fueron, en su primera parte, rodadas en Nueva York; y la serie de personajes marginados que gravitan en torno a él. Película de aceptable idealización visual.

Una vez tuve la ocasión de intercambiar algunas palabras con Garci en la Feria del Libro de Madrid, y no pude evitar insinuarle: "Probablemente, más de una vez habrás soñado en color y CinemaScope vestido de Bogart, tratando de seducir a Marilyn en las cataratas del Niágara." Sonreímos allí, ambos, sin historias, pero si con muchas películas vividas.
Extraje mi paquete de Marlboro y le ofrecí un cigarrillo. Fumamos como Bogart y Mitchum.

Un fuerte abrazo.

Juan Herrezuelo dijo...

MELMOTH: Ese Bibidibadidibu es una joya, casi una leyenda. Eres afortunado, amigo. Uno de mis sueños es encontrármelo alguna vez en una librería de lance.En su momento Garci habló de publicar un libro con los relatos breves que leía en Antena 3 Radio (los de Jesús Puente en la maravillosa Asignatura aprobada son un trasunto de aquellos), pero no sé si lo hizo. Qué estupendo que pudieras charlar con él. A mí cortésmente me invitó por carta a un Martini, en cuya preparación, dicen, es un consumado maestro. El domingo pasado, en charla con Cayetana Guillén, dijo que fantasea con un guión para El crack tres, ya sin Landa, evidentemente, que estaría situado en el momento en que Areta abandona la Policía y abre agencia de investigación. Vuelta a los setenta. Pero le da pereza tener que hacerse valer a estas alturas delante de quienes podrían poner dinero. Y sí, coincido en que Holmes es un error, desubicada, sin vida.
Un abrazo.

Raúl dijo...

Llámame Areta.