"cómo saber de qué color era tu sueño
a la temprana edad de todos
los espejos".
José Luis Campos Duaso
Hoy Estación
Suipacha, además
de ser una auténtica estación ferroviaria cuya existencia no conocíamos
entonces, la estación del municipio del mismo nombre, en la provincia de Buenos
Aires, hoy, repito, es una bitácora
en la red que en cierto
sentido pretende recuperar aquel espíritu reflexivo del programa de radio, un
espacio tranquilo y discreto y como fuera del tiempo, casi un refugio de
montaña donde imaginariamente bailotea el fuego de la chimenea y en cuya
ventana, empañada, permanecen las gotas de una lluvia reciente. Su responsable,
José Luis Campos Duaso, el camarada poeta, publica estos días un libro que es
un viaje en el tiempo y que, completando lo que hemos dado en llamar «la
trilogía Suipacha», es, más aún que mis Pasadizos o que Almería 66, de Francisco Ortiz, memoria viva de aquellos
días de vino y tertulias, pues no en vano los poemas que contiene fueron
escritos precisamente entonces.
Hay un pasaje en la novela La náusea, de
Juan Paul Sartre, en que el principal personaje femenino le explica al
protagonista qué es eso que ella considera «situaciones privilegiadas»: se
trata de la idea que se hizo siendo niña de determinados acontecimientos,
sucesos o escenas que aparecían en cualquiera de las escasas ilustraciones
incluidas en la Historia de Francia,
de Jules Michelet, cuyos volúmenes ella se llevaba al desván para hojearlos
largamente y a placer. Aquellas «situaciones privilegiadas», que a la fuerza
debían de tener un significado especial, pues habían sido elegidas como motivo
de esas ilustraciones, se quedaron grabadas en su mente y pasaron a ser, a lo
largo de toda su vida, materia prima de lo que llamaba «momentos perfectos». Yo
leí esto cuando estaba en tercero de bachillerato, y me sentí muy identificado
con la teoría, aunque bien es cierto que interpretándola a mi manera: para
empezar, no se trataría ya de grabados en un libro de Historia, sino de
secuencias, peripecias, planteamientos o simplemente gestos con los que se
fortalece el desarrollo de una película o de una obra literaria: esas ocasiones
serían las «situaciones privilegiadas», y cuando aparecen en la vida de uno se
convierten en «momentos perfectos». La vida y el arte andan desde siempre
imitándose mutuamente, sin que sea posible saber a ciencia cierta quién toma
más de quién. Pero no cabe duda de que en el arte existe una voluntad de
perfección consciente, elaborada, intelectual, por eso nos emociona tanto
descubrir esa misma perfección representada en la vida real, en nuestra vida.
Pues bien, todo cuanto ha rodeado a la publicación de Estelas de un
funambulista imaginario ha
tenido para mí la inequívoca y gozosa cualidad de un «momentos perfecto». Se
trata de una historia incorporada en varios actos a este argumento sin estructura
que es mi vida, como todas las vidas, esta suma de tramas y subtramas
improvisadas, de entre las cuales sólo una, la que tiene un nombre de mujer, le
da verdadero sentido a todo lo demás; pero eso ya es otra historia. La de este
libro de poemas, estas Estelas, comienza
hace más o menos un cuarto de siglo, con tres jóvenes de veintipocos años,
apasionados de la literatura, cuyos caminos se unen por azar en una ciudad del
sur. Es una historia que tiene su arranque, pues, a finales de los ochenta del
pasado siglo, con una tertulia literaria tantas veces mencionada aquí, y
prosigue de manera inmediata con aquel programa de radio, Estación Suipacha;
es una historia que se enriquece con otras presencias que van integrándose en
la tertulia en igualdad de condiciones, dándole cuerpo y solidez: Miguel Ángel,
Antonia, Juan, Carlos, Ana, Isabel, Jacinto... La mayoría de nosotros- pues es
de un nosotros de quien estoy hablando-, se inclinaba
por la narrativa; José Luis Campos, uno de los tres primeros tertulianos, se
avenía gustosamente a escribir algún que otro relato de aquellos que pactábamos
entre todos, pero era, esencialmente, el «camarada poeta», era el compositor de
versos increíbles entre los que fluía ya una madurez literaria y una sabiduría
que no dejábamos de admirar, era el que más moderadamente se planteaba aquello
de la vocación, pues antes aún que la de escritor le movía la de maestro.

Pero de la misma forma que el azar quiso unirnos, un buen día
quiso igualmente alejar de nuestro lado al camarada poeta. El amor, como en
toda buena historia, jugó sus bazas, y José Luis Campos no dudó en declararle
vencedor y en volcar en él todo proyecto de vida, y más adelante, cuando fue
necesario, en tomarlo de la mano y poner tierra de por medio; y no dudó tampoco,
según supe mucho tiempo después, en guardar todos sus escritos dentro de un
baúl y en olvidarse de aquella parte de su vida que estuvo ligada a la
literatura.
Debía de andar por entonces José Luis apartado ya de la Tertulia y
ocupado en cuestiones de la vida real mucho más prácticas, porque no recuerdo
cuándo se marchó a Barcelona, no recuerdo ese momento ni que mediara una
despedida formal. Sé que llegué a conocer fugazmente a su hijo de pocos meses
antes de su partida, y que de pronto dejó de estar, se hizo definitiva
ausencia, le añadió a la historia un viaje. La Tertulia continuó sin él durante
buena parte de la década de los noventa, brindándonos grandes experiencias
personales, y finalmente acabó deshaciéndose digamos que en el aire. Cada uno
de nosotros lo recordará a su manera y también a su manera podría explicarlo.
Pero cierto es que, sin dejar de tenernos afecto, tomamos caminos diferentes, y
que hasta ahora los hemos venido recorriendo siendo todo lo fieles a nuestros
sueños que las dificultades del vivir nos permiten. Tuvimos hijos, publicamos
libros, cambiamos de viviendas, entramos y salimos de varios trabajos, nos
enfrentamos a la enfermedad y nos desengañamos de muchas cosas, y durante todos
estos años, dieciocho años desde que se fue, nada menos, José Luis Campos fue
para mí el más ausente de todos, un recuerdo cada vez más lejano, una voz cada
vez más perdida en el laberinto de la memoria. Sencillamente: alguien del
pasado.
Pero he aquí cómo una «situación privilegiada» empieza a tomar
verdadera forma un día de marzo del año 2010, cuando, contra todo lo esperable,
recibí en mi correo electrónico un mensaje del camarada poeta, dieciocho años
después de su marcha, repito. Uno identifica con la literatura o el cine esos
giros imprevistos del argumento, ese volver a un lejano punto de partida para
cerrar un círculo y quizá empezar a trazar uno nuevo, ese espontáneo
reencuentro de los caminos de la vida tras muchas vueltas y revueltas por
separado, esa manera tan perfecta, en definitiva, de traer al presente un
pasado lejano. "La mejor manera de recuperar el tiempo invertido es
invertir el tiempo y decantar en él algo de literatura", me decía,
entre otras cosas, en aquel mensaje. Como la cosa más natural de este mundo, me
adjuntaba (nos adjuntaba a Francisco Ortiz y a mí, destinatarios del correo) un
par de poemas, los dos últimos que había escrito tras un silencio poético de
doce años, con los que quería recapitular y explicarse, precisamente, ese
silencio. Nos anunciaba además, una visita a Granada y Almería, y expresaba su
confianza en poder "reeditar nuestros encuentros". No volvimos
a vernos, sin embargo, hasta el mes de julio, y ya para entonces, gracias al
correo y al teléfono, nuestra amistad había recobrado buena parte de su
complicidad: hubo intercambio de largos mensajes, de viejas fotografías, de
textos desempolvados, de músicas propuestas; hubo incluso un relato a ocho
manos, las nuestras más las del joven Edgar Campos, savia renovada y brillante
transfundida a la Tertulia, una tertulia que así como si tal cosa echó de nuevo
a andar, un poco a tientas, es cierto, pues lo hacía en la oscuridad de la
distancia: no en vano ahora somos los vértices de un gran triángulo geográfico.

José Luis Campos en su ocasional retiro pirenáico
(Foto: Pilar Barrachina)
En algún momento, José Luis se animó a recuperar sus dos viejos
poemarios nunca publicados. Le imagino allá, en su casa de Canet, abriendo
aquel baúl o aquellas cajas, lo que sea que había guardado hasta entonces su
vida de poeta; abriendo carpetas, releyendo, rencontrándose con sus propios
versos; imagino un otoño de papeles mecanografiados despertando en sus manos,
imagino los poemas martillados letra a letra por una Olivetti. Para poder
compartirlos nuevamente con nosotros, los pasó a ordenador. Se trataba de
recordar aquella época, aquel esplendor en la hierba de nuestras expectativas
literarias.
Confieso que nada podía haberme preparado para mi propio
reencuentro con estas Estelas de un
fumabulista imaginario, cuyo título ya venía cargado de resonancias de un
ayer tan rico en aprendizajes, en ilusiones, en creatividad, un ayer mismo que
era de nuevo mis veintipocos años, de golpe. Imprimí los poemas en papel
anaranjado y los releí una y otra vez. Mentiría si dijera que recordaba un solo
poema completo: recordaba entre brumas el sentido de todos ellos, y sobre todo
me estremecía la certeza de haberlos leído mucho tiempo atrás; recordaba los
títulos de cada una de las partes en que está dividido el libro, particularmente
ese «Brumario del ochenta y siete», que me sacudió por dentro; recordaba el
efecto que entonces causaron en mí muchos de aquellos versos y también,
emocionado, versos en su exacta literalidad, fijados en mi subconsciente de
lector junto con frases completas de tantos otros escritores a quienes he
admirado desde muy joven y que me ayudaron a forjar un estilo propio. Versos
que revivieron en mí apenas leídos y que me trasladaron al pasado exactamente
como lo hace un olor, una melodía, un paisaje inmodificado.
Lo que más me fascinó, sin embargo, fue comprobar que aquellos
poemas eran todavía mejores de lo que yo recordaba; que las sensaciones que
estimularon en mí uno a uno, a medida que José Luis los escribía y nos los iba
dejando, se acrecentaban ahora con una mejor capacidad para leer y apreciar
poesía. Entre una lectura y otra cabe nada menos que mi encuentro con la obra
de José Ángel Valente y con la de Antonio Gamoneda, y del primero un ensayo muy
breve titulado Cómo se pinta un
dragón, donde se nos dice que el poema ha de retener de su naturaleza,
antes que todos sus sentidos posibles, lo que le constituye en rigor: "la fascinación del
enigma".
Una cosa percibí de inmediato en esa nueva y apasionada lectura de
los poemas: la música que late en ellos, que sonaba probablemente en su lejana
concepción y que pervive entre las palabras como un eco interior, esa música de
la que José Luis ha sido siempre fervoroso degustador, Glass, Mertens, Nyman,
Ciani, Roedelius, Cidrón, Hilario Camacho, Serrat siempre y en todo lugar (qué
más hubiera querido el camarada poeta que dejarse alcahuetear por las sábanas
de Irene, y columpiarse en sus alambres, y jugar a sus adivinanzas y
rompecabezas...). Que lo sepa quien se acerque a este libro: sus poemas están
habitados por la música, “dulce droga de
armonías”, de la misma forma que se abren hacia "un mosaico de lunas",
hacia un "crepúsculo
astrosófico" y unos "sueños cósmicos"
y un "universo
de dudas" y un "afán de idealidad"
y una "ilusión
de infinitos".
¿Sobre qué altura se trazan las estelas de su funambulismo? Tras
varias lecturas, uno ha de concluir que sobre la del presente, cualquier
presente en que los poemas pudieran ser leídos, pero particularmente sobre el
presente en que fueron escritos. El entonces joven y ya plenamente logrado
poeta transita hacia un futuro que menciona reiteradamente en sus versos: "un porvenir sin
vencimiento", "futuros de
incertidumbre", “provisión de porvenir”,
“hablamos del
futuro / como de un mundo a la deriva", castillos en el aire que
amenazan con desplomarse sobre “mi firme expectativa
de futuro”, futuro contenido en una luminosa bóveda invertida, un futuro
con el que encolerizarse, un “adiós para empezar a
creer en el futuro”, “una mañana de futuro
despejado”, un febrero “enfermo de futuro”,
“un vendaval de
futuro” que “arranca
nebulosas del camino”, “un futuro / de hojas
ingrávidas”... Nos dice, además, que "...suelen quedar
recuerdos / mezclados con una ilusión de futuro", y esa mezcla de
memoria y expectativas es constante en el libro: no en vano, aunque el
funambulista mira hacia adelante mientras recorre el vacío sobre el alambre
imaginario, es consciente de lo que deja atrás: “una infancia de cajas
enigmáticas”, dice, “luces pretéritas”,
caminos que han de llegar “al origen de los
cauces”, “un
motín de recuerdos”, “relojes que navegan /
un tiempo crudo y pasado”, una nostalgia que miente sin medida sobre el
pasado. Y sobre todo, con el poeta, “mapas de sueños”,
un “cielo de vela
ungida de esperanza”, incertidumbres también, sombras, “eternidades falsas”,
“aroma de infinito”,
el secreto de la eterna juventud, y, particularmente en «Noviembre boreal», la
cuarta parte del libro, el amor, las edades y los espejos: una “edad maldita de rabia”,
una edad que distorsiona febrilmente los rostros que navegan “en un ardiente mar de
espejos”, un futuro en el que mirarse antes de que fuera ya tarde...
“Los libros”, dijo Jean Améry, “no sólo tienen un
destino propio, también pueden ser destino”. Es el caso de estas Estelas de un funambulista
imaginario.

Yo vi al funámbulo
como instantánea luz,
solo en la línea única.
Cruzó el abismo
(sobre la vertical feroz del
miedo,
sobre el rencor oscuro de lo
ínfimo)
José Ángel Valente