LA AGONÍA DEL CREPÚSCULO
Todas las despedidas se ocultan en la noche
unánime;
y todas las noches en una despedida,
respondió el espejo.
Pero ya los ojos eran simetría de una ausencia,
eran la mirada desde ese estanque
que una mano
aproximada
perturbaría en ondulaciones de mercurio;
eran ya soledad allí donde rondaba el pulso herido de Lorca,
allí mismo, tras los márgenes,
en signos dudosos de vida
más allá de este espejismo.
A este lado han pasado veinte años y esta noche.
El silencio ha cerrado sus puertas a mi espalda
y la lluvia es como la inminencia de un rostro en la ventana,
como una mano resbalando en el cristal
mientras afuera el viento embravece marejadas en las ramas,
tempestad de hojas batidas,
temblar de postigos.
Yo, una oscuridad inmóvil y asediada.
Pero no hay bajo las sábanas un niño,
aquél en quien el miedo establecía colonias de vigilia,
sino este adulto y este dolor físico y este escuchar
en verso futuro.
Al alba perdura el dolor
y en el dolor un tramo de letargo:
dormido está el cuerpo del brazo al índice,
y en convenio de agonías crepusculares
escribo sosteniendo el lápiz
entre el pulgar y la nada.
Este volver fue, al fin,
ya veis,
llegar al vientre fibroso de un dedálico universo
-pecado de transcripción poética-,
y aquí me afirmo,
aquí tan oscuro,
aquí fatalmente,
en el centro de todos los deseos
aún no doblegados.
Noviembre 2010
En toda mi vida no he escrito más de cinco poemas. Éste nació como homenaje a aquel primer título que pactamos en la primera época de la Tertulia de la Calle Suipacha, “La agonía del crepúsculo”, a partir del cual tres de nosotros debíamos escribir un cuento. El pacto incluía también, como evoqué ya aquí, una primera frase y una determinada escena. Por razones que hoy se me escapan, cuando envié mi versión al premio de narrativa Villa de Benasque, en su edición de 1989, le cambié el título por “Vida más allá de este espejismo”, y con este título, con esta nueva y simulada identidad, pasó también al libro Desde el lugar donde me oculto.
Que hace año y medio yo me atreviera con una forma de expresión literaria en la que mi voz siempre me ha sonado titubeante tuvo mucho de voluntad de jugar sobre el juego, de intentar una variación sobre aquel desafío y, sobre todo, de mostrarles mi afecto y mi reconocimiento a los viejos camaradas Francisco Ortiz y José Luis Campos.
Al publicarlo aquí lo libero magnánimamente de la pena a cajón perpetuo a la que había sido condenado.
Foto: JFH








