miércoles, 18 de enero de 2012

The Motorcycle Boy (El Chico de la Moto)




Las nubes vuelan veloces por encima de la ciudad en blanco y negro, las escaleras de incendios dilatan en los muros su esquemática arquitectura de sombras, la incandescente pupila del sol resbala por las ventanas de los edificios; cae la noche en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo es un suspiro en ese territorio sin nombre sobre el que reina o reinó El Chico de la Moto. The Motortcycle Boy reigns: está escrito aquí y allá, bajo el puente, en alguna señal de tráfico que apunta altiva hacia ningún sitio. Pero nadie sabe dónde está ahora El Chico de la Moto, y su hermano Rusty James es un chaval con más corazón que cerebro, un camorrista suburbial que no profesa más religión que la lealtad y que añora una época que ni siquiera conoció, cuando las bandas juveniles no habían sido aún destruidas por la heroína y su hermano fraguó la leyenda de su reinado. Pero esta noche será él (Ey, Rusty James...) quien ponga las cosas en su sitio, no importa si El Chico de la Moto dijo antes de desaparecer que se acabaron las peleas: él no está, ¿de acuerdo?, y quien le ha retado es un puto drogata, y si él lleva a su gente Rusty James llevará a la suya, y se encuentran, y se desafían, y no cabe duda de que Rusty James sabe usar los puños. Entonces sí, The Motorcycle Boy se hace presente como de la nada, sobre su ronroneante montura, provocando en la concurrencia el mismo asombro que Ricardo Corazón de León al final de Ivanhoe y de Robin Hood: “Otra gloriosa pelea en defensa del reino”, susurra con una extraña sonrisa, y cuando aquel otro tipo de pelo oxigenado, aquel Biff, aprovecha un despiste de Rusty James para abrirle un tajo en el costado, El Chico de la Moto reacciona de forma fría y expeditiva, y el tal Biff acaba saltando por los aires.

Ninguna otra película ha conseguido provocar en mí un estado de extasiada enajenación tan intenso como el que sentía al salir del cine en que había visto, por primera vez y en versión original, La ley de la calle (Rumble Fish, 1983). Sin duda en ello influyeron varios factores, entre los cuales la edad no debió de ser de los menos relevantes. Yo había visto algún tiempo antes, en una sala de Burgos donde había entrado por casualidad después de una larguísima caminata, Rebeldes, también del ochenta y tres, también dirigida por Francis Ford Coppola y también basada en una novela de Susan E. Hinton, y supongo que estaba predispuesto a una película más o menos similar, aunque esta vez en glorioso blanco y negro. Y aunque desde luego existe una conexión entre ambas en cuanto al asunto que tratan, el planteamiento narrativo y visual de Coppola para Rumble Fish está alejado de todo convencionalismo. Hay en su desarrollo una voluntad de trasmitir la atmósfera de un sueño, sus ritmos, sus espacios, como si Orson Wells hubiera pergeñado mientras dormía otra manera de contar West Side Story, sin canciones ni demasiado romanticismo, pero con toda una filosofía del paso del tiempo y, sobre todo, una poética de las relaciones entre hermanos. Todo en Rumble Fish resulta hipnótico, también esta condición onírica, y la fotografía de Stephen H. Burum, y la memorable banda sonora de Stewart Copeland (batería de The Police), tan cosida a las imágenes que parece que una y otras se hubieran generado a sí mismas a la vez, en el preciso instante en que se soñó todo. Y el Rusty James de Matt Dillon, y la bellísima Diane Lane, y Dennis Hopper aferrado a un puro y a una petaca de alcohol, y un Tom Waits capaz de hacer una peineta a manivela y luego seguir limpiando la barra despaciosamente… Y sobre todo ese Chico de la Moto que un tal Mickey Rourke, entonces desconocido para mí, compone con los materiales con que se forjan los mitos cinematográficos.


Rusty James está convencido de que llegará a ser como su hermano mayor, aunque al mirarlo no entienda nada de lo que hace o dice: en realidad, es imposible saber en qué piensa El Chico de la Moto, y en cambio siempre se sabe lo que Rusty James tiene en la cabeza. El Chico de la Moto, dicen, es auténtico, un príncipe, un miembro de la realeza en el exilio, pero también un loco. Él mismo parece confirmarlo: si no han acabado ya con él, asegura sin darle importancia, es porque incluso las sociedades más primitivas tuvieron siempre un innato respeto hacia los locos. Tiene problemas visuales y auditivos, de tal manera que ve la realidad como en una tele en blanco y negro con el volumen muy bajo, y acaso sea ésa la razón por la que parece en su propio mundo la mayor parte del tiempo, con los brazos cruzados sobre el pecho, herméticamente cerrado en sí mismo, caminando por el borde de la acera como por el borde de la vida. California no es exactamente el lugar hacia el que partió ni el lugar del que regresa, sino un lugar que encontró en el camino, por eso no ha visto el océano (el océano, tío, cómo es, le pregunta ansioso Rusty James) y sí a una madre a la que creían muerta.


Y ese policía con cara de Falconetti le odia porque, dice, no es lo que algunos creen que es: no es un héroe. Y su padre sabe que no, no está loco, simplemente le dieron un papel equivocado en la obra: nació en una época equivocada, en el lado equivocado del río, con la habilidad para hacer cualquier cosa que él se propusiera pero sin encontrar nada que quisiera hacer. Eso es todo. Eso y los peces luchadores de Siam, esos peces cuyos vistosos colores la naturaleza peculiar de su daltonismo nos permite apreciar, los peces que han de estar separados pues de otro modo se matarían entre ellos, y es por la angostura de la pecera, El Chico de la Moto está seguro de ello: no se atacarían en el río, el río que divide, el río que llega hasta el océano, el océano, tío. Y las nubes pasan velozmente, el sol refleja su descenso en los rascacielos, el tiempo pasa, “el tiempo es una cosa divertida”, dice Benny-Tom Waits tras su barra, “es un asunto muy curioso. Cuando eres joven, un niño, tienes tiempo, más que ninguna otra cosa. Pero desperdicias un par de años aquí y otro par de años allí, y te haces mayor y te preguntas: ¿cuánto tiempo me queda? Te quedan treinta y cinco veranos. Piénsalo: treinta y cinco veranos”. El Chico de la Moto dejó de ser niño a los cinco años, y si hay algo cierto es que “siendo una leyenda ningún líder puede sobrevivir”, y basta un disparo para devolver el color a la vida y a la pantalla, durante un instante, al menos. The Motorcycle Boy reigns. Como perdedor lo es en un grado majestuoso, sin duda.


Y, claro, luego está Mickey Rourke, que en su condición de loser es ya otra historia...

9 comentarios:

Raúl dijo...

Una película, cuanto menos, peculiar. Atrevida y personal, también serían adjetivos definitorios.

Francisco Machuca dijo...

Precioso homenaje a tantas cosas que soy sensible.Recuerdo que le regalé a mi hijo cuando tenía quince años la novela Rebeldes de la adolescente Susan E.Hinton.Le gustó tanto que estuvimos hablando de la historia durante semanas.Luego vino la película de Coppola,y,el chico de la moto,Rourke,Waits,Dillon,Hopper,etc.,todo un mundo ya desaparecido.Mi hijo después se convirtió un poco el chico de la moto y yo le esperaba hasta las tantas de la noche,preocupado.Cuando llegaba a casa yo le esperaba en el comedor y después seguíamos hablando.Una vez le dije que yo con su edad quise ser el chico de la moto.Le daba un beso y nos ibamos a la cama.Él dormía como una marmota y yo seguía estando despierto tras tantos sueños rotos.

Un fuerte abrazo,amigo.

Marcos Callau dijo...

Juan, qué bueno, cuántas ganas de verla. Hopper, Lane, Rourke, son efectivamernte, razones suficientes para su visionado pero, tu manera d econtar e introducir la historia obliga a ello. Cuando te leía imaginaba "West side story", sí, pero luego recordé "Rebeldes", una obra que tuve el placer de leer en el Instituto y que, años más tarde, también disfruté en película. Precisamente en "rebeldes" echaba de menso el blanco y negro aquí presente. No he visto esta película pero ganas no me faltan. Un abrazo, Juan y mil gracias por presentarla.

abril en paris dijo...

La historia es de las que enganchan a esa edad de rebeldia y que se recuerdan pero lo que más me gusta es tu manera de contarlo.

Un beso "adolescente"

Rochitas dijo...

a mi me gusta de sobremanera su párrafo introductor.

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: Creo que es el último Coppola “atrevido” –en lo artístico, ya no en lo económico- y, en efecto, la última en que se permitió ser “personal”.

FRANCISCO MACHUCA: Cuánto te agradezco esa nota tan personal también. Creo que has debido ser una especie de hermano mayor para tu chico de la moto, incluso en esa etapa en que las noches se reducen para unos padres al espacio de una mirilla, al ronquido de una moto en la calle.

MARCOS: Tienes que verla, en serio, y puesto que no parece posible ya que sea en pantalla grande, desde luego que sea en versión original. Tiene uno de los más inadecuados doblajes que recuerdo (mi admirado Luis Varela poniéndole la voz a un Matt Dillon de 18 años…) Diane Lane es la actriz que mejor ha madurado. Está tan espléndida ahora como a comienzos de los ochenta. El color de Rebeldes era muy bueno (mismo director de fotografía, que al parecer buscó los tonos de “Lo que el viento se llevó”, el libro que leen los chicos cuando huyen).

ABRIL: Yo debía de tener 18 ó 19, y me deslumbró: era cine pandillero para tipos como yo, que entonces ya era un empedernido cinéfilo. Tanto me impresionó que no he sabido desbancarla del tercer puesto de mis favoritas.

ROCHITAS: Es así como empieza, como uno se siente mientras va metiéndose en las imágenes.

Un fuerte abrazo a todos.

José Luis Martínez Clares dijo...

Una de las cintas más personales que he visto. La forma de construir los personajes me dejó estupefacto. Abrazos

V dijo...

Absolutamente de acuerdo. Fantástico repaso a lo que sin duda,tal y como dicesresulta una especie de ensoñación absoltumamente dificil de describir. Has captado el ambiente y el aroma del film perfectamente. Curiosa y extraña película, formidable en todo caso. Me alegra que te acuerdes de Stephen H Burum,habitual de de Palma, que hizo un trabajo soberbio.Aunque todos parecían estar en estado de gracia. Una auéntica experiencia. Y muy evocador tu relato, magnífico. Un saludo

Humberto Dib dijo...

Cuánto me has hecho recordar con esta entrada, querría tener los mismos ideales, las mismas creencias.
Un gran abrazo.
HD