miércoles, 28 de septiembre de 2011

I'm a Loser, un relato con Beatles al fondo

Ahora bien, para ellos lo realmente importante ocurrió la víspera, cuando tres jóvenes de cuarenta y algunos se convirtieron durante todo un día en tres jóvenes de veintitantos. Aquel fin de semana que no olvidarían en mucho tiempo, tal vez nunca, empezó para el más alto de ellos como dilatado paisaje tras la ventanilla de un tren, se hizo abrazos bajo la marquesina de la estación y luego Granada al sol, y sol y sol y sol, casi un destierro de cantar de gesta en manuelmachadiana pluma, al reencuentro, con tres de los suyos, polvo sudor y hierro, la tertulia pasea, once horas y media de conversación que era también otro paisaje, verbal, largo, itinerante. Nada menos que dieciocho vueltas le tuvo que dar la Tierra al Sol que los abrasaba para que tal cosa pudiera ocurrir de nuevo: el día del sombrero que no fue (no encontraron el adecuado en ningún sitio), del copón de cerveza helada, bendita ella entre todas las cervezas, del cigarrillo recogido del suelo y a esto hemos llegado los que no acabamos de dejarlo del todo se excusó el adicto, de la librería donde curiosear a seis manos títulos propios y ajenos, del “anciano busca piso para compartir” (aquella cuartilla en una farola y los tres allí clavados), de la tetería donde se plantearon otras bitácoras posibles, de esa Gran Vía esquina con Robert Frank que era el campo de operaciones del cazador de imágenes, del agua en cualquier parte, agua fría, en botella grande y a morro, por la calle, un pásamela entre camaradas, de la foto que no resultó del todo nítida, posando los tres no con espada desenvainada sino con bolsa de librería, y el día que se fue acabando como todos los días, la boca tan seca que cualquiera de ellos hubiera podido escupir algodón, como decían en una película de Marilyn Monroe... Y entonces despedida con perrita en aquella calle de barrio obrero donde vivía uno de ellos, y luego coche y noche y autovía para los otros dos, la pericia del viajante trazando suavemente cada curva en la oscuridad, y finalmente el hasta pronto, espero, ante el portal... Al día siguiente Andrés Iniesta metió un gol al borde un ataque de nervios, dónde estabas tú el día que ganamos el Mundial, qué locura, viejo, qué locura infinita, qué cantidad de páginas impresas, qué triunfo unánime nacional eterno, aunque no para ellos tres, cada cual de nuevo en su rutina, no más allá del tercer día de la Victoria, al menos, y lo que realmente recuerda ahora el más alto de ellos, en este instante en que catorce meses después se apoya en la barra de un local imaginario, es lo otro, es la víspera, el reencuentro, lo que no escribirá nadie, o sí, él mismo, por ejemplo, cuando acaben de cantar en riguroso YouTube estos chicos, ¿cómo dices que se llaman? ¿Beatles? ¿Los Beatles? Chissst, que ya empiezan y es con un himno de aquí o casi, tú sabes.... Ok, lo dejo estar, lo dejo estar...



jueves, 22 de septiembre de 2011

La Tertulia de la Calle Suipacha (final): el código Balzac

A manera de colofón, quisiera transcribir aquí un texto que por entonces al menos dos de los miembros de la Tertulia habíamos asumido casi con la determinación de unos juramentados y la lealtad irrenunciable a una causa, pero también con temor, porque encerraba una advertencia que aunque aún no parecía que nos afectase todavía, quedaba un poco en el aire en lo que se refería al futuro. Pertenece a un libro de Honoré de Balzac, aunque nunca supe a cuál ni he conseguido encontrarlo en las muchas pesquisas librescas que he llevado a cabo, y todavía conservo la fotocopia que me fue entregada en su momento. Hace tiempo que quiero compartirlo con otros, y ésta me parece la ocasión propicia. Dice así:

«Esa costumbre de de crear, ese amor infatigable de la maternidad que hace a la madre (esa obra maestra natural que Rafael tan bien comprendiera), tan difícil de conquistar, se pierde con una facilidad prodigiosa. La inspiración es ocasión del genio. Corre no sólo sobre una navaja de afeitar, sino que está en los aires y huye con la desconfianza de los cuervos: no tiene estola por donde el poeta pueda agarrarla; su cabellera es una llama y escapa como esos hermosos flamencos blancos y rosados, desesperación de los cazadores. Así es como el trabajo constituye una lucha fatigosa que a la vez temen y desean las grandes y potentes inteligencias, que suelen fracasar en el curso de sus esfuerzos. Un gran poeta de nuestro tiempo decía hablando de esta labor espantosa: ¡Me pongo a hacerla con desesperación y la abandono con dolor”. »
«¡Que lo sepan los ignorantes!», añade Balzac, y he aquí la advertencia: «Si el artista no se arroja a su obra, como Curcio al abismo y como el soldado a la brecha, sin reflexionar, y si en ese cráter no trabaja como el minero sepultado por la avalancha de tierra; si contempla, en fin, las dificultades, en lugar de vencerlas una a una, siguiendo el ejemplo de esos enamorados de los cuentos de hadas, que para obtener a sus princesas combatían toda clase de filtros y sortilegios, la obra permanece incompleta y perece en el fondo del estudio, donde la producción llega a ser imposible y el artista asiste al suicidio de su talento».

viernes, 16 de septiembre de 2011

La Tertulia de la Calle Suipacha: los juegos



Suipacha 425, Buenos Aires, Argentina, esquina con Almería, España


Desde el principio gustamos de someternos a excitantes desafíos literarios, retos o pactos que tenían mucho de juego de creación pero que sobre todo suponían un pulso con nosotros mismos. Las más de las veces se trataba de que cada cual debía escribir un relato a partir de ciertos elementos comunes. El acuerdo podía incluir un mismo título, “La agonía del crepúsculo”, pongamos por caso; una misma frase inicial, por ejemplo ésta: “Todas las despedidas se ocultan en la noche”; y la obligación de que una determinada escena, digamos una rueda de prensa en una cafetería, jugara un papel destacado en la trama: así exactamente nació el primero de muchos, el que por eso mismo hoy tiene un significado especial. Y surgieron después, en otros juegos similares, túneles imaginarios para acceder a los sótanos de una librería y dar el verdadero golpe del siglo, y venganzas no cumplidas para sorpresa del autor que hubiera debido llevarlas hasta el final, y también sueños deshabitados, que fue otro título común acompañando a la idea de que una carta debía ser detonante de algo (así lo recuerdo, al menos), o personajes que en el texto de uno de nosotros debían entrar en un pub para salir de allí en el de otro.

En marzo del año pasado, el camarada poeta reapareció en nuestras vidas en forma de e-mail (“Ante todo, gracias a San Internet por los dones recibidos, ya que ha hecho posible que mi búsqueda me lleve a buen puerto.”). Muy poco antes, Francisco Ortiz y yo habíamos vuelto a establecer contacto gracias a la presentación en Almería de su novela Última noche en Granada. Casi sin darnos cuenta, todo volvió a empezar, aunque esta vez fundamentalmente a través del teléfono y el correo electrónico –vivimos en tres ciudades distintas-, y apenas tres meses más tarde, en junio, José Luis Campos nos escribió las palabras mágicas: “… Creo que deberíamos intentar repetir algo que ya hicimos una vez, y la música debería ser una persuasiva cómplice en tamaña empresa. Os propongo escribir un relato con esta banda sonora…”.

El nuevo reto o juego: un cuento a cuatro manos (muy pronto empezamos a llamarle quadrofénico) en el que, además de José Luis, Paco y yo, participaría Edgar Campos, a quien vagamente recordaba haber llevado sobre mis hombros hacía muchos años y hoy es una luz nueva en la imperecedera pasión por las letras. La banda sonora propuesta: estas cuatro exquisitas piezas, en las cuales debíamos buscar, según un orden establecido, inspiración:

Primer capítulo, Wide Asleep, de Michael Manring (“para Paco, con la siempre difícil tarea de marcar el camino”).

Segundo capítulo, Atlantique Nord, de Yann Tiersen, para Edgar.

Tercer capítulo Bolerish, de Ryuichi Sakamoto, para el propio José Luis.

Y, por último, “para santificar nuestros pecados”, Aerial Boundaries, de Michael Hedges, para Juan.

Abro aquí la trampilla del pasadizo que conduce al resultado de aquel nuevo y tan reciente aún –aunque cada vez menos- desafío:    “Opus 4”.


Y aquí mismo, dos de los temas...

Atlantique Nord (segundo capítulo)

Aerial Boundaries (cuarto capítulo)


P. D.: Nada me gustaría más que reunirnos todos alguna vez. Quienes vivimos en la misma ciudad nos encontramos de vez en cuando, y es siempre el mismo afecto. Por cierto: hasta donde yo sé, ninguno de nosotros ha estado jamás en la calle Suipacha ni en ninguna otra de Buenos Aires, aunque no es infrecuente que sintamos ascender por la garganta, como sal de frutas, no un conejito pero sí un cuento: "no es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callando..." (Carta a una señorita en París, de J. Cortázar).

miércoles, 14 de septiembre de 2011

VIII Premio Setenil

La semana pasada me comunicaron desde la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura que Pasadizos estaba entre los diez finalistas del VIII Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España 2011. Ésta es la lista completa:


‘Los ojos de los peces’, de Rubén Abella (Menoscuarto)

‘Vidas prometidas’, de Guillermo Busutil (Tropo)

‘Pasadizos’, de Juan Herrezuelo (Instituto de Estudios Almerienses)

‘Tanta pasión para nada’, de Julio Llamazares (Alfaguara)

‘Los pobres desgraciados hijos de perra’, de Carlos Marzal (Tusquets)

‘El heladero de Brooklyn’, de Fernando Molero Campos (Alhulia)

‘Los muertos, los vivos’, de Beatriz Olivenza (Torremozas)

‘Ficcionarium’, de Fernando Palazuelos (Baile del Sol)

‘Distorsiones’, de David Roas (Páginas de Espuma)

‘Cuentos rusos’, de Francesc Serés (Mondadori)


Mi gratitud hacia quienes hayan estimado que Pasadizos merecía estar entre estos diez finalistas.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Tertulia de la Calle Suipacha

José Luis Campos -el camarada poeta-, Francisco Ortiz y
quien esto escribe, Juan Herrezuelo (2011)

Desde que me planteé la posibilidad de reunir en un libro (después titulado Pasadizos) una serie de relatos que parecían condenados a la dispersión, y romper con él un silencio que ya duraba demasiado, decidí que era una oportunidad única para rendirle homenaje a la tertulia literaria de la que formé parte entre finales de los ochenta y mediados de los noventa, es decir, entre mis veinte años y mis  veintisiete, más o menos. Hasta entonces, lo mío con la literatura había sido una pasión casi secreta, una doble vida, el otro lado del espejo, el sueño a través del cual accedes a tu vida real, todo un mundo privado que llevaba construyendo desde muy niño, y en el que de pronto tuvo cabida el paisaje de un mundo similar, una pasión casi idéntica por las mismas cosas y muchos principios de los que carecía y que me ayudaron a poner orden en todo aquello y a convertir una pasión en una vocación. Yo era ya un lector compulsivo desde los nueve años; algo de eso he escrito por aquí y no quisiera repetirme. De aquellas lecturas nacieron tentativas de relatos llenos de misterio, que yo comenzaba a escribir con una letra concienzuda y no pasaban de un primer capítulo o unas primeras páginas. Como leía también obras de teatro, esas tentativas de escritura habían dado igualmente algún que otro Acto primero. Y a los veinte años descubrí, más o menos al mismo tiempo, a Francis Scott Fitzgerald y a Julio Cortázar, y quedé deslumbrado por ambos. Son los dos autores a los que más extensa y apasionadamente he leído desde entonces, pero no estoy seguro de que su influencia sobre mí hubiese sido la misma si por esas mismas fechas no se hubieran cruzado en mi camino aquellos dos tipos con los que acabaría fundando una tertulia, si yo no hubiera podido comentar con ellos las lecturas que iba haciendo, enriquecerlas con sus propias lecturas.

Una foto para el recuerdo: de izquierda a derecha, Miguel Ángel Muñoz, José Luis Campos, Francisco Ortiz y Juan Herrezuelo (enero 1990). En el reverso está escrito: Generación Superviviente (?)

En muy poco tiempo se tejió entre nosotros tres, Paco, José Luis y yo, cada cual con sus propias inquietudes, una red de complicidades basada fundamentalmente en la literatura, el cine y la música, aunque no sólo en eso. Por cierto, que por entonces seguíamos muy atentamente a una nueva generación de jóvenes narradores, Julio Llamazares, Muñoz Molina, Martínez de Pisón, Jesús Ferrero, García Sánchez, Justo Navarro... Eran los que más inmediatamente nos precedían, y la mayoría de ellos llegaba de provincias, lo que nos daba más aliento. 
El primer relato de Cortázar que me había sacudido fuerte se titulaba “Carta a una señorita en París”, aquél que comienza con un, para mí, memorable “Andrée yo no quería venir a vivir a su departamento de la calle Suipacha, no tanto por los conejitos sino porque me duele ingresar en un orden cerrado”, y cuando el trío se convirtió de forma natural e impremeditada en una tertulia literaria con cita fija, se decidió darle a aquello el nombre de "Tertulia de la Calle Suipacha" y abrirlo a más participantes. Bien, nunca más he sentido tan real eso de crecer por dentro. Aquellos sábados por la tarde se fue tallando minuciosamente el escritor que acabé siendo, con cada autor que fuimos descubriéndonos los unos a los otros, con cada relato que nos planteábamos como un reto común.

Juan Uceda (1957-2001), inolvidable amigo
y autor de "El Caníbal y otros cuentos"
Aquella tertulia, como he dicho, creció en participantes y luego se redujo de nuevo; pasó a ser durante seis meses un programa de radio llamado Estación Suipacha; a uno de los fundadores se lo llevó lejos una historia de amor, el teatro de operaciones cambió varias veces de emplazamiento, se filtraron nuevas pasiones, como la fotografía o la música clásica; nos enfrentamos a la experiencia de la muerte, ya tiempo después, cuando uno de los nuestros, Juan Uceda, perdió de un día para otro la dura batalla que libraba desde hacía años con la enfermedad. Ya para entonces, esa escuela de aprendizaje que había sido la tertulia, esa especie de monasterio saholín de mutuas enseñanzas, quedó abierta por los cuatro costados, sus discípulos nos echamos al camino de la vida real y yo volví a ser de nuevo, hasta hace bien poco, el hombre solitario con su solitaria pasión por la literatura.

La existencia de Pasadizos, e incluso la de este mismo blog, es -fue desde el principio- mi forma de transmitirles mi recuerdo, mi afecto y mi gratitud a todos ellos: a José Luis Campos, a Francisco Ortiz, a Miguel Ángel Muñoz, a Antonia Moreno Cañete, a Juan Uceda, a Carlos Espinar, a Ana Fernández Hagen, a Isabel María Díaz Díaz, a Jacinto Castillo… (Sin olvidar a Juanma Cidrón, que no perteneció a la Tertulia pero acogió nuestra Estación dentro de ese maravilloso invento radiofónico llamado La Escalera Mecánica).
Scott Fitzgerald escribió que “un escritor puede andar dando vueltas alrededor de sus aventuras después de los treinta, después de los cuarenta, después de los cincuenta años, pero los criterios según los que se sopesan y valoran tales aventuras quedan irremediablemente fijados a la edad de veinticinco años”. Así fue también para mí, y mis veinticinco años tienen mucho que ver con aquella experiencia, aunque también con otras menos literarias y un poco más disolutas. Pero eso es ya una historia.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Loser: sus habituales (3)




Dos hombres acodados en la barra del Loser guardan silencio el uno junto al otro. Llevan así un buen rato. De pronto uno de ellos habla como para sí mismo:

- ¿Sabes por qué puedo pasar tanto tiempo mirando un vaso, este vaso?

- ¿Para no regresar a casa todavía?

- Porque mucho tiempo siempre será, a mi edad, sólo un instante. Por eso. -Y echa un trago-. Este sábado tocó visita a una vieja tía en su gran casona de pueblo, muy grande para tan poquito cuerpo ya, y tan cansado. Llevamos a los críos, siete y seis años, tú sabes, y al poco de llegar se me derretían de aburrimiento, iban y venían de una silla a otra, se ponían mohínos, y cuando les pedí que se estuvieran quietos el mayor me soltó, un poco con los labios fruncidos, teatrero que me ha salido: “Es que los mayores no entendéis que para nosotros un minuto aquí son cuarenta horas…”. Demonio de crío… Da qué pensar, ¿no? Un minuto, cuarenta horas… Así era. Mira, tengo la sensación  de haber vivido mucho. No vivir mucho en el sentido de haber viajado, de haber conquistado y perdido y arriesgado y haber vuelto a viajar... no. De haber vivido mucho tiempo, y de que todo pasa cada vez más rápido. Tengo recuerdos que se remontan a un pasado increíblemente lejano, reuniones familiares en las que los mayores de entonces eran más jóvenes de lo que yo soy ahora, que lo sé ancianos; estrenos de películas que ya son casi clásicos, canciones hoy viejísimas que se escuchaban en mi infancia por primera vez, actores que iniciaban su carrera y ahora son vetustas glorias de Hollywood. Y lo que más me aturde es que, si no media enfermedad ni accidente, podría doblar la edad que tengo ahora, llegar ¡a los ochenta y seis! Pero cómo, con qué objetivo ya. Cómo voy a vivir otro tanto, ¿eh? Dime. Pero si tengo la vida gastada ya... Y si me apuras, cómo voy a asumir la identidad de un rostro que me será cada vez más desconocido, más extraño… Ah, el tiempo. Quisiera pararlo. ¿Tú no? Yo creo que de ahí le viene al hombre el anhelo de volar. No para ver las cosas del mundo en pequeñito, sino para despegarse de su rotación y detener el tiempo. Buscar un sitio bien alto, dejarse caer, abrir las alas y detener el tiempo. ¿No te parece? Como soltarse de las manecillas de un reloj enorme. Abrir las alas, planear, suspender el paso del tiempo… O no abrirlas y suspenderlo también…

- Bueno, bueno. Pero, ¿tú le has hablado de estas cosas al tío de la Oficina de Empleo? Porque a lo mejor de lo tuyo no, pero de animador de fiestas o de filósofo te encuentran algo.

-Bah, ríete si quieres. Oye, amigo –dice, llamando al barman- ¿Tú desde dónde te lanzarías al vacío?

- Bueno, yo no entiendo de eso –responde el barman, cruzado de brazos-, pero le contaré algo que escuché en una película, no recuerdo cuál. Hablaban de un tipo que tenía muchos problemas, infinidad de ellos, de modo que se fue al Golden Gate, el puente de San Francisco, ya saben, llegó al medio, y eso es mucho, y se tiró desde allá arriba; y, bueno, a medida que caía se iba dando cuenta de que todos sus problemas tenían solución, todos menos el de haberse tirado de aquel puente.

- Brindo por eso – dice el otro, sonriendo y con el vaso en alto.



Fotografía: JFH

miércoles, 24 de agosto de 2011

Vita Flumen

Hace un par de meses, mi buen amigo el camarada poeta me envío una entrevista realizada a José Luis Sampedro que bien podría ser entendida como un manual de lucidez para tiempos de barbarie y de cambio. Entre sus afirmaciones hay una, ésta personal, que me conmovió profundamente, y que no he parado de repetir desde entonces cada vez que ha habido ocasión: preguntado por el miedo a la muerte, Sampedro, de 94 años, responde: “Mi ambición es morir como un río. Ya noto la sal”. No podía ser recreado de mejor y más conmovedora manera ese tópico literario del Vita Flumen, de la vida como un río que fluye, que avanza inexorablemente hacia su desembocadura, que conoce la lentitud de los llanos y la rapidez de las pendientes, que se ensancha o se estrecha, que es mansa o tumultuosa según los accidentes de su recorrido, que fertiliza las riberas a su paso y pulimenta los cantos, que es navegable en algunos tramos y en otros deja al descubierto su lecho, y que finalmente se funde con el mar. Cómo no pensar en Jorge Manrique y en el que acaso sea el mejor poema de la lírica española. (Cómo no pensar también, ahora que escribo, en Riografía, de Miguel Cobo).

Este verano he seguido el curso de varias vidas de ficción en libros que a veces recogen un trecho de ellas, a veces casi todo su discurrir y en no pocas ocasiones su mismo ir a dar a la mar. Frente al monumento que recuerda a Manrique en Paredes de Nava (Palencia), el pueblo donde nació allá por el 1440, cedí a la tentación de poner a los pies de bronce del poeta uno de esos libros que me han acompañado estas semanas, Elefantiasis, de Raúl Ariza, cincuenta relatos que son bastantes más fragmentos de vidas inventadas, textos que son un prodigio de contención y que en su voluntad de jugar con quien los lee sugieren una corriente circular que conduce a una segunda lectura, y a una tercera, y que, en definitiva, convierten el libro en un pequeño atlas físico y narrativo donde cada una de esas vidas en cuyas aguas solitarias y desengañadas hundimos la atención forman, recordadas en su conjunto, un entramado fluvial que es imagen especular de nuestro tiempo (de barbarie, de cambio).

Elefantiasis, Jorge Marique y, en tercer término, la iglesia de Santa Eulalia, en Paredes de Nava (Palencia), donde se conserva la pila en que fueron bautizados Manrique y Pedro y Alonso Berruguete (Foto: JFH


A principios de agosto, me acerqué a las vidas también solitarias y no menos desengañadas recogidas en Acceso no autorizado, de Belén Gopegui, aunque confieso que al principio sin más voluntad que la de dejarme llevar por su corriente como hoja de álamo. Admiré durante varios años a la autora de La escala de los mapas, que tanto me cautivó (es el único libro al que le he organizado una fiesta privada), y sobre todo de esa novela tan bella y tan insólita titulada La conquista del aire (insólita por lo insólitamente afirmada que está en la realidad presente, cuando mucho en nuestras letras es hoy bisutería y evasión). Pero a partir de su cuarta novela tuve que utilizar ya, ante mí mismo, todo tipo de escusas para justificar el haber invertido mi tiempo en su lectura, y con El padre de Blancanieves le dije adiós, yo creía que para siempre. Ahora Acceso autorizado me ha reconciliado con ella, no porque no sea puro Gopegui, sino porque lo es en el mejor y más audaz de los sentidos, en una historia que uno quisiera tomar por una mezcla de ciencia-ficción y política-ficción, pero en la que la ficción es apenas un barniz: no será mañana cuando nuestros ordenadores puedan ser visitados por extraños sin que lo sepamos, sino hoy, en este preciso momento, ni tampoco cuando “la amenaza criminal y el poder instituido” coincidan, sino ayer, hoy y siempre. “La democracia”, dice un intermediario –que a sí mismo se llama apoderado- “no es más que el recambio entre los vendedores, según quién estuviera en el gobierno serían unos y no otros quienes podrían ofertar sus ruinas para obtener a cambio millones de euros del común” o para adquirir “a precio de saldo inmuebles e infraestructuras puestas en pie por la comunidad”. Un texto demoledor, en muchos aspectos, que en su escena última incurre en cierta ingenuidad política (al suponer que tal declaración pública pudiera hacerse alguna vez en nuestro país), a menos que en ella encuentre razón de ser la apelación a la fábula que se hace en la contraportada. Por lo demás, la metáfora del fluir temporal se tecnifica, como corresponde al tiempo que nos ha tocado vivir, y puede, además, remontarse: “… no todo se acaba, quizá el tiempo es un pasillo mecánico que avanza siendo, sin embargo, posible desplazarse por él en dirección contraria hasta llegar a la emoción que fuimos” (pg. 232).

Pero este verano permanecerá en mi memoria como aquél en que al fin me embarqué en la caudalosa y excitante lectura de Madame Bovary. Que haya tardado tanto en acudir a sus páginas y al curso de las turbulentas vidas que por en ellas discurren se debe sobre todo a mi ilusoria esperanza de poder leerlas algún día en su idioma original, sabiendo desde siempre que la novela fue escrita con una enfermiza meticulosidad, que Gustave Flaubert salía al jardín para declamar a voz en grito cada párrafo y tratar así de cazar al vuelo cacofonías y disonancias en su prosa, que cualquier traducción, por buena que ésta fuera, no me trasmitiría más que un pálido reflejo de su precisión expresiva. Pero lo cierto es que nada he hecho en este tiempo para aprender francés y nada, tampoco, parece indicar que vaya a aprenderlo de manera milagrosa en lo venidero. De modo que en julio me vi arrastrado por la intensidad de sus corrientes, me adentré en el torrente de sus almas, me identifiqué con Emma de manera absoluta y de manera absoluta me enamoré de ella en una suerte de narcisismo literario. Apenas supe que el pomposo Homais acababa de recibir la mención de honor (última frase de la novela), y tras haber sido ya demolido por la dolorosa impetuosidad de la muerte de tan memorable mujer, leí también La orgía perpetua, el magnífico y revelador ensayo de Mario Vargas Llosa, y las sensaciones que había experimentado con la lectura de la novela se incrementaron con el estudio de la carpintería que la sostiene: todo en su elaborada escritura apunta a la perfección: el sutil sistema de planos temporales, la duplicidad como rasgo compositivo, las “diferentes máscaras del narrador”, la manera en que Flaubert canalizó hacia su ficción afluentes reales (“hizo de la vida una proveeduría literaria”, dice Vargas Llosa).
No me extenderé. Baste decir que me he sentido desbordado en este tardío encuentro con Emma Bovary, y ante la pervivencia de una obra tan monumental uno no puede evitar puntualizar que, en estricto sentido, son las aguas las que van a dar a la mar: el río permanece, para regocijo y asombro de generaciones futuras.


El río Carrión a su paso por Palencia. Aún ha de convertirse en Pisuerga y éste en Duero, y luego recorrer como tal cientos de kilómetros, antes de empezar a sentir la sal del Atlántico (Fotos: JFH)

viernes, 19 de agosto de 2011

Los mejores veranos de nuestra vida


Gozoso el momento en que una vieja fotografía cuya existencia ignorabas te devuelve intacto el recuerdo de los mejores años de tu vida: tú eres esa cabecita que perfectamente disimulada entre los vasos de la mesa plegable parece salida de la nada, siempre esquivo, huidizo. Cerca, el termo de café, uno de los artefactos con mayor capacidad evocativa de cuantos existen relacionados con aquellas jornadas, el termo con sus tapas sucesivas de muñeca rusa -al menos una era una taza- hasta llegar al tapón de rosca, que nos abría a su interior de espejo y café humeante. Tu madre está de pie, sostiene un cigarrillo sin ser fumadora y tiene diez años menos de los que tú tienes ahora. Tu hermana está encaramada gatunamente en el maletero del coche y sonríe. Tu padre es la persona que acaba de decir "mirad aquí todos un momentito" y ha obrado el prodigio de hacer eterno un brevísimo presente de hace más de treinta y cinco años: tu padre está en los ojos de quienes se volvieron hacia el objetivo. El resto de personajes son tus tíos y tus tres primos. Gijón, verano del setenta y cuatro.

***

«A medida que uno va cumpliendo años, los veranos se vuelven más rutinarios, más parecidos al anterior, o ésa es al menos la sensación que se tiene. Fingimos que no es así, pero la simulación ante nosotros mismos es un hábito que se acrecienta también con la edad. Así las cosas, el verano de mi vida, suma de tres o cuatro veranos consecutivos, es una región más del  paraíso perdido de mi infancia.

No hay casi nada que no posea una imborrable capacidad de deslumbramiento para un niño. Aquel largo verano que yo volvía a retomar después de meses de frío y escuela tenía varios escenarios: Burgos, la orilla de un río y el inicio de un bosque, un severo pueblo castellano donde tuvieron cuna los Berruguete y Jorge Manrique y donde está el manantial de mi sangre, Gijón. Cualquiera de ellos merecería ser recogido aquí, pero el recuerdo de Asturias contiene la noción de viaje, viaje que entonces, desde Palencia y a los siete u ocho años, parecía que te trasladara a un mundo por completo distante y ajeno al tuyo; contiene sus propios olores, incluso su propio lenguaje y una entonación en el hablar que aún conserva la virtud de despertarme de este extraño sueño que es el haberme hecho adulto.

El oído, ya se sabe, guarda la llave de todos los pasadizos de la memoria. Si de recordar se trata, el gusto es demasiado refinado para no ser engañoso, el tacto evocativo es privilegio de invidentes, la vista modifica las perspectivas a medida que se va ganando altura, el olfato es fugaz y por tanto impreciso por sí solo. En aquellos veranos de ilimitados praos, anchurosas y doradísimas playas, senderos abiertos entre helechos, avellanos, manzanales, hórreos y muy tranquilas vaques, Camilo Sesto cantaba "fresas salvajes con cuerpo de mujer", Fórmula V "Eva María se fue" y Manolo Escobar el "si vas pa la mar, pa la mar, si vas pa la mar". Todas me devuelven hoy a aquel tiempo de manera inmediata y casi física, pero ninguna como esta última. Era, además, y según me cuentan, la favorita de mi tío Agustín, el único de entonces que hoy nos falta. Y yo, que estaba tan pero tan lejos de imaginar siquiera que algún día llegaría a vivir en aquella ciudad cuya patrona "no quiso venir en barca", asimilé para siempre esa letra y esa melodía, que a mí se me antojaban algo melancólicas, al paisaje de Gijón y a los momentos que pasamos en las playas de Perlora y Rodiles, a las pantagruélicas comidas en una ladera desde la que se dominaba el espectáculo del mar abierto y de las olas reventando tumultuosas desde muy lejos de una orilla salpicada de bañistas, al aroma del césped, de los bígaros y las lapas cociéndose en un cazo y ese otro olor característico de las playas de aquella época: aún no se hablaba de cremas con factor de protección y las pieles se untaban con bronceadores que atraían los rayos del sol y que hoy sólo se dispensarían en establecimientos dedicados a artículos para suicidas; aquellos bronceadores conseguían que la brisa trajera antes el olor a zanahoria que a salitre.

Muchos años después, cuando tantas cosas habían ya cambiado, el maestro Manuel del Águila nos confesó en su casa a otras personas y a mí que aún seguía recibiendo, de tarde en tarde, una pequeña y aparentemente imperecedera cantidad de dinero en concepto de derechos de autor gracias a aquella canción que escribió para Manolo Escobar, o que escribió sin más y luego cantó Manolo Escobar, no recuerdo. El caso es que en aquel mismo instante la infancia se me amontonó de golpe ("poorque tiene un quita quita, quitá que vie-ene tu madre, quitá que viene tu madre con una va-ara de almendro...", entoné para mí), y con el estómago encogido por la sorpresa me pregunté absurdamente cómo un almeriense habría podido componer una canción tan asturiana. Esa misma noche le escribí a mi hermana para contárselo, para llevarle al rincón del mundo en que estuviera entonces la misma nostalgia que yo sentía.

Hoy  tengo, aproximadamente, la edad que tenían mis padres y mis tíos entonces, y no soy capaz de explicarme cómo ha sucedido tan rápidamente. Es otra consecuencia de ir cumpliendo años.»

Publicado en La Voz de Almería el 5 de agosto de 2002


Gijón, agosto de 2011 (foto JFH)