miércoles, 24 de septiembre de 2014

Aquella verdad incómoda y no escuchada

La película El día de mañana (The Day After Tomorrow, 2004) hizo que la atención del común de los mortales se dirigiera hacia a los científicos que llevaban años alertando sobre el cambio climático sin que a nadie le hubiese importado hasta entonces, y los científicos pudieron, al fin, explicarse: puesto que la película del habitualmente absurdo Roland Emmerich planteaba un nuevo tipo de catástrofe (la mitad de la Tierra se sume en una repentina glaciación a causa del debilitamiento de las corrientes del Oceáno Atlántico), la gente quería saber si eso que allí se contaba podía realmente pasar o era todo pura ciencia ficción. La respuesta –por ejemplo de Miguel Delibes de Castro, entre otros- fue que la superproducción hollywoodiense carecía de aspiraciones científicas, pero reproducía una situación real: los científicos advertían del peligro del calentamiento global y los responsables políticos hacían oídos sordos; los desastrosos efectos de una gran alteración climática que la película comprimía en unas pocas semanas podrían llegar a ocurrir, dijeron, en un periodo de tiempo mucho más largo pero asombrosamente corto en términos geológicos.

Cuando vi Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth, 2006), la película documental de Al Gore, yo ya tenía una nutrida carpeta de recortes de prensa con noticias sobre calamidades  naturales ocurridas por todo el planeta -huracanes, inundaciones, sequías dantescas, tornados-, y su relación con los informes periódicos del Panel Intergubernamental sobre el Cabio Climático-IPCC; había leído, además, el hermoso libro de los Delibes, padre e hijo, La tierra herida (2005), y el de Tim Flannery, La amenaza del cambio climático (2006), en el que estaban explicadas muchas de las cosas que luego puede ver en la película de Gore. Sabía, pues, que todo aquello que nos mostraba quien pudo ser presidente de los Estados Unidos tenía, en efecto, una incontrovertible base científica. Recuerdo bien aquel primer impacto que me produjo tan inconveniente verdad, la que los políticos se negaban a aceptar porque de admitirla “no podrían evitar la obligación moral de realizar cambios importantes”. Recuerdo la duración del estremecimiento, del miedo. A Al Gore, un hombre honesto, realmente comprometido con el medio ambiente, le ganó la presidencia un ex alcohólico vinculado con la industria petrolífera, no en las urnas, sino en el Tribunal Supremo y después de unas elecciones con olor a golpe de estado, y un año después el nuevo presidente urdió una mentira alrededor de una escusa para atacar e invadir un país productor de petróleo: la historia de la humanidad está tejida con conjuras y tragedias así. Pues bien, aquella primera vez que vi Una verdad incómoda me dije que era la película más importante que se había hecho nunca, y aún lo pienso. Sigo viéndola una vez al año.

Sólo en una cosa no estaba de acuerdo con Gore: tal y como explicaba la situación, pensar que todavía era posible frenar el cambio climático parecía una quimera. Poco después, James Lovelock dijo lo mismo en La venganza de Gaia (2007). Lovelock formuló en los años sesenta la llamada hipótesis Gaia: que la Tierra es un sistema vivo autorregulado, en cierta forma un solo gran organismo formado por todos los seres vivos que lo habitan, teoría que se recibió con escándalo y hoy está ampliamente reconocida: la biosfera, en efecto, tiene un efecto regulador sobre el medio ambiente de la Tierra, que interviene para conservar la vida. Ahora, con 87 años, Lovelock afirmaba que ya era tarde para corregir los efectos del cambio climático, que el tiempo del “desarrollo sostenible” había pasado y estábamos ya en el de “la retirada sostenible”, que no se acercaba el fin del mundo ni de la humanidad, sino el de la civilización humana, que aun tomando medidas inmediatas la población se reducirá a un 10% o un 20% antes de que acabe este siglo, y proponía la necesidad de crear un gran manual de filosofía y ciencia para los supervivientes, editado no en soporte digital, obviamente, sino “en papel duradero, con una buena impresión y encuadernación”. Para cualquier otra cosa, ya es demasiado tarde. En relación con los combustibles fósiles somos, escribe Lovelock, “como el fumador que disfruta de su cigarrillo e imagina que ya dejará de fumar cuando los daños sean tangibles”.

Los mandatarios reunidos en Nueva York para una nueva cumbre sobre el clima –que ha pasado casi desapercibida- siguen creyendo que hay tiempo, y los mensajes son más o menos los mismos que hace diez años, cuando se decía que de no tomarse medidas inmediatas se llegaría a un punto de no retorno. Y dos imágenes me vienen a la cabeza: la de esas pantallas ubicadas en las plazas de Pekín para retransmitir en directo el amanecer, pues la densa contaminación que cubre la ciudad impide verlo, y la de ese séptimo continente hecho de basura que se desplaza por el océano Pacífico. Más allá de los gestos ampulosos en las grandes tribunas internacionales, la realidad es que somos demasiados dañinos y que el huésped probablemente se vaya a sacudir las pulgas.

Al Gore. Una verdad incómoda

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Ávila de Teresa

El verano comienza con una fiesta fin de curso en el colegio de tu hija y se hace definitivamente pasado apenas se reanudan las clases. Como para confirmarte que entre medias hubo vida, por más que se antoje a estas alturas imposible de tan fugitiva, de tan repentinamente remota, tomas la guía de Ávila que adquiriste a finales de junio. El libro fue en principio una excitante promesa de lugares por descubrir, y entre sus páginas están ahora guardadas las entradas que os facilitaron el acceso a la Catedral, al Monasterio de la Encarnación, a la Basílica de San Vicente, al Monasterio de San José, al Museo de Santa Teresa, a la muralla misma.

Me habían dicho que Ávila era hermosa pero algo aburrida. ¿Aburrida? No sé qué esperan otras personas de las ciudades que visitan, yo las juzgo por el asombro que me provocan, y Ávila fue para mí dos días de boca abierta, de fascinación casi infantil, de andar mirando absorto a un lado y a otro sin dejar de encontrar a cada paso tesoros de tiempo detenido, una infinidad de detalles en piedra que hacen de Ávila una ciudad de cuento medieval, dormida por fuera y palpitante de historia por dentro, abrazada a sí misma, dejándose invadir pacíficamente a través de sus nueve puertas, cada una de ellas diferente –dos parecidas entre sí, la del Alcázar y la de San Vicente-, cada una con su personalidad y su leyenda. Entre las páginas del libro está también, algo estropeado en sus dobleces, el plano con el que la recorrí por dentro y por fuera, por la mañana, por la tarde y por la noche. Conservo los planos de las ciudades que visito, porque mientras me guiaron por sus calles fueron para mí una especie de mapa del tesoro, y ahora ese tesoro por desenterrar es el recuerdo. El de Ávila tiene escrito a bolígrafo las indicaciones que yo mismo establecí para hacer, de todos los recorridos posibles, el que elegimos: la Ávila de Santa Teresa.

La mágica capital abulense está instalada ya en la celebración, el año que viene, del quinto centenario del nacimiento de quien es patrona de los escritores en lengua española (dato que no conocía hasta leer la guía, por cierto). Habrá, sin duda, varias maneras de abordar el acontecimiento, tantas como mujeres fue Teresa de Cepeda y Ahumada en una sola: unos conmemorarán los quinientos años de la religiosa, de la santa, de la mística, de la reformadora carmelita, de la fundadora de conventos: la Teresa de Jesús envuelta en sus hábitos; para otros será ocasión de recordar a la insigne escritora que, queriendo dar testimonio de espiritualidad a las monjas de su orden religiosa, nos dejó también una personalísima y muy potente voz literaria, deliberadamente espontánea, improvisada, llana, sin afectación, próxima a cierta clase de rusticidad idiomática, de estilo ermitaño, se ha llegado a decir, pero en cuya expresión, no obstante, trataba de buscar la precisión lingüística: es la Teresa de la pluma y el libro en las manos; otros verán, antes que a la monja adulta, a la niña que fue, la que devoraba libros de caballerías, quijotesco hábito que tomó, ochenta años antes que el ingenioso hidalgo cervantino, de su madre, y en el cual gastaba muchas horas del día y de la noche (“Era tan extremo lo que en esto me embevía, que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento”, escribió en el libro de Su vida); de la biblioteca de su padre, romanceros y vidas de santos: es esa Teresa “avidísima de lectura y de inquietud intelectual insaciable” que describió Víctor García de la Concha, y en quien reconozco mi propia inclinación desmedida por los libros. Habrá también (lo hay ya y lo hubo a lo largo del siglo XX) quienes celebren a la mujer pre-feminista, defensora activa de “los valores de la femineidad”, de la “liberación espiritual de la mujer” (García de la Concha), esa “patrona del feminismo”, como la llamó el pasado mes de  junio el premio Cervantes José Jiménez Lozano, esa mujer genial, como afirmó Kate O’Obrien, una escritora irlandesa embrujada por Castilla en general y por Ávila en particular, autora en 1951 de una apasionada biografía de Teresa de Jesús que este año, al fin, ha visto la luz en español (Teresa de Ávila, editorial Vaso Roto).


Ávila desde Los Cuatro Postes


Muralla atemporal; al fondo, la espadaña que señala la Puerta del Carmen.

Desde el adarve de la muralla se divisa de otro modo la Catedral, la primera gótica de España y la que está a mayor altitud, templo-fortaleza entestado en la propia muralla 

Basílica de San Vicente, desde el adarve de la muralla: impresionante templo románico edificado, según la tradición, sobre la tumba de los hermanos mártires Vicente, Sabina y Cristeta, cuyo prodigioso cenotafio de piedra policromada deja atónitos a los visitantes.

Entre las almenas se divisa el Monasterio de la Encarnación, extramuros y con la torre mudéjar de la iglesia de San Martín en primer término. En él ingresó Teresa de Ávila en 1533, y de él salió en 1962 para fundar sus conventos de descalzas, y tras sus muros habría experimentado, según se dice, las místicas visiones y los episodios de levitación.


La muralla desde el Monasterio de la Encarnación, con espalda y frontal de la estatua de la Santa.


Ávila nocturna: muralla desde la Puerta del Mariscal.


Puerta del Alcázar, noche eterna frente a la plaza de Santa Teresa. 


Fotos: JFH

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Una inmejorable cosecha otoñal de libros

Hace muchos años que dejé de estar pendiente de las novedades literarias, como de los estrenos cinematográficos. Es inevitable enterarse de lo que va saliendo, claro, pero siento que no es por mí por quien siguen editando nuevos libros ni rodando más películas. Como consumidor de cultura soy definitivamente un outsider. A mi juicio, la literatura y el cine no atraviesan por un periodo de decadencia: lo harían si el lector y el espectador exigentes pudieran advertir que hay realmente otra orilla, aunque sólo fuera una remota línea de esperanza en el horizonte. Pero no la hay –ni orilla ni esperanza-; hay, quizá, un fondo, pero espero no estar ahí para ver cuándo lo tocan. La literatura y el cine, tal y como yo los entiendo, están en un proceso de descomposición; si se quiere, en un proceso de transformación en otra cosa, lo acepto, pero esa cosa no será ya ni literatura ni cine. Afortunadamente, varios siglos de poesía, narrativa, teatro y ensayo nos han dejado una reserva casi infinita de grandes obras maestras por leer. En cuanto al cine, bueno, seguiremos dándole vueltas y vueltas a las mismas películas que siempre logran emocionarnos.

Digo esto porque, inesperadamente, y como para contradecir todo lo anterior, me encuentro con el anuncio de que este otoño todos o casi todos los escritores por los que aún siento respeto van a publicar nuevos libros. Abrumadora coincidencia que a alguien tan desengañado como quien esto escribe no deja de causarle sorpresa y, sí, lo confieso, un verdadero entusiasmo. En términos agrícolas, podríamos decir que será una excelente cosecha.

Vayamos por partes: a la ya anunciada novela póstuma de Ana María Matute, Demonios familiares, se suman novelas del maestro Juan Marsé, Noticias felices en aviones de papel, y de Javier Marías, Así empieza lo malo. Además, dos escritores a quienes tengo una enorme admiración desde sus primeras novelas, esa clase de escritores que forman parte importante de tu vida y con los que uno ha ido haciéndose mayor libro a libro, coincidirán también en las librerías: Belén Gopegui, con El comité de la noche, y Luis Landero, con El balcón en invierno. Creo de justicia mencionar también la primera novela de Miguel Sanfeliu, Parece que cicatriza, a publicar por Talentura. Y esto es sólo el comienzo.

Hay un libro que entrará directamente en la historia de la Literatura (lo está ya desde hace años, y sin haber visto la luz, en su forma mítica): Palais de Justice, la breve novela autobiográfica escrita por José Ángel Valente, donde la sombra de Kafka se extiende, dicen, sobre el traumático proceso de divorcio que puso fin al primer matrimonio del poeta. Valente (1929-2000) es, tanto en su vertiente poética como en su vertiente ensayística, uno de los más grandes escritores de la pasada centuria, y esta rara obra de ficción narrativa –se acercó muy pocas veces al género-, que ha permanecido inédita, según su deseo, hasta después del fallecimiento de su primera mujer, está llamada a convertirse en uno de los hitos literarios más importantes de lo que llevamos del XXI. (Leer aquí un enriquecedor reportaje sobre la obra).


Pero con ser todo esto tan relevante, si escribo sobre ello es porque he sabido que también Antonio Muñoz Molina publicará –al fin- una nueva novela, cuyo título es Como la sombra que se va. Que se anuncie para tan tarde como el 25 de noviembre me colma de ansiedad: siempre ha sido así, desde que en 1988 leí El invierno en Lisboa: es anunciarse una nueva novela suya y no vivir ya. Puede que suene un poco exagerado, incluso un punto ridículo, si se quiere, pero las cosas (y las debilidades humanas) son como son. Así de principio, su novela, centrada en el tipo que asesinó a Martin Luther King (de nombre James Earl Ray), cuya historia ha sido reconstruida por Muñoz Molina a partir de los archivos del FBI, me trae a la cabeza la magnífica Libra, de Don DeLillo, donde el autor neoyorkino hacía lo propio con Lee Harvey Oswald. Veremos.

Ahora permítaseme confesar al final de estas líneas que, no obstante, el libro que más deseosa y felizmente espero es una colección de relatos titulada La derrota de nunca acabar, de la que es autor Miguel Naveros, y que publicará la editorial Bartleby. Se trata de la primera incursión de Naveros en el terreno del cuento breve (ha cultivado la poesía y la novela, además del género periodístico en toda su amplitud), y apuesto el resto a que éste será uno de los libros de relatos más destacados del año. Juego con ventaja: no lo digo por intuición, sino con conocimiento de causa. 

Miguel Naveros. Foto: JFH

jueves, 4 de septiembre de 2014

Otis «Bad» Blake, un corazón loco


El último ilustre perdedor en llegar a este Hall of Loss, este modesto Salón de la Derrota que ha ido creciendo en las paredes del Loser, es «Bad» Blake (Crazy Heart, 2009), una leyenda del country, el que fue y sigue siendo, a pesar de todo, el «Domador del Amor», 57 años y una voz áspera, de cuero sin pulir, voz de garganta curtida en humo de cigarrillos, turbia de ceniza y vapores etílicos; con cuatro matrimonios a la espalda y un hijo del que nada sabe desde hace veinticuatro años y un puñado de discos que alguna vez fueron un éxito. «Bad» anda metido en una gira en solitario por seis estados, un mes, quinientos kilómetros entre un pueblo de mala muerte y otro pueblo de mala muerte al volante de Bessie, la fiel Chevy Suburban del 78, sentado sobre el hormiguero volcánico de sus almorranas y con una botija de plástico a mano para mear: Arizona, Nuevo México, Texas, carreteras poco transitadas, grandes paisajes, el aire entrando fresco y alborotador por la ventanilla de la camioneta, lo más parecido a un hogar que tiene ahora, un hogar en constante movimiento, cargado de discos y partituras, y un par de guitarras, y un amplificador Fender Tremolux, y algo de ropa más o menos limpia con la que salir al escenario, y qué escenarios, una puta bolera, un piano-bar, sitios así: su agente le va cerrando los contratos y se los comunica por teléfono mientras ambos esperan que ocurra algo que le permita remontar el vuelo.

Porque, amigos, la carrera de «Bad» Blake no va hacia ningún sitio ahora, y no es por eso que bebe -whisky McClure, una marca que solo existe para este corazón loco-: bebe porque ha bebido siempre, porque es lo que hay, canciones, carretera y whisky, y es así que el viejo «Bad» está realmente hecho polvo, y llega a un lugar de estos, y baja de Bessie, se desentumece, se abrocha los vaqueros, acepta indiferente que el responsable del local y los críos con los que tocará le traten como si aún siguiera siendo una estrella de la música, deja pasar el tiempo tumbado en camas de motel esperando que llegue la hora del concierto, con un cigarrillo en los labios y un vaso apoyado en el pecho, y luego canta country blues delante de la parroquia y libera el odio –sweating out the hate, dice en su última canción-, tal vez borracho, tal vez empapado en sudor, tal vez interrumpiéndose para vomitar en el patio trasero, sí, pero siempre con ese algo que le hace especial, capaz aún de llevarse cada noche a una lugareña a la cama o de ruborizar con una ronca galantería a la joven periodista a la que concedió una entrevista, qué feo es este cuarto a tu lado, le dice, no me había dado cuenta de que era un tugurio hasta que entraste; y lo cierto es que la chica hubiera podido ser el amor de su vida, sin duda, qué diablos, de modo que aunque tarde ya –eres el hombre que arruinó su mundo, you are the man that ruined her world-, lo mejor es recoger tu loco corazón y darle una oportunidad más, pick up your crazy heart and give it one more try, dejar de beber y componer esa canción para Tommy Sweet, «The Weary Kind», la mejor canción de tu vida.


Crazy Heart, Corazón rebelde en España -y no loco, vaya a saber por qué-, es una película modesta, que no nos cuenta nada nuevo y que seguramente no hubiera llegado muy lejos de no ser por la maravillosa interpretación de Jeff Bridges. Si hemos de ser justos, interpretación es sólo una manera de hablar: Bridges es «Bad» Blake, no lo interpreta. Éste es uno de esos casos en que parece que toda la carrera de un actor, una carrera muy notable, por lo demás, ha sido una forma de ir haciendo tiempo hasta alcanzar la edad adecuada para convertirse en el personaje de su vida, y hacerlo con toda la sabiduría y la naturalidad acumulada a lo largo cuarenta años y decenas de películas. Y sabe de losers: Si nos olvidamos de un par de títulos iniciales, su primera película destacable fue la última película, o dicho de otro modo, The Last Picture Show, de Peter Bogdanovich, 1971, pura atmósfera decadente en blanco y negro, para, a continuación, coprotagonizar una de las cimas del cine de perdedores, Fat City, de John Houston, historia de ambiente pugilístico donde hay maduros boxeadores que mean sangre y aspirantes inexpertos.

Bridges es un tipo que va por libre en Hollywood. No es una estrella en el sentido que le damos a esa palabra, principalmente porque no ha querido serlo. Tiene un puñado de buenas películas en su filmografía, de todos los géneros; cae bien siempre: es Mr. Nice Guy, el Señor Tipo Agradable. Antes de este corazón loco con sonido country fue, en 1992, un corazón roto en American Heart, donde componía un duro papel de padre ex convicto y drogadicto. Pero de todos esos variados personajes que ha encarnado, hay dos que parecen haberse fundido para dar vida a «Bad» Blake: el primero es Jack Baker, uno de los dos Fabulosos Baker Boys, pianistas de ambiente instalados en una carrera sin brillo: Jack es, de los dos hermanos, el carismático y atractivo, el que hubiera preferido tocar jazz y arrastra un aire de resignada capitulación de hotel en hotel (Steve Kloves, 1989). El otro es el imperecero Jeffrey Lebowski, «The Dude», «El Nota», un tipo sin oficio ni beneficio, desaseado, pasota, jugador de bolos, fumador de maría, bebedor de cierto mejunje llamado ruso blanco (vodka, licor de café y nata líquida), que se ve involucrado en una historia muy Raymond Chandler y acaba espolvoreado de las cenizas de un amigo (Joel Coen, 1989).


Revisando la lista de actores ganadores de un Oscar he de remontarme muy muy atrás en el tiempo para encontrarme con alguno que lo mereciera tanto: no hay un ápice de forzamiento, de impostura, en la manera en que Bridges encarna a «Bad» Blake. Bastaría imaginarse a un Daniel Day-Lewis, a un Sean Penn, a un Russel Crowe, a un Kevin Spacey  o un Nicholas Cage o un Jack Nicholson o un Pacino mismos metidos en la piel de este cantante country para darse cuenta de lo manierista que hubiera podido resultar, lo escandalosamente borracho, lo patéticamente acabado. Esa no es la forma en que Bridges le da vida: Jeff Bridges es absolutamente creíble, más incluso de lo que hubieran llegado a serlo Johnny Cash, Willie Nelson o el gran Kris Kristofferson, de quien, dicen, pudo Jeff Bridges tomar parte de su aspecto. Bueno, quién sabe.


martes, 2 de septiembre de 2014

"Una cena taurina con acento francés"

El presidente del Club Taurino de París, Jean-Pierre Hedoin,
y su mujer, Marie Luce, en la plaza de toros de Almería.
  Foto: JFH

Jean-Pierre Hedoin, presidente del Club Taurino de París, no es esa clase de aficionado a los toros que viaja de ciudad en ciudad y de plaza en plaza siguiendo a un único matador. De hecho, cuando se refiere a la figura del “partidario” –el que se hace de un torero como quien se hace de un equipo de fútbol- tuerce algo la boca y frunce escéptico el ceño, como fingiendo por prudencia no tener nada claro que tal actitud sea positiva. Al igual que otros taurófilos franceses a quienes he tenido ocasión de conocer, Jean-Pierre está más cerca de aquella máxima de Rafael Ortega según la cual el mejor aficionado es aquel a quien más toreros le caben en la cabeza. A él le caben infinidad no ya de toreros, sino de fechas, de plazas, de faenas, de detalles imborrables. Él y su mujer, Marie Luce, llegaron a la Feria de Almería desde la de Bilbao, deseosos de reencontrarse con un público al que consideran particularmente predispuesto al triunfo de los toreros. En eso coinciden con otro ilustre aficionado galo, el filósofo Francis Wolf: les digo que en esta misma casa en la que nos han invitado a cenar, la muy taurina casa de los Córdoba, en la plaza Balneario San Miguel, charlé largo y tendido con Wolf hace ya trece años. Les sorprende y agrada saberlo: naturalmente, lo conocen, son amigos, les une esta bendita pasión.

Jean-Pierre y Marie Luce no son los únicos aficionados extranjeros que visitaron Almería durante la pasada feria taurina. Confundidos discretamente entre los espectadores que este año acudieron al coso de la Avenida de Vilches, han disfrutado también de los toros y del ambiente Lore Monnig, presidenta del Club Taurino de la Ciudad de Nueva York, Muriel Feiner, escritora y fotógrafa neoyorkina afincada en Madrid, presidenta, a su vez, del Club Internacional Taurino, y Paolo Mosole, presidente del Club Taurino Italiano. Creo que es realmente digo de tener en cuenta el hecho de que Almería haya entrado en el circuito de las ferias taurinas que despiertan el interés de los mejores aficionados internacionales. En mi caso, eso sí, lamento que Monnig no pudiera asistir finalmente a la cena del 28 de agosto en casa de los Córdoba, como estaba previsto: lo de las tres nacionalidades reunidas me había permitido ya reflexionar acerca de ese rito geométricamente perfecto alrededor del número tres que son los toros, según leí en un libro del pintor Javier de Juan: tres toreros, tres subalternos de a pie en cada cuadrilla, los tres tercios de la lidia, tres terrenos delimitados por los tres círculos concéntricos formados en el ruedo, tres pares de banderillas, tres puyazos (antes, claro), tres avisos. […]

Leer completo en La Voz de Almería (02/09/2014)



Plaza de Toros de l'Exposition. París. 1889

martes, 26 de agosto de 2014

Centenario Cortázar V: Apio verde tuyú, Julio


Escribo escuchando un viejo disco de tangos en homenaje a Julio Cortázar, para quien el bandoneón de Troilo y el violín de Julio de Caro venían a representar, según dejó dicho, lo que la magdalena a Proust. Y es que no es sólo que hoy hubiera cumplido Cortázar cien años, es que sin duda debe de estar cumpliéndolos en algún sitio, que no ha de ser forzosamente ese cielo de los creyentes, claro. Cortázar se sentía muy cercano a aquellos versos de Poeta en Nueva York donde Lorca confiesa que “… yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.” Es en ese otro lado -de la costumbre, de lo cotidiano, de lo que llamamos realidad-, donde nace el sentimiento de lo fantástico que empapa toda su obra, no como un recurso literario, sino porque en su vida lo maravilloso estaba entretejido con la realidad comúnmente aceptada.

Uno de los pasajes con que Belén Gopegui se ganó mi admiración a partir de su primera novela, La escala de los mapas, tiene un aire inconfundiblemente cortazariano: parte de la idea de que todo está comunicado, “ de un momento a otro puedo aparecer debajo de tu boca o salir a tu cocina por la puerta de la nevera (…) yo guardo un bolígrafo en el cajón y, como el conejo de Alicia, puede el bolígrafo llegar al jardín de la reina (…) y si entro en mi pijama tal vez salga al camisón dorado de tu cuerpo”. De esa misma manera, los mundos de Cortázar parecen anular muchas veces las distancias, y se prolongan los unos en los otros de manera natural, aún cuando medie entre ellos un océano o un siglo o la misma muerte. Detrás de esta contigüidad de lo remoto se da en ocasiones el desdoblamiento de un personaje, ese saberse o intuirse otro distinto, identidades alternativas en un mismo mundo y tiempo o en escenarios distintos y épocas diferentes.

Todas las alteridades posibles conviven en los relatos y novelas de Cortázar. El catedrático Juan Bargalló Carraté inventarió distintas tipologías del doble: más allá de la impenetrabilidad del Disfraz o de esa medida de nuestra opacidad que es la Sombra, tres serían los procedimientos de desdoblamiento: por “fusión” de dos individuos diferentes en uno, proceso que a su vez puede ser lento, de mutua aproximación, como en el William Wilson de Poe, o repentino, como en Dostoievski, Wilde o Mauppasant; por división de un individuo en dos (en Gogol y en Andersen); o por “metamorfosis”, transformaciones reversibles o irreversibles (Jeckyll y Hyde, Orlando, Gregory Samsa). “Somos otros sin dejar de ser lo que somos y, sin cesar de estar en donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte”, escribió Octavio Paz; y Fernando Pessoa, que sabía de múltiples identidades: “Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”.

Sobrecubierta original de 62. Modelo para armar.

En Cortázar hay personajes que se desdoblan por sucesión biográfica, un encadenamiento de  episodios similares que es confundido con la inmortalidad; personajes que desde su presumible contemporaneidad con el autor sueñan que también son las víctimas de una ceremonia sacrificial azteca en un viceversa final escalofriante donde el techo de una habitación de hospital y el de un pasadizo de roca viva acaban por confundirse antes de que todo sea cielo estrellado y luna menguante y hogueras y cuchillo; personajes a quienes les basta entrar en un Pasaje comercial del Buenos Aires de los años cuarenta del siglo XX para acabar desembocando con absoluta naturalidad en una Galería de París, en el XIX, ser el mismo y distinto, ir y venir de una vida a otra; personajes incapaces de imaginar qué significa que cada tanto les venga como un arma secreta la idea de una bola de vidrio al comienzo de un pasamanos, o de una escopeta de dos cañones, o de unas hojas dándole en plena cara;  anagramáticas jóvenes de la buena sociedad bonaerense que sienten en ellas la existencia de otra, lejana, que sufre, que camina por la nieve y la espera en un puente de Budapest; personajes que cruzan ese otro puente insalvable que separa la condición humana de la animal tan solo mirando atentamente los ojos de oro, los dedos, las excrecencias branquiales de un axolotl; personajes que dejan que sea su propia imagen reflejada en la ventanilla del metro quien inicie el juego con otro reflejo, que no saben que son ese personaje que en el libro que tiene entre las manos va a ser asesinado o se descubren recorriendo las habitaciones pintadas en una colección de cuadros expuestos en un museo de pueblo; fuegos que devoran a un tiempo un circo romano y una habitación francesa, la espada de gladiador y el teléfono.

Todo está comunicado: por ejemplo, el lado de allá y el lado de acá de una rayuela, donde un tablón de madera quisiera servir realmente de puente entre dos ventanas, entre dos continentes. Por ejemplo, las calles de tres capitales europeas y una Ciudad sin nombre, tan articuladas en la novela 62. Modelo para armar, que a Julio Cortázar se le ocurrió una sobrecubierta que representara un plano imposible, “un collage de las calles de París, Londres y Viena donde ocurren las cosas”, dejando el lomo, como “zona de pasaje", para el canal de la otra Ciudad, donde las calles de las otras tres ciudades se empalman entres sí y con ella. Ese plano/sobretapa/book jacket fue diseñado finalmente por otro Julio, el pintor Julio Silva (“El lector podrá retirar el jacket, desplegarlo, jugar con él como si realmente fuera un plano”, le explicaba Cortázar por carta a su editor, Paco Porrúa).

Sí, todo está comunicado, una ciudad con otra, un tiempo del pasado con otro del presente, por qué no ese otro lado donde rondan los pulsos heridos con éste lado de aquí; el lugar en el que Julio Florencio Cortázar celebra hoy sus cien primeros años y la blanqueada calleja sin salida que le fue dedicada hace años en Almería, con una escalera al fondo y una maceta y un imaginario punto de fuga que parecen buscar todas las líneas, una calle para el afelpado caminar de un gato, “porque gato y yo”, escribió una vez, “somos como los gusanitos del Yin y el Yang interenroscándose”.

Foto: JFH
Todo, todo está comunicado, como mediante pasadizos mágicos: la voz y la imagen de Julio y este blog-bar donde tanto se le quiere, tanto se le debe, tanto se juega a leerle en serio, como se juega de niño, como si no hubiera nada más importante que ese juego.

martes, 12 de agosto de 2014

Fiasco, de Stanislaw Lem

El título de esta novela de Stasnislaw Lem no lleva a engaño: la aventura que se narra en ella no alcanza los objetivos que se habían fijado quienes la iniciaron como el más ambicioso proyecto jamás emprendido por el hombre; desemboca, en efecto, en un fiasco. Esto no supone desvelar el final, puesto que a medida que la historia avanza, el lector, arrastrado fatalmente hacia el desenlace, lo que de verdad quiere saber no es si la historia acaba bien o mal, sino hasta qué punto el fiasco de la misión estará a la altura cósmica de sus pretensiones: el fracaso, incluso lo prodigioso y descomunal de su naturaleza, ya se da por supuesto a partir de los insensatos procedimientos mediante los cuales los tripulantes de una nave procedente de la Tierra pretenden establecer contacto con una remotísima civilización de la que nada saben y que nada desea saber de ellos.

Arthur C. Clark señaló que cualquiera de las dos posibilidades a tener en cuenta con respecto a nuestra presencia en el Universo –que estemos solos o que no lo estemos- es terrorífica. El anhelo humano de comunicarse con seres inteligentes de otros planetas alimenta la parte fundamental de Fiasco (1986), así como sus derivaciones filosóficas y morales y la soberbia arquitectura científico-especulativa que le da consistencia narrativa, de ahí que parezca aconsejable dejar de lado en una reseña ese primer capítulo que, aunque extenso, resulta ser una especie de preámbulo unido con el resto de la novela únicamente por el hilo sutil de una broma argumental: no nos permite el autor saber si quien lo protagoniza es realmente el mismo personaje que, devuelto a la vida tras permanecer un siglo criogenizado en una de las lunas de Saturno, protagoniza también el resto del libro. Ocurre que cuando me referí hace semanas a la absoluta fascinación que ejercía en mí Fiasco, apenas llevaba recorrido la mitad de ese capítulo inicial: cómo pasarlo por alto ahora. Hay en él, básicamente, una descripción fabulosa de algunos paisajes de Titán, los que el joven piloto Parvis, en una misión de rescate, recorre a bordo de un Digla, un vehículo megapaso, descomunal y con trazas humanoides. Mediante una suerte de filosofía de la materia inerte, Lem trata de explicarnos lo lejos que está la imaginación humana de concebir el poder creativo de la naturaleza tal y como es capaz de expresarse en los mundos desolados, aquellos donde la falta de vida deja sin efecto la exigencia de que todo ocurra en beneficio de ella y sujeto a una finalidad, a una competencia evolutiva. Los mundos carentes de actividad orgánica se van formando con una ilimitada paciencia, sin prisa, con una “magnificencia inútil, un eterno poder de creación sin objetivo, sin necesidad, sin sentido”, como el que excepcionalmente se produce en las más recónditas grutas de la Tierra. El Sol está lejos de Titán, apenas ilumina y no calienta –es Saturno quien sorprende a Parvis en un falso pero resplandeciente amanecer titánico-, y el frío ha definido la extremada lentitud con que la materia trabaja el paisaje, volcanes que por sus grietas filtraron alguna vez gas helado, lluvias de ceniza sulfúrica, asombrosas cristalografías, una pesadilla de osamentas minerales, desfiladeros de dimensiones inconcebibles, laberintos de lava y basalto, monstruosos carámbanos a escalas aterradoras, bosques de géiseres congelados: “no había palabras en ningún lenguaje terrestre que pudieran hacer justicia al arte que se manifestaba en aquel silencio blanco y sin sombras”.  Y entonces un accidente en el megapaso empuja a Parvis a vitrificar su cuerpo de manera instantánea.

Los quince capítulos restantes transcurren ya en el siglo XXII, y en ellos queda demostrado de nuevo que la imaginación de Lem se desarrolla a otro nivel o en una dimensión diferente, donde la ciencia y la ficción y la metafísica y la teología y la historia derivan, conjugadas por él, en una alquimia literaria que subyuga al lector: Fiasco se lee casi sin detenerse en los abrumadores detalles científicos y en las consideraciones filosóficas y morales que dan solidez a esta extraordinaria obra. Ni siquiera acaba importando que sea o no Parvis el hombre al que resucitan de su muerte cristalizada. Sea quien sea, acaba formando parte de la variopinta tripulación del Eurídice, una nave cuya misión, ya quedó dicho, es trabar relación con seres inteligentes de otro planeta. La ingeniería sideral y cierto tipo de maniobras en el horizonte gravitacional de los agujeros negros permiten ya burlar el espacio y el tiempo, salvar las enormes distancias interestelares, de millones de años luz, y superar al fin ese principio según el cual quien emprendiese el viaje a otra estrella no lograría encontrarse con aquellos a quienes había ido a buscar ni vería de nuevo a quienes dejó en la Tierra.

De manera que la costosa expedición se lleva a cabo con el objetivo de acertar con la “ventana de contacto”, es decir, el intervalo de tiempo en el cual los seres inteligentes han alcanzado ya un alto nivel de ciencia aplicada pero todavía no han comenzado a cambiar su inteligencia natural por otra artificial: un marco de no más de 2.500 años terrestres, tal vez menos, apenas un instante cósmico. Antes de eso, millones de años en que la vida se desarrolla, el chispazo de la inteligencia, el nacimiento de una protocultura, la aceleración tecnológica y una inercia autodestructiva, el control de las fuerzas de la naturaleza, perturbaciones del medio ambiente, sustitución de la biosfera por artefactos –tecnosfera-, todo tan rápido ya, cada vez más, siempre el mismo patrón, disperso en ese laberinto de laberintos que es el Universo: las tecnologías en una galaxia nacían, maduraban y se extinguían continuamente, y surgían otras, y escapaban también del “intervalo de comprensión mutua”. Se trataba, pues, de partir en busca de una crisálida y alcanzar una civilización extraterrestre en el preciso instante en que fuese ya una mariposa posada en el borde de esa ventana de contacto, a punto de echar a volar. Es el caso de Quinta, un planeta en la órbita de la estrella Beta Harpyae, a cuyas inmediaciones llega parte de la tripulación del Eurídice con la intención de demostrarles a sus esquivos habitantes su buena voluntad incluso por la fuerza.

Stanislaw Lem (1921-2006)
A estas alturas confieso que ha acabado igualmente en fiasco mi intención de concentrar en un par de páginas lo que esta novela contiene. Desde La isla del tesoro y Miguel Strogoff, allá por mis once años, no había vuelto a experimentar la necesidad de releer una novela inmediatamente después de acabada la primera lectura. Hubiera sido más acertado escribir sobre ella después de hacerlo, sin duda, pero me ha podido esa urgencia que nos ataca a todos los que amamos los libros, la que nos empuja a compartir de inmediato una historia de la que hemos formado parte desde nuestra condición de apasionados lectores.

Fui en busca de un autor de ciencia ficción y me han bastado dos novelas para confirmar que Stanislaw Lem excede con mucho los límites del género. 

lunes, 4 de agosto de 2014

De cómo Els Joglars nos contó a los niños La Odisea de Homero

Soy un niño perdido en la oscura proximidad de los cincuenta años, inconcebible medio siglo donde aletean los sueños abatidos. Ya no espero lo que durante tanto tiempo di por supuesto: que antes o después acabaría convirtiéndome en otro, en el hombre adulto que estaba destinado a ser, como si fuera cosa de despertar un día olvidado de uno mismo y ya responsable, maduro, trabajador. No sucedió, y no sucederá: soy aquel niño; en otro cuerpo, eso sí. Y los años pasados se cuentan también por aquello que uno conoció pero ignoran los verdaderos niños de hoy: hacer girar un disco con la punta de un dedo insertada en uno de sus agujeros para marcar un número de teléfono, la obligación de dar cuerda al reloj de pulsera cada noche, ganar o perder un puñado de canicas probando la puntería en un triángulo o en un hoyo hechos en la tierra, esperar anhelante, a eso de la media tarde, que empiece la televisión...

La niebla se convertía en carta de ajuste quince minutos antes, digamos que a las seis y cuarto, con música y un reloj que marcaba, además de la hora, los minutos y los segundos, y, ay, bastaba el más pequeño retraso para sentirnos terriblemente agraviados; de pronto vida en la pantalla, y a una presentación de los programas de la tarde y un breve avance del informativo le seguía, entonces sí, un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó. Antes de eso, en una capa muy primitiva de mi memoria infantil, está depositada la evidencia de que chiripitifláutica es la sonrisa de mamá y de que los hermanos Malasombra eran malos de verdad. Pertenezco, ya se ve, a la primera generación de niños a quienes los padres nos decían que veíamos demasiada televisión, qué cosas: la realidad es que pasábamos muchas más horas jugando en la calle. La tele era cosa del otoño y el invierno.

Las manualidades de La casa del reloj, el cómo están ustedes de los payasos, la Guagua de Torrebruno, el cantidubidubidubi que obraba el prodigio de mover a Luis Ricardo, el monstruo de Sanchezstein, la enorme pecera llena de tarjetas postales –cartas no, insistían, sólo tarjetas- de entre las que, después de remover y remover, María Luisa Seco extraía una que no era la tuya; el vamos a la cama que hay que descansar… He sido fiel al recuerdo de tantas imágenes y tantos sonidos incluso cuando ese recuerdo se iba haciendo cada vez más y más lejano. Pero hubo un programa del que sólo conservé la idea de unos soldados de la antigüedad montados en armarios, en los que viajaban y pasaban todo tipo aventuras: llevo treinta y ocho años describiendo de manera tan vaga algo que sin embargo yo sabía que me había dejado honda huella, a pesar de que en un plano consciente no era capaz de evocar nada más concreto. La web de RTVE, en el impagable archivo histórico del que soy visitante asiduo, me ha devuelto en el mes de julio aquel programa. No entiendo cómo no deduje que se trataba de Ulises y de todo cuanto les sucedió a él y a sus hombres en su regreso a Ítaca tras haber destruido Troya; lo pienso ahora que he visto los cinco episodios, y me resulta extraño que la mayor parte de mi recuerdo de la serie permaneciera enterrado en el subsuelo de la memoria, desde donde sin duda ha ejercido una enorme influencia en mí. Que se tratara de una versión infantil de La Odisea de Homero dirigida por Albert Boadella y representada por Els Joglars sí que ha sido toda una sorpresa. La serie se emitió entre diciembre del 76 y enero del 77, y era una enorme travesura didáctica, un puro juego disparatado en el que, entre armarios rodantes y sábanas y cuerdas y cascos de orinales y palos y barbas griegas fuimos sabiendo de la Guerra de Troya, del famoso caballo de madera, de la cólera de los dioses, del gigante Polifemo, de Circe y la conversión en cerdos de los compañeros de Ulises, de la isla de las sirenas y la de las vacas sagradas, de los pretendientes de la tejedora Penélope…


Me ha resultado emocionante volver a verlo, pero no ocultaré que una parte de mí echa ahora de menos aquel pedacito de recuerdo, tan mínimo, tan misterioso, tan querido que conservaba de esta serie: han sido muchos años recordando tan poco. Me ahorro, por lo demás, hacer una comparación entre la programación infantil que yo disfruté cuando sólo había televisión a horas determinadas y el desprecio absoluto que les merecen los niños a las cadenas de hoy.


Ver La Odisea de Homero, en versión Els Joglars (RTVE, 1976-1977)