viernes, 27 de julio de 2012

Lecturas (mágicas) de verano


Es cosa sabida que el verano invita a la lectura de novelas digamos espaciosas, ese tipo de novela extensa que contiene entre sus cuantiosas páginas una porción asombrosamente grande del mundo y un número no desdeñable de los seres de ficción que lo pueblan, una de esas novelas casi inabordables en otro momento del año, y en cuya lectura se va avanzando no a ratos perdidos, sino a lo largo de periodos de varias horas, de los que uno sale aturdido y con cierta dificultad para situarse con precisión en su entorno real. El tipo de novela al que uno se traslada durante semanas, y que dejan al final la sensación de haber vivido una vida completa al margen de la que se tiene por única.

Desde hace años yo aprovecho el verano para ir saldando cuentas pendientes con las más grandes novelas de la historia de la literatura, ésas que por una razón u otra no leí cuando al parecer debí hacerlo pero que hacen bueno el dicho de que nunca es tarde si la historia es buena y está bien contada. Recuerdo el verano que me vi complicado en los conflictos familiares de los Karamazov (fue un verano realmente fresquito), y aquél en que me enrolé en el Pequod, un ballenero del que era capitán un tipo muy muy pirado llamado Achab, el diablo le confunda; y recuerdo muy vivamente mi verano pasado, en que atisbe entre páginas la vida de Emma Bovary, que a su vez atisbó entre páginas las vidas que hubiera deseado llevar y en las cuales quiso convertir la suya.

De más está decir que en cuestión de libros prefiero los que se abren antes que los que se encienden: eso de encender un libro me trae a la cabeza aquellos cuatrocientos cincuenta y un grados Fahrenheit. No, no me gusta encender un libro: me gustan los que tienen pliegos cosidos, no batería. Y este verano me he mudado a La montaña mágica, de Thomas Mann. Vivo desde hace trescientas treinta y dos páginas en el sanatorio Berghof, en los Alpes suizos, al que llegué después de haber barajado seriamente la posibilidad de trasladarme a un castillo en los Montes Cárpatos (el viaje a la Transilvania de Bram Stoker me lo reservo para el invierno). Estoy experimentando el placer de comprobar por mí mismo que una de esas novelas que ocupan un lugar preeminente en la literatura universal, de la que has oído hablar toda tu vida, es tan condenadamente buena como han dicho varias generaciones de lectores. Con el impagable añadido de haber descubierto, además, que La montaña mágica encierra, antes que ninguna otra cosa, un estudio del tiempo, de su trascurrir o no, de su fugacidad, de cómo aparentemente huye o se estanca, de la “naturaleza del hastío”… Me entrego a las obligadas sesiones de reposo, me tumbo en la confortable chaise longe de madera y me envuelvo cada vez con mayor pericia –y figuradamente, claro está- en mis mantas, con o sin el termómetro en la boca; escucho a los personajes desde dentro del libro, los observo…

La última frase que he leído acaso encierre el sentido de toda la novela: “Hans Castorp nunca hubiese rebasado el plazo que se había fijado originariamente para su permanencia en el sanatorio si su alma sencilla no hubiese encontrado en las profundidades del tiempo una respuesta, de algún modo satisfactoria, respecto al sentido y fin de la vida”.

Sigo leyendo...

     Foto: JFH           

23 comentarios:

Diana H. dijo...

Estimadísimo Juan, qué ganas de verano y lecturas interminables que transmites... Yo acá en mi breve descanso invernal que toca ya a su fin, pero haciendo las valijas casi para irme a tu verano, y es que voy a andar por tus tierras y también con gratos encuentros, espero. Parece mentira los vínculos reconfortantes que esta comunidad del bloguerío nos puede aportar.
Un abrazo y que siga tu disfrute.

Marisa dijo...

Efectivamente, cuando llega el verano yo también soy una adicta a las "novelas extensas", bien aquellas que han quedado rezagadas en un tiempo determinado, bien aquellas de nueva publicación. Como muy bien describes en el primer párrafo de tu entrada, es en verano (al menos para mí) cuando puedo seguir con mayor continuidad tramas extensas. Y me encanta hacerlo.
No he leído esta de Thomas Mann aunque si lo hubiera hecho tampoco te diría nada al respecto.

Disfrútala, Juan.
Un beso.

PD: por cieto, la composición de la fotografía es francamente preciosa...

Horacio Beascochea dijo...

Juan: es invierno por acá, pero coincido en que el verano es ideal para leer aquellos libros extensos que tenemos guardados entre nuestros anaqueles.

No he leído a Mann, y es uno de los que está siempre pendiente, así que no puedo opinar mucho al respecto. Lo que citaste es muy bello y uno queda con ganas de más.

Abrazo, que lo disfrutes

abril en paris dijo...

Esa sensación de aturdimiento a la que aludes es uno de los efectos maravillosos que tiene la literatura envolvente..uno de los placeres que nos van quedando para esos ratos en que uno se hace compañia y el resto de mundo no existe con la excepción de los espacios que habitas en un libro, en sus páginas, sí, las de "verdad" las que se pasan y no se encienden.
Leerte aquí tambien me encanta aunque en éste caso si enciendo la pantalla.

Un beso de verano

P.D. La foto es bunisima.Ya la quisiera la editorial..

Juan Herrezuelo dijo...

DIANA: Te deseo que disfrutes de estas tierras, y sobre todo de los encuentros: los viajes sin el añadido del factor humano son menos viaje y más turismo.

MARISA: La foto está hecha en las salinas del Cabo de Gata, de las que tú has estado cerca alguna vez. No se aprecia a causa de la distancia, pero el agua está llena de flamencos. Un lugar mágico, sobre todo en primavera.

HORACIO: Yo me acerco a Mann por primera vez, y por ahora está resultando muy placentero. Y es curioso, pero estos días, cada vez que le decía a alguien que iba a leer esta novela, la respuesta era un evocativo y soñador: ¡Ah, La montaña mágica!

Un abrazo, amigos. Y felices lecturas.

Juan Herrezuelo dijo...

ABRIL: Recién regresado de tu apartamento, te leo aquí con tanto placer como siempre y... apago el Loser para ir a mi Montaña mágica, una horita de lectura antes de acostarme: amigos y buena literatura. Un beso.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

No te interrumpo, o lo hago con brevedad. La Montaña Mágica es un ochomil de ésos que los alpinistas se imponen para sentirse felices consigo mismos. Yo la leí en una edad imprudente quizá. La releeré en otro verano. O en invierno. No sé. En verano prefiero tochos de menos envergadura. Tochitos. Soy muy de cuento en verano. Muy de ensayo. Muy de blogs. Muy de mí sin tenerlo claro del todo. Un abrazo, amigo. Buena la foto, sí, señor.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Mira, yo antes de irme a la cama voy a seguir con mis mitos de Cthulhu. Lovecraft es más de invierno, lo sé, pero yo es que vivo debajo de mi mitsubishi... Otro abrazo.

Myra dijo...

Hubo un tiempo en que fui mucho de devorar libros extensos y desde luego la mejor época es la de el verano. Las horas pasan a una velocidad de vértigo cuando el libro que tienes entre las manos te atrapa en su historia. Tú describes de maravilla esa sensación de aislamiento que ejerce sobre nosotros una nuena lectura. Últimamente soy más de historias breves pero las disfruto igualmente.

Un beso

Fer G.M. dijo...

Hola de nuevo, Juan. Muchas gracias por tu tiempo para hablarme sobre las diferentes traducciones de El gran Gatsby, me sirvió mucho.

Vuelvo a faltar el respeto de no hablar sobre esta entrada propiamente, aunque he de decir que yo aprovecho el verano para enfrentarme más a bien a libros difíciles y pendientes que a obras largas por aquello de disponer de más tiempo para saborearlas y no dejarlas a mitad.

He buscado algún e-mail de contacto, pues me gustaría dirigirme a ti de forma privada, y sin tratar otros temas que los que escribes en este blog. ¿Podrías darme una dirección para escribirte? Bueno, que vaya bien, ante todo, ¡buen verano!

Francisco Machuca dijo...

Mi querido amigo,es una buena opción de lectura.Estoy totalmente convencido de que esta novela ya no la lee nadie y es una lástima.Me gusta el personaje Castorp que queda muy seducido por la vida repetitiva de los pacientes del sanatorio,que parecen víctimas de un extraño hechizo.Su imaginación se ve cautivada por una serie de personajes,trazados de modo muy vívido,que han llegado a la montaña para recuperarse o para morir.A medida que Castorp va aplazando sus planes de regreso al mundo que queda más allá de la montaña,y a medida que las semanas se convierten en meses,y los meses en años (nada que ver con El desierto de los tártaros),parece como si el tiempo se hubiera detenido,Y junto a Hans Castorp,llegamos a experimentar la intensidad de todos los momentos formativos-trágicos,eróticos,mundanos,absurdos-de esos siete años de sanatorio,suspendidos en un presente absoluto.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque yo estoy ahora con las Memorias de Casanova;dos siglos antes de la historia de Castorp.Casanova todavía no estaba para refugiarse en el fin de la Historia,en el fin de la literatura.Al italiano todavía le quedaba por delante todo el libertinaje del mundo... Estoy imaginando que tu imaginación está en La montaña mágica al mismo tiempo que yo estoy en el siglo XVIII con fugas carcelarias y mujeres y más mujeres.Amigo,la literatura es lo más grande que ha podido inventar esta especie tan rara.

Feliz lectura y un fuerte abrazo.

José Luis Martínez Clares dijo...

Este verano voy cargado de brevedades, aplastado por el peso que tienen algunas obras pequeñas, que no menores. Son tiempos para huir de lo voluminoso, para esconderse en ideas claras, en preguntas concisas. Paso las páginas con pesar. El tiempo corre más aprisa que los ojos y el coronel aún no tiene quien le escriba. Un abrazo

Juan Herrezuelo dijo...

EMILIO: Un largo fin de semana en familia se resuelve a esta hora de domingo en una ronda por este otro lado del espejo. Setenta páginas más adelante, La montaña mágica me sigue pareciendo una enorme novela, en el sentido más profundo del término. Nada queda de mis temores iniciales –vaya usted a saber cuál era el origen- de encontrarme con un “Ulises” a la alemana. El ochomil de Joyce es mi gran fracaso como lector, pues no llegué ni a establecer un campamento base. Me di cuenta muy pronto de que ni todos los sherpas de este mundo me iban a conducir hasta la última página, y di la vuelta sin rubor ninguno: soldado que huye sirve para otra batalla. Para esta de Thomas Mann, por ejemplo. Abrazos.

Juan Herrezuelo dijo...

MYRA: Habitualmente, esas novelas que escojo para perderme en ellas durante el verano son como “mobydicks” que de tan grandes atraen a una multitud de gaviotas de menos páginas que lo acompañan en su viaje, libros más breves que me ayudan también con los calores, poesía, por ejemplo, alguna novedad que me ofrezca garantías, relatos…
Un beso.


FER G. M. Bueno, “Scott Fitzgerald” es de los pocos asuntos en los que todavía siento que puedo serle útil a alguien, porque él y yo llevamos muchos años y muchas biografías juntos. Me alegro de que te sirviera mi información sobre las traducciones del Gatsby.

Juan Herrezuelo dijo...

FRANCISCO MACHUCA: La literatura y la música, sin duda las dos aportaciones más grandes de la humanidad: una alimenta y a un tiempo refleja nuestra imaginación; la otra dialoga con la parte más íntima de nosotros mismos. La primera marca la diferencia de nuestra especie con respecto a todas las demás, la segunda justifica que tal diferencia exista.

Desde luego te deseo que tu estancia en la Venecia del XVIII te sea tan placentera como la mía en los Alpes suizos. Creo que tu Giacomo era menos pacato con las mujeres de lo que me está resultando este Hans: yo he sido más de éste último.
Buen verano y un abrazo, amigo.

Juan Herrezuelo dijo...

JOSE LUIS M.C. Varias “breverías” suman una obra extensa con muchos vericuetos y paisajes distintos y climas diferentes. Yo es que estas novelas tan largas e intensas no las disfrutaría igual si sólo pudiera ir leyendo quince o veinte páginas al día durante el resto del año. Sí hay, por el contrario, libros que te piden una lectura digamos a pellizcos.
Ay, la literatura…
¿Y que haya tanta gente que no lee nunca?

V dijo...

Es una elección con la que el acierto está garantizado. No voy a añadir nada de este clásico siempre vivo.Esa idea de una hora antes de dormir es tan sencilla como estupenda. Debiera recetarse por prescripción facultativa.
Todas las estaciones son propicias, pero esta del verano sin lectura no me la imagino. Que lo disfrutes again. Por cierto, algunos libros lo que hacen es encendernos las pilas a nosotros. Un abrazo.

Raúl dijo...

No es mala idea la tuya la de aprovechar el verano para saldar esas deudas -ser buen pagador está en desuso- ni tampoco la de bautizar las lecturas estivales como "espaciosas".
En cualquier caso yo nunca he entendido demasiado bien la diferencia existente entre lecturas veraniegas o invernales. Así, cuando por doquier nos llegan recomendaciones con el sello "lecturas veraniegas", siempre me he preguntado si esos libros podrían mojarse, como un reloj acuático cualquiera.
Sonrío.
Buen verano, amigo mío.

Juan Herrezuelo dijo...

V: Sin duda son las pilas de uno las que se cargan con la lectura. Y sé bien que sólo soy uno entre muchísimos que no concibe acostarse sin haber leído un rato. Sería el único consejo del médico que seguiría al pie de la letra: soy el más indisciplinado de los enfermos.

RAÚL: Las largas lecturas de verano tienen algo que ver con esas horas muertas de la siesta en que tú eres el único despierto en la casa, con el sonido de la chicharra, con la sombra fresca de un árbol. En un viejo artículo, Muñoz Molina decía recordar los veranos de su vida “como las estaciones sucesivas en que se le fueron revelando los dilatados reinos de los libros”.

Un abrazo a ambos: un abrazo encuadernado y con letras de oro en la portada.

madison dijo...

Por cosas de la vida hace unos años tuve que cambiar de estación el hábito de leer "tochos", antes hacía como tú, ahora lo hago en un mes, que nunca es el mismo, de invierno.
Estoy deseando ponerme con Parrot y Olivier en América, libro que permanece a la espera desde hace tiempo.

Al principio no entendí a qué te referias cuando dices, libros que se encienden!!

Por cierto tengo la misma edición que tú de La montaña mágica

Un abrazo Juan

XuanRata dijo...

Hace años que espero un verano adecuado para emprender el viaje a La montaña mágica. Ese perpetuo aplazamiento seguro que significa algo importante y lo más probable es que la solución se encuentre precisamente en las páginas del libro.

Un abrazo.

pepee3 dijo...

Hola Juan, visito a veces tu blog y casi nunca escribo, y cada vez que lo hago es para lo mismo jeje
Precisamente en mis lecturas de verano pensaba incluir "la montaña mágica" o el "drácula" de Bram Stoker (aunque sea más invernal como dices), lo que pasa es que desde que me enteré del caso de "El Gran Gatsby" que tiene ¡8 traducciones!,entonces me da que pensar,si lo leo,lo leo bien, porque parece ser que las traducciones "de siempre" de muchos clásicos no son tan buenas como parecen, y las nuevas nunca se sabe.Así que te pido consejo para que me recomiendes una o un par de traducciones de... por ej de la "La montaña mágica"(la de Isabel García Adánez me han dicho que bien, no sé tú que opinas),"los miserables","drácula" de Bram Stoker, "on the road"...y me paro que no hay que abusar.Gracias y un saludo

Juan Herrezuelo dijo...

PEPEE3: En una de mis últimas entradas doy cuenta de la ¡novena! traducción del Gatsby: más increíble todavía. Yo te aconsejo para este verano “La montaña mágica” (leí la traducción de Adánez y me gustó, aunque no tengo con qué compararla; Muñoz Molina también la ensalzó). El “Drácula” lo leí después y, francamente, esperaba mucho más. No es mala novela de verano tampoco la de Kerouac (leí la traducción de Martín Lendínez en Anagrama). Víctor Hugo es una de mis deudas pendientes.
No es cosa de poca importancia la traducción que se elija. Me cuentan que a Ross MacDonald, el genial escritor de novela negra, le están cambiando radicalmente el estilo en las últimas traducciones, por ejemplo, eliminando toda la carga de lirismo que posee en inglés. La traducción de “Ana Karenina” en que voy a sumergirme este verano o este invierno me da mala espina, pero es la que ha llegado a mis manos.
Un saludo.