lunes, 16 de abril de 2012

Caín, de Lord Byron




 "CAÍN:  (…) ¿Tan sólo porque         
sea Todopoderoso ha de ser también bueno?"

LORD BYRON (1788-1824)


La traducción del Caín de Lord Byron por parte de José Luis Piquero, publicada en edición bilingüe por la editorial La Isla de Siltolá, supone una excelente oportunidad para acercarse a quien fuera y aún es la idealización del artista romántico, aquél que pretendió ser no sólo autor, sino personaje; no sólo poeta, sino el último y más logrado de sus héroes. De verso apasionado y apasionante vida, temperamental, libertino y libertario, culto, extravagante, orgulloso, desafiante, incestuoso, controvertido, autoexiliado, viajero, revolucionario…, está escrito que George Gordon Byron sólo se arrepintió de los pecados que no pudo cometer.

El Caín de su poema dramático en tres actos no es tanto el responsable del primer crimen de la Humanidad como, sobre todo, el primer disidente: primogénito, a su vez, de los primeros pecadores, no acepta heredar el castigo, nada tuvo que ver con todo aquello, ni había nacido entonces ni pidió nacer luego. Ahora su padre está domado, su madre ha olvidado la sed de saber “que la llevó a arrostrar la maldición eterna”, su hermano pequeño es un pastor de ovejas que ofrece “las primicias del rebaño al que hizo que la tierra / no diera nada si no es con sudor”. Los tres oran, ofrecen sacrificios, su madre le repite a Caín que contemple la alegría y la resignación de su padre, y lo imite. ¿Imitarlo? ¿Por qué? Él no persigue “nada que tenga que ganar arrodillándose”. A él le abruman el desconocer qué cosa es la muerte a la que han sido condenados todos los hombres y las dudas que de ello surgen: puesto que les fue arrebatada la inmortalidad, ¿para qué vivir, para qué nacer incluso? Ah, ese misterio terrible de la muerte, que “no tiene forma pero habrá de absorber todas las formas de los seres nacidos de la tierra”, ese legado odioso que Caín les debe a sus padres tanto como les debe la vida, dice, y va más allá: “(…) dar vida a los que han de sufrir durante años y años / para luego morir, creo que es sólo propagar la muerte, / multiplicar el crimen”. Al fin y al cabo, ¿en qué consistió el conocimiento que se obtuvo del árbol prohibido, del árbol más hermoso, plantado tan cerca de seres inocentes y por eso mismo curiosos, en el centro de todo? No, aquél no era el árbol del saber, sino de la mentira, dice, pues prometía el saber a cambio de la muerte y ni siquiera sabe el hombre qué es la muerte, precisamente. ¿Y cuál fue el conocimiento que les fue vedado, aún después de haber probado el fruto prohibido?: tal vez que ellos no fueron los primeros, que antes existieron poderosos seres preadánicos que desaparecieron, que el mundo, como dice Byron en su prefacio, había sido ya destruido varias veces antes de la creación del hombre, y así se lo muestra Lucifer alejándolo en el espacio, conduciéndole “hacia seres pretéritos y sombras por venir”. Descubierta su propia insignificancia, le queda aún descubrir la Muerte: quien más aborrece su nombre será, para su dolor, quien la traiga.




Hasta la publicación de esta traducción de la que es autor José Luis Piquero, y según explica él mismo, no se conocía al castellano más que una en prosa –y mala, al parecer- de comienzos de los sesenta, y otra anterior e incompleta, en versos alejandrinos, que se limitaba al primer y al tercer acto. Tengo constancia de que con posterioridad a ésta de La Isla de Siltolá ha aparecido otra diferente en la editorial Abada, también bilingüe. Yo la que he disfrutado, y mucho, es ésta traducción de Piquero, y ésta es la que recomiendo.

Unamuno, en Abel Sánchez, y Steinbeck, en Al Este del Edén, trasladaron el mito de Caín a su tiempo; Hermann Hess propuso en Demian un Abel cobarde y un Caín diferente a los demás, valeroso, audaz, noble, víctima de una mentira urdida tan solo para vengarse de él y de los que son como él. Saramago cuestiona en su propio Caín la fe y obediencia ciegas, y se rebela, como el de Byron, contra el autoritarismo. Yo he recuperado estos días una novela que abandoné mediada la lectura hace veinticinco años, quién sabe a estas alturas por qué razones, y que ahora estoy degustando con enorme placer: Balada de Caín, de Manuel Vicent, donde, como suma de todos los planteamientos literarios hechos hasta ahora, y con una magnífica prosa, se dan cita sin solución de continuidad el tiempo remoto del Génesis y nuestro presente:

"El día que mataron a Abel en aquel pedregal de Judea yo estaba aquí en Nueva York abrazado a un saxo tenor, convertido ya en un buen perro ciudadano. Me enteré de su muerte en la radio del taxi cuando de madrugada volvía al Hotel Chelsea, que desde entonces me sirve de guarida."

Imagen: Lord Byron con traje de albanés, de Thomas Philips

23 comentarios:

abril en paris dijo...

De paraisos perdidos y hermanos enfrentados, una historia que se repite.Preguntas sin respuesta.

¡Me gustaria mucho leer cuanto recomiendas porque intuyo que es bastante revelador !

¡Gracias Juan, un placer acudir a tu biblioteca !

Un beso

José Luis Martínez Clares dijo...

Leerte es ampliar los horizontes. Un placer. Abrazos.

V dijo...

Solo a un personaje tan vitriólico e imaginativo como Byron podía ocurrírsele la idea de pensar en seres preadánicos y continuas recreaciones del unverso. No he leido ese libro pero anotado queda. Imagino que nada tendrá que vercon el Demian de Hesse. Sobre todo por la propia personalidad artística de sus autores.
Lo anoto ya. Estas recomendaciones resultan impagables. Un saludo.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL, JOSÉ LUIS: Hay a quien le gusta contar sus conquistas. Yo desde siempre lo que he necesitado contar era el libro que había leído y la película que había visto. Así que figuráos lo que ha sido descubrir este medio en el que nos tratamos.
Un abrazo muy fuerte, amigos.

Juan Herrezuelo dijo...

V: La cosa es más apasionante que si se tratara sólo de la imaginación de Byron; es su imaginación sumada a prodigiosos hallazgos palentológicos en su tiempo. "Caín" está escrito en 1821, cuando no hacía mucho que habían aparecido los primeros huesos fosilizados de seres gigantescos a los que sólo veinte años después de la muerte del
poeta empezaría a llamárseles dinosaurios (y quedaban casi cuarenta años para "El origen de las especies", de Darwin...). Cabe imaginar la excitación de los naturalistas de la época, y de las mentes como la de Byron: qué fueron aquellos seres, y cuándo fueron, y qué les ocurrió... Byron cita en su prefacio al naturalista George Couvier, que en esos años empezaba a concebir la historia de la Tierra como una sucesión de catástrofes y extinciones...
Un saludo.

Marisa dijo...

Cuánto aportaron los románticos a nuestra literatura... en ocasiones creo que mucho más de lo que somos conscientes. A medida que mi bagaje de lecturas aumenta con los años, con frecuencia encuentro en las obras algún tributo de la literatura romántica, incluso, en el género ensayístico.

El escritor romántico siempre gustó del héroe con matices diabólicos, condenado a un destino fatal. Piénsese, por ejemplo, en "Don Álvaro o la fuerza del sino" del Duque de Rivas o en "El estudiante de Salamanca" de Espronceda. Incluso esa atracción infernal la trasladaban a su propia vida (como bien dices, Byron "solo se arrepintió de los pecados que no pudo cometer". excelente).
Caín, para Lord Byron, necesariamente fue un caramelo muy atractivo. No conocía este drama en verso pero agradezco infinitamente tu referencia a la traducción es español por José Luis Piquero, porque no me la perderé.
¿En qué consistió el conocimiento del Árbol prohibido"? El de conocer la Muerte, de lejos, eso sí, de muy lejos, y en palabras de Byron: dar la vida solo es propagar la muerte... Delicioso.

Gracias por esta referencia a su traducción y por tus siempre interesantes y exquisitas palabras.

Un beso, Juan.

Juan Herrezuelo dijo...

El Romanticismo, que conmovió las artes y las letras con un torbellino de rebeldía, misterios y subjetivismo, supone una glorificación radical de lo apasionado. Fue una ocasión única de la Historia. Lo mefistofélico entra en el círculo de los románticos desde los mismos balbuceos del movimiento, desde el Fausto de Goethe. A las acertadísimas referencias que haces –Rivas, Espronceda- le sumo el por momentos diablesco Don Juan Tenorio. Y llevas mucha razón: su influencia resuena a veces en muchos autores como una especie de paraíso perdido. Sé bien de tu inclinación al espíritu formal y temático del romanticismo, porque en muchos de tus textos he sentido a veces su presencia. Por eso estoy convencido que este Caín te va a encantar. Un beso.

mi nombre es alma dijo...

Con tu biblioteca estás construyendo aquí otra para nosotros. Una muy agradable en la que sentarse, leer, aprender y escuchar.

Raúl dijo...

Yo siempre me he preguntado cómo supo Caín como matar a Abel si hasta ese momento no habían precedentes. Es más, cómo pudo saber que estaba muerto y no dormido.
Y luego está lo de su famosa marca, y todo eso...
Vicent, qué gran escritor es Manuel Vicent.

Lo Siento por Interrumpir dijo...

Es interesante eso que dices, Raùl.
El Génesis no es más que una magnífica metáfora...

Lo Siento por Interrumpir dijo...

Pensándolo mejor, una alegoría tal vez...

Raúl dijo...

"Había precedentes", no "habían...", ¡por dios!

Juan Herrezuelo dijo...

RAÚL: El Caín de Byron también lo plantea en términos de sueño: ante el cadáver de Abel, dice: "¡Mas no puede estar muerto! ¿Es la muerte el silencio?/No: se despertará. Me quedaré a velarle./ ¡No puede ser la vida tan ligera como para apagarse/de un soplo! (...). Y sí, Vicent es admirable. Creo que te gustaría mucho esta Balada de Caín. A ti y al amigo Machuca.

LO SIENTO POR INTERRUMPIR: Parece, efectivamente, una gran alegoría del origen de la civilización: en la Corriente Fértil, un hermano agricultor y otro ganadero, etc. etc. Y para todo lo inexplicable, que era tanto, un ser supremo.

Juan Herrezuelo dijo...

ALMA: Agradable es contar con vosotros para escucharme...

Isidre Monés dijo...

Totalmente de acuerdo Juan y Marisa.
Cuanto debemos a los románticos!
En la pintura (que es más mi negociado)rompiendo con el neoclásico que llevaba décadas encorsetando Europa con las mismas mitologías preestablecidas, nos gira 180 grados de la luz mediterranea que (se supone) todo lo inunda y lo concreta, a las brumas que todo lo diluyen y lo sugieren,
Yo pienso que esos románticos, Byron o Poe con la pluma, Turner, Friedrich o el ultimo Goya, nos abrieron una puerta de percepción, por la cual ha entrado (o salido, nunca se sabe)lo mejorcito del arte de dos siglos.
Románticos fueron los Prerafaelítas, Los Modenistas, los Nabis, los Simbolistas, los Expresionistas hoy tan redivivos.
Los Subrrealistas, tan útiles en tiempo de crisis.
Muchas gracias por poner sobre la mesa "El Cain" de Byron, Saramago, o "Ai este del Eden", el arte comparado es de lo más útil.

No entiendo porque desde el 18, se cuestiona tan poco el "Libro de los Libros". Que desde Constantino hasta entonces, nadie se atreviera, es más que lógico, ¿pero luego?
Cuando de niño estudiaba Catecismo, el pasaje de Dios gozando con las ofrendas de Abel y rechazando las del pobre Cain, ya me rechinaba, tal como alguien escribió negro sobre blanco, "Viendo la extraña peripecia de Jesús en la tierra, tengo claro que nuestro Padre no es de fiar"
Gracias Juan, por entreabrirnos tu biblioteca.

Rossina dijo...

Es verdad todo cuanto te dicen; muy real, y me gustó la confesión referida hacia tu necesidad de contar. El blog, un hallazgo.
Adoré tu comentario en el París de Cortázar.
Gracias siempre.

Juan Herrezuelo dijo...

ROSSINA: Un París cortazariano que estuve a punto de recorrer y del que tenía ya plano con cruces de lugares inevitables, pero que... hubo de ser postpuesto sine die. Cosas de la economía.

Juan Herrezuelo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Herrezuelo dijo...

ISIDRE: Romanticismo como ruptura: del racionalismo dieciochesco a la pasión y la rebeldía de poetas y artistas que, en un número no pequeño, vivieron deprisa, murieron jóvenes e hicieron bonitos cadáveres –pienso en Percy Bysshe Shelley incinerado en una playa ante su esposa Mary, la autora de Frankenstein, y de Byron-.

Gracias por conducirnos a ese terreno tuyo de la pintura, por hacer ese recorrido tan evocador, de Turner –al que admiro mucho- al Surrealismo, tan útil, en efecto, en tiempos en que la realidad parece el pensamiento de un idiota llevado a la práctica.

De entre las cosas que no encajan en el “Libro de los Libros” es que ese Dios colérico, castigador, arbitrario del Antiguo Testamento sea de pronto el Dios del amor en el Nuevo. De las historias bíblicas reescritas –aparte de esa demoledora Balada de Caín, de Vicent- recuerdo ahora el perturbador relato de Borges “Tres versiones de Judas”, y también un apunte de fina ironía en la novela “Hermosos y malditos”, de Scott Fitzgerald, donde en apenas un par de párrafos el autor deja perfectamente definido lo que El Libro pudo ser en su origen, “un gran libro que logre para siempre burlarse de la credulidad de los hombres…”

Gracias a ti por entrar en esa biblioteca...

Isidre Monés dijo...

Y ademas, he corrido presto al estante de los libros religiosos
(en pro y en contra, por supuesto) y he devorado "Cain" de Saramago, que adquirí y medio tenia olvidado.
Ahora solo pienso en hacerme con "El Evangelio de Jesucristo", que medio leí en la pequeña biblioteca de una bella casas de turismo rural "Las Encantadas" en Saviñan, Valle del Jalón)
Siempre que voy de excursión, (lo mio no llega a VIAJES al uso) procuro comprar un libro o tomarlo prestado como en ese caso.
La excursión (de pequeño siempre vomitava de emoción la noche anterior, una vez en el zapato de mi hermano) siempre me predispone a un estado alterado de conciencia sin necesidad de tomar nada ilegal,
En esos caso, la lectura cobra otra dimensión, y libro y paisaje quedan grabados de forma indeleble.

Juan Herrezuelo dijo...

ISIDRE: De Saramago me quedo con El año de la muerte de Ricardo Reis, con la perturabadora Ensayo sobre la ceguera, CON la implacable La caverna... Gran Saramago.

Darwin Bruno dijo...

Excelente texto.

Ines Mota dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.