lunes, 19 de agosto de 2013

El centro del laberinto

Los años 2001 y 2002 escribí para el diario La Voz de Almería una serie de artículos en los que fui contando a mi manera cada una de las corridas de toros de la Feria. La crítica del festejo la hacía, magistralmente, Jacinto Castillo (por cierto, antiguo miembro de la Tertulia dela Calle Suipacha reencontrado pasados los años), y yo ponía, con un día entremedias, el punto de vista literario. Estos artículos llevaron por nombre genérico EL CENTRO DEL LABERINTO, aunque sólo el primer año tal denominación estaba explicada. He rescatado los artículos de aquel 2001 y los he despojado de las referencias a cada una de las corridas que les servían de escusa, de tal manera que los fragmentos tengan un sentido propio ahora que un nuevo ciclo taurino se inicia en la ciudad a la que he regresado hace tan poco.

 Joselito. Almería, 1998 (Foto JFH)


(20 de agosto de 2001)
Rito ibérico en lo histórico, suma de mitos en lo literario: ambas raíces del toreo son milenarias y poco importa si se confunden en lo profundo de la imaginación, en el subsueño colectivo. En cualquier caso, los pormenores del espectáculo al que asistimos en el presente son fundamentalmente fruto de tres cambios que en la forma de correr los toros se operaron durante el siglo XVIII: el plebeyo peonaje le gana el protagonismo al caballero de quien hasta entonces era mero asistente; un Francisco Romero muy anterior al Faraón de Camas usa por primera vez una muleta, de lienzo y blanca, para que poco después Costillares supiera sacarle partido en la tesitura de matar al toro al volapié; y, finalmente, otro Romero, Juan, reestructura las cuadrillas y establece así la manera en que irán definiéndose las futuras estrategias de la lidia. Sea ese siglo, pues, la frontera que divide las tauromaquias remotas y las modernas: al otro lado la evolución de la cultura táurica es lenta, desde la civilización caldea a la ibérica, del culto a Cibeles o Mithras a los solemnes rituales en honor a Apis, del rapto de Europa a Maratón, de la Edad Media al Renacimiento; de este otro lado, esa evolución se produce a lo largo de casi tres centurias y a partir de cambios no tan sustanciales como cabría pensar. Pero hay un misterio común: sobre el antes y el después se yerguen las figuras de Teseo y del Minotauro, y sobre ellas dos el símbolo del laberinto.
Se cuenta que la Criatura encerrada en su centro recibía cada nueve años el sacrificio de 14 jóvenes, y Borges cifra en 14 el número de entradas a la casa dedálica de Asterión-Minotauro, una menos de las que tuvo en su origen la plaza de Almería. Para que Teseo pudiera regresar sobre sus pasos una vez se hubiera enfrentado a aquel ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, Ariadna le dio el extremo de un hilo que él iría desovillando a lo largo de las múltiples callejas y encrucijadas que constituían físicamente el laberinto. Con  el hilo en una mano y la espada en la otra, el héroe griego se adentró en busca del centro y del Solitario que lo habitaba, y allí, lejos de las miradas de todos, le dio muerte. Si nos atenemos al sentido clásico del mito, su victoria representa el triunfo de la razón helénica sobre la superstición, de las dimensiones diurnas sobre las nocturnas, del intelecto sobre la vida instintiva; de acuerdo con la interpretación que del mismo hizo Julio Cortázar, sin embargo, la muerte del Minotauro se debe al «horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado»: Minotauro, señor del juego, dice Cortázar, amo del rito. Valga la combinación de ambos significados contrapuestos para entender que, en cualquier caso, es el toro el protagonista de la corrida; valga también como invitación a observarlo desde que aparece en el ruedo, a él sobre todo, a estudiarle, a admirarle, a ser también los ojos con que lo mira el hombre que habrá de hacer arte fugaz mediante el enfrentamiento con él. 
Pero, ¿y el laberinto hoy? Como curiosidad diré que en la plaza de Almería quedaba hasta el año pasado un fragmento diríase que arqueológico que recordaba la antigua existencia del ingenio diseñado por Dédalo: al cambiar la puerta a través de la cual los toreros entran desde la calle al patio de cuadrillas no se accedía a éste de manera directa, sino recorriendo, casi agachados, una suerte de pasajes estrechos, doblando recodos, subiendo y bajando algún que otro escalón de piedra. En cualquier caso, el verdadero laberinto hoy es otro, y es simbólico: la realidad, y cada uno de nosotros, espectadores, como representación de ella. Una realidad que parece negar la pervivencia del mito y a la vez la asume como interna a través de la emoción. Una realidad que cerca el círculo donde la irrealidad se desarrolla: solos toro y torero en el centro. (“Querencia literaria”)

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(21 de agosto)
Laberinto, sí, y en el centro el ruedo: moneda de arena que acuñaron los dioses, casilla zodiacal, encrucijada de lo sagrado y lo pagano, mandala, casa de Asterión, primero o último de una serie de círculos concéntricos que acaban o empiezan en el perímetro del Mundo. Y alrededor una base de cemento sobre la que se asienta, ya dije, el laberinto de la realidad. (“Una voz a mi lado”)

Finito de Córdoba. Almería, 2000. (Foto JFH)

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(23 de agosto)
El tiempo en el laberinto no se corresponde con el que los espectadores llevamos atado a la muñeca. Para el imaginario colectivo siempre serán las cinco de la tarde en el laberinto, pero enredado en sus recodos el tiempo posee su propia naturaleza: a veces es tiempo detenido, a veces premioso, a veces, las más, inexistente, a veces incluso inverso; es único, en cualquier caso, y los adjetivos que se le añadan siempre serán meros intentos de codificación. No hay forma de medirlo, y sin embargo juega con elementos de todos los relojes: reloj de sol sobre una esfera de arena, media luna creciente de sombra, clepsidra si el temple del muletazo es líquido, si la lucha es lenta y como entre cuerpos sumergidos, reloj de péndulo oscilando constantemente del triunfo al fracaso, del fracaso al triunfo, reloj de música en los pasodobles, de cuco en el chillido de una golondrina. Nuestro reloj de pulsera no lo miramos en la plaza para saber qué hora es sino qué hora sería si no hubiéramos venido, para tensar ese particular hilo de Ariadna que el matador sostiene, que nos atraviesa y que acabará sacándonos del ámbito mágico de la corrida. (“Pliegues del tiempo”).

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(27 de agosto)
La muerte de Agostero [el último toro de la última tarde] nos fue devolviendo a todos la medida de la realidad que el laberinto había dejado en suspenso durante siete días. No existe el tiempo allí dentro tal y como lo conocemos, ya lo dije. Habíamos entrado en pleno verano y ya el sábado las puertas exteriores nos arrojaron a un atardecer como de septiembre, como de principios de curso, como de antesala de otoño. En nuestra memoria conservábamos la elegancia centáurica de Hermoso de Mendoza, la pierna adelantada de El Califa, la finura de Finito, la maestría incontestable de Enrique Ponce, la transfiguración de Jesulín, el jubiloso quehacer de Puerto, la abrumadora torería de Ruiz Manuel, la ausencia de El Juli y de José Tomás (ese samurai del toreo, como le definió Joaquín Sabina), el pellizco de Morante, el glorioso capote de Curro Vázquez, el heroísmo de coliseo romano con que Pepín Liria respondió a su ausencia inicial en los carteles. Hay otros laberintos, pero hasta el próximo agosto no estarán en éste: la base de su representación almeriense se fue quedando desierta el último día, y los espectadores desandábamos con nostalgia anticipada las galerías que habíamos abierto en nuestra propia cotidianeidad para asistir al rito totémico celebrado en su centro. Vacía y sola, la plaza iba convirtiéndose poco a poco en lo que será durante los próximos meses: un mero edificio. Únicamente los ecos lo habitarán; las lluvias del invierno extraerán de entre sus junturas hierbas y musgo, la cal irá cuarteándose y desprendiéndose, todo en él parecerá arquitectura milenaria en no demasiadas semanas. Lo es ya, en alguna medida. La renovada lucha entre Teseo y el Minotauro le dio cuerpo y vida a sus tendidos, pero de este lado de la realidad se nos antoja que quizá todo fue producto de nuestra imaginación. (“Se desvanece el laberinto”)

José Ignacio Uceda Leal. Almería. 2000 (Foto JFH)


martes, 13 de agosto de 2013

Todo pasa y todo queda


Qué pronto se vuelve pasado aquello que estuvimos meses planeando, lo que sentíamos que se acercaba ya, lo que fue excitado reencuentro después de tantos años, y primeros abrazos, y callada estimación de los cambios, y poco a poco convivencia que muy pronto nos empezó a parecer más habitual que la larga separación. Primero es un inapreciable deslizarse hacia el ayer mientras aún hay días por delante, cuando quedan unas brazadas en la piscina y otros paseos por la orilla del mar y un acomodarse alrededor de la mesa de un restaurante o de una heladería y queda una nueva compra en el supermercado. De pronto esos días que aún hemos de pasar juntos son ya muy pocos, llega la primera despedida, parece mentira, y el viaje al norte, una etapa distinta del reencuentro, más breve y ya no al completo, más arraigada en el origen, y entonces hay un último día y una última noche en la que cuesta dormir y un cargar las maletas en el coche y un adiós al alba y todo acaba ahí, en esas lágrimas que tragas, en esas silueteas que permanecen en el portal, y el pasado está próximo todavía pero va ensanchándose como se ensanchan las distancias, porque para estar de nuevo juntos ha sido necesaria una compleja maraña de combinaciones de avión y largos trayectos por carretera y ahora todo ha terminado, sí, y se aleja en el tiempo. No somos muchos, apenas ocho, y sin embargo sumamos ya cuatro generaciones. En el ahogado estupor de la despedida sentimos el miedo de que sea para siempre o en todo el tiempo que en cualquier caso habrá de pasar hasta la próxima vez, porque no para todos pasará de la misma forma, el bebé será un niño que hablará y correrá, la niña será una adolescente, los ancianos más ancianos, el resto trataremos de evitar que los años nos castiguen demasiado. El más pequeño no recordará aquel verano en España en que cumplió un año y dio sus primeros pasos y flotó en el Mediterráneo y pasó bajo la sombra de catedrales y de cigüeñas y señaló con el brazo extendido a los majestuosos cisnes que se deslizaban lentos en las aguas del Carrión y probó sabores nuevos y fue reconociendo cada día nuestros rostros hasta que nos hicimos familiares para sus inmensos ojos azules. Quedan los regalos y las fotos y, en los mayores, al menos estos primeros días, el lamento por las cosas que se hubieran querido hacer y no se hicieron y ya no serán posibles, pero sobre todo queda el recuerdo de tantas cosas, la evolución de la luna cada noche desde la terraza del sur, las estrellas, el rumor del mar rompiendo contra la orilla, la humedad en el aire nocturno, el gintónic en vasos pequeños, la telenovela de las seis que los abuelos llevan siguiendo desde hace años, los guantes de baseball y el peloteo en el césped, los largos toboganes del parque acuático, un guateque al atardecer con cena mexicana, la fiesta sorpresa de cumpleaños, los exámenes en inglés y por Internet superados con la nota más alta, el coñac en el café, la paella un domingo, el repelente de mosquitos, el calor sofocante en los dormitorios, esa inolvidable conversación hasta las tantas de la madrugada en que un hermano comprendió al fin a su hermana, sí, y volvimos a ser los que fuimos, y lloramos, y reímos, y unos días después vino ese primer adiós, torpe y emocionado. 

Quedaba despedirse de otras tres generaciones de una misma familia, la mía.

Y es tan duro.

Ahora toca volver, no con la frente marchita sino reverdecida de recuerdos. Y el calendario dice que el verano continúa, pero yo creo que se equivoca. El verano ha pasado ya, aunque queda en la memoria.


Fotografía: Palencia, 8 de agosto de 2013. JFH

viernes, 5 de julio de 2013

Antonio Gamoneda, sombra y luz

                                                     Foto: Xavier Cervera (La Vanguardia)

Tengo tan solo dos libros del poeta astur-leonés Antonio Gamoneda, pero en ellos se reúne buena parte de su obra literaria. Uno contiene en su título la palabra sombra, el otro la palabra luz. Un armario lleno de sombra son unas memorias de infancia publicadas en 2009; Esta luz, editado también por Galaxia Gutenberg, recoge y ordena la poesía por él escrita –y con frecuencia corregida- entre 1947 y 2004, es decir, con anterioridad a la concesión del Premio Cervantes. «Hay luz dentro de la sombra», dice uno de sus versos, y otro «La luz es médula de sombra», y también: « (…) No / hay sombras ni agonía. Bien: / no haya más que luz. Así es / la última ebriedad: partes iguales / de vértigo y olvido». En el primer párrafo de sus memorias de infancia lo explica más claramente: «En el olvido están los recuerdos»; del mismo modo, las páginas de Un armario lleno de sombra descubren –o confirman-, con conmovedora sencillez, el origen biográfico de muchas de sus imágenes poéticas, de esos símbolos cerrados en sí mismos. Estamos en ese territorio que la vejez y el olvido van conquistándole a la memoria; estamos entre el vértigo y la lentitud, entre la evocación y la pérdida.

Hasta el 21 de octubre de 2010 yo no había leído ni una sola línea escrita por Antonio Gamoneda. Ese día fui invitado a recibirle en la estación de Almería, ciudad a la que él acudía para participar al día siguiente en el ciclo de conferencias “Desde la ciudad celeste”, dedicado a José Ángel Valente, y me pareció lo más indicado indagar previamente en su biografía y conocer alguno de sus poemas. Busqué en Internet y encontré unos versos que se han convertido para mí en una especie de abracadabra sentimental: sentir la vida de los camaradas / es ser camarada de uno mismo. Horas después tuve ocasión de decirle lo mucho que me gustaba aquel poema. La tarde del día 22 yo estaba sentado entre el público que había acudido a la conferencia; mientras Gamoneda se acomodaba tras la mesa de oradores, la persona que estaba a mi lado me tendió un ejemplar de Un armario lleno de sombra, que traía para que el autor se lo dedicara. El poeta –la persona, más bien- me había ganado por completo la noche anterior, durante la cena, gracias a su sencillez y a la amenidad de su conversación, pero apenas leí allí mismo las dos primeras páginas de sus memorias de infancia quedé absolutamente conmovido por la belleza de su voz literaria. Tres meses después tenía esos dos libros suyos a los que me he referido, y se había convertido ya en uno de mis escritores imprescindibles.

He vuelto a leer estos días Un armario lleno de sombra, temiendo que acaso hubiera desaparecido ya de mi memoria esa otra voz conversacional con la que lentamente nos desgranó durante aquellos días muchos de los recuerdos que contiene el libro. No ha sido así: he seguido oyéndole mientras avanzaba en la lectura. En estos casi tres años no ha habido otro libro que yo haya recomendado con tanto ardor, y siempre es una invitación a dejarse emocionar por ese reencuentro entre un anciano y el niño que fue, entre el hoy llevadero y las duras condiciones de su infancia.






    “Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura”.       

Antonio Gamoneda







Cuando Antonio Gamoneda habló de la cultura de la pobreza en su discurso de recepción del premio Cervantes, vino a condensar en un solo párrafo el contenido de estas memorias de infancia: afirmó que en 1936, cuando él tenía cinco años, había en su casa un único libro, en el que aprendió a leer, un libro que a un tiempo le atraía y le recordaba su condición de huérfano, pues era un libro de poesía escrito por su padre; que su «primera información de la vida civil consistió en advertir la horrible represión en el barrio más tristemente obrero de León»; y que empezó a trabajar al día siguiente de cumplir catorce años: a las cinco de la mañana, estando su madre desde hacía horas con la cabeza inclinada sobre una máquina de coser, él cargaba carbón en la caldera del Banco Mercantil.

Ese reencuentro entre el poeta y el niño que fue sesenta años atrás ocurre en un espejo, el del armario de su madre ya muerta. La visión sucede casi al mismo tiempo en que el chasquido de la llave al girar en la cerradura interviene en la percepción del tiempo y le trae vagas sensaciones de pasado. El armario sólo lo abría su madre, y en el interior están sus objetos más personales, aquellos en los que perdura, aun cuando se trate de una perduración en ausencia: sus olores, sus ropas de abrigo, sus bolsos, todo aquello que habla de una callada abnegación maternal, de humildad, de tristeza también, de las circunstancias en que se produjo su temprana viudez, del final de una vida, de la decrepitud y la extenuación inmóvil y el cese del pensamiento. Y en esa gran luna del espejo el poeta busca una menuda excoriación del azogue descubierta de niño, durante una de sus muchas convalecencias. Recuerda la escena, se recuerda niño, bajando de la cama, acercándose al armario, mirándose en el espejo. No es un mero recurso literario, un ardid narrativo: el niño en el espejo se convierte en un «viejo irreal», y el poeta advierte que el viejo es él mismo. «Después, la profundidad visual se hizo alucinatoria: busqué insensatamente la mirada del niño que hacía teatro con su propia belleza»… Repito: es ésta una lectura que supone inevitablemente un viaje al centro de una emoción cada vez más intensa.

Al internarse en el armario –al sacar las cosas que hay en él y revisarlas- se interna en esa sombra, pero también en la luz («Hay luz dentro de la sombra», hay recuerdos en el corazón del olvido). El niño al que vuelve, y que nos acerca para que lo conozcamos, perdió a su padre antes de cumplir un año, se trasladó con su madre a León, desde su Oviedo natal, a los tres, vivió un tiempo en una casa de vecinos de un barrio proletario, niño único entre adultos cuyo extraño mundo no podía sino confundirlo: un mundo de privaciones y frío y extrañas actitudes que no comprende, de trabajo, de guerra, de rostros de hambre y cadáveres entre cañaverales y cuerdas de presos, del sonido de la carcoma en las maderas del inmueble, y el de las palomas en el desván, y el de las voces de los pregoneros, los vendedores ambulantes, los afiladores, los charlatanes; un mundo de peligros y niños ahogados y el grito amarillo de las mujeres que en mitad de la noche tratan inútilmente de impedir que se lleven a sus maridos, sabedoras de que no habrán de volver a verlos con vida, y también el sonido acogedor de las canciones de las mujeres en sus labores y de las niñas en sus juegos: el Gamoneda maduro lamenta que esas canciones se hayan perdido, como tantas otras cosas hermosas y útiles devoradas para siempre por la televisión. Era aquel mundo de entonces un mundo de nieve, y de las interminables choperas que bordean el río Bernesga, y del helor de los barrotes del balcón grabándose en el rostro mientras ve pasar, en largas filas, a los presos republicanos que son conducidos al penal de San Marcos, «hombres cenceños», dirá en Lápidas, «hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte», y es entonces, instante del pasado hecho interminable presente, cuando la mano de la madre, sigilosa pero firmemente, le retrae hacia el interior de la habitación, hacia la oscuridad, la protección, el silencio... Su poesía está atravesada por todo eso. 

22/10/2010. Gamoneda en Almería. Foto de grupo: 
el poeta es el primero; quien esto escribe, el último

Cuando unos meses después empecé la lectura de sus poemas (libro a libro dentro de uno solo, Esta luz), me di cuenta de que estaban muchos de ellos arrancados de sus propios y más antiguos recuerdos, que eran memoria fermentada en la interiorización: hay conexiones entre todos –o casi todos- sus poemarios, de tal manera que unos y otros completan significados que parecían herméticos, y en Un armario lleno de sombra asistimos a una confesión vital y poética de muchos conceptos recurrentes en los versos y versículos de Gamoneda. Que aprendiera a leer en un libro de poesía, el único que había en casa, Otra más alta vida, escrito por su padre doce años antes de que él naciera, es asunto fundamental en su vida: preguntando constantemente a los adultos por cada una de las letras acabó por identificar fonemas, palabras, líneas enteras; y siendo un libro de poesía, asimiló las palabras leídas -de significado desconocido muchas de ellas- a su valor musical: los signos de la escritura remitían al misterio y al ritmo. Así es la poesía de Antonio Gamoneda: ante una primera lectura, el lector siente el asombro de una belleza ininteligible, pero el conocimiento de otros poemas van arrojando luz sobre los ya leídos en una suerte de remisiones constantes y luminosas que obligan a una relectura y que perfilan el sentido real de una determinada metonimia, y éste el sentido de otra. Eso sí, como muy acertadamente dice Miguel Casado en su epílogo a Esta luz, «un resto último, perteneciente a lo privado, queda inalcanzable en el fondo del poema, garantizándose su ser de poema vivo». El misterio nunca desaparece del todo.



Así he cruzado en estas líneas de la sombra a la luz, de la prosa a la poesía, de los recuerdos a ese cuerpo poético único en nuestras letras, construido verso a verso por Gamoneda desde el aislamiento, desde la condición de poeta ajeno a todos los grupos y generaciones, prácticamente desconocido durante décadas. Al llegar a Esta luz me detengo: merece más espacio y sin duda una capacidad mayor que la mía, aunque acaso bastaran dos palabras: lean sus poemas. Leedlos. Me limitaré a constatar la conmoción que para mí supuso la lectura de Descripción de la mentira, el poemario con el que en 1977 rompió un largo silencio de doce años, durante los cuales estuvo dedicado actividades antifranquistas en la clandestinidad: se trató para mí de un terremoto interior que sólo puedo compararlo al que experimenté con la lectura de la Rayuela, de Cortázar, a mis veintipocos años. Uno fue un terremoto en prosa, el otro en largos versos.


Son estos versos de Antonio Gamoneda -parte de ellos- los que deseo dejar sonando en el Loser este verano…




lunes, 1 de julio de 2013

El Loser, sus habituales (7): la aceleración de la Historia



El cliente es un hombre mayor, con el pelo blanco, abundante y revuelto, lo que le confiere cierto aire de científico que hubiera pasado cuarenta y ocho horas seguidas en un laboratorio. Como sucede con tantos otros habituales, si no hay mucho jaleo en el Loser y desde su rincón en el barra le hace una señal al barman, éste ya sabe que no es sólo para que le ponga otra cerveza (no toma nada más fuerte, ésa es la verdad).

-El tiempo vuela, ¿no es cierto? -le dice al barman cuando le tiene justo a otro lado-. Cada vez va todo más deprisa, y no es sólo una sensación, muchacho. Es lo que es. Sí señor. Piénsalo bien: hace cuatro millones de años un primate se pone en pie por primera vez, se endereza, otea los pastos que se extienden más allá, se da cuenta de que puede utilizar libremente sus extremidades superiores, y entre dos y tres millones de años más tarde crea herramientas de piedra, una punta de flecha, un hacha de silex, y un millón de años después enciende y apaga el fuego a su voluntad, es señor del fuego, lo domina, y medio millón de años más tarde, el homo sapiens, nosotros, que habíamos estado a punto de seguir el camino de la extinción, como el Neanthertal, el homo sapiens, digo, aprovecha unas condiciones climáticas insólitamente benéficas para establecerse y originar nada menos que la agricultura, surgen las canalizaciones de agua y una forma racional de sedentarismo, surgen civilizaciones sólidas, complejas, y un nuevo orden social, el comercio, la moneda, la escritura alfabética, surgen imperios, se sofistican las guerras, se amplían y ordenan y conceptúan las creencias, los mitos; se van sucediendo las épocas históricas a través de grandes transformaciones sociales, los períodos artísticos y literarios van superponiéndose, de lo rupestre a lo jeroglífico, a lo monumental, a lo astronómico; de lo robusto a lo suntuoso, a lo delicado, a lo espiritual, a lo épico, a lo picaresco, a lo barroco, a lo filosófico, a lo arrebatado, y 9.700 años después de que surja la agricultura estalla la revolución industrial y todo se acelera aún más, mucho más. Ahora sí que la historia aumenta su velocidad, cada vez es menor el tiempo que transcurre entre un descubrimiento tecnológico y su aplicación práctica. Se tardaron casi tres millones de años en utilizar la primera herramienta, ya ves, pero se tardó tan solo ciento doce años en aplicar los principios fundamentales de la fotografía, ochenta y cinco los de la máquina de vapor, cincuenta y seis los del teléfono, quince los del radar, cinco los del transistor, y los plazos que se refieren a las llamadas tecnologías de la información y la comunicación ni te cuento, amigo. Ya lo creo que va todo más rápido. Y más que va ir, muchacho. Acuérdate de lo que te digo. Porque, ¿sabes?, dicen que hacia 2050 o 2060 tendrá lugar un, en fin, un super-evento tecnológico: el invento y su aplicación serán simultáneos, y un instante después la aplicación empezará ya a anteceder al invento, o dicho de otro modo: el proceso se invertirá y el ser humano empezará a jugar un papel secundario en él. Es a eso a lo que han llamado la revolución de las máquinas. Sí señor.

Bebe un sorbo de cerveza y se limpia gustosamente la espuma de los labios con el dorso de la mano, como si el gesto formara parte inseparable del placer de beber.


Imagen: McSorley's with Kate & BartenderHarry McCormick.

domingo, 23 de junio de 2013

Bloody Mary


Todo local que aspire a tener una historia que merezca ser contada pasado el tiempo ha de forjar alguna tradición, y la del Loser bien podría ser la de invitar a un cóctel por San Juan. El tipo que regenta la barra se aficionó al arte de combinar bebidas gracias a un libro de José Luis Garci titulado Beber de cine, si bien es cierto que por entonces era ya un consumado artífice de gin tónics, aunque por alguna razón nunca ha considerado esta sagrada bebida, ahora de moda, un cóctel-cóctel. A día de hoy, Beber de cine viene a ser para el barman lo que el ejemplar de Herodoto para aquel pobre paciente inglés: un recetario de vivencias, un cuaderno de campo de los sentidos, entre cuyas páginas van incorporándose otras hojas sueltas con cócteles distintos, fotos, posavasos (por ejemplo, uno redondo de Chicote). 

A partir del libro de Garci, quien esto escribe se aficionó en primer lugar al Bloody Mary, y puesto que el placer de preparar y beberse un cóctel es inseparable del gusto de compartirlo, los amigos recuerdan la época en que a la menor ocasión, en aquel sobreático de larga y esquinada terraza con vistas a la ciudad completa, se lo encontraban en su mano, frío, rojo, denso. Y, a veces, quien esto escribe leía en voz alta unas líneas del libro; éstas, por ejemplo:

"Del mismo modo que hay cócteles que no se deben tomar sin pajarita, la única manera sensata de sumergirse en un Bloody Mary es en pijama y de cabeza -un pijama de seda y la cabeza de latón-, o en los instantes previos a abrir la ducha, o justo cuando escuchas el portazo de la rubia. Tiene otros tragos y otras circunstancias, pero conviene dejar bien escrito que la mayor virtud del Bloody Mary es su efecto reparador de la resaca. De ahí que debes tener muy en cuenta que el mejor momento para preparar un buen Bloody Mary nunca será tu mejor momento". (José Luis Garci. Beber de cine).


Foto procedente de parisrues.com
El Bloody Mary nació en 1921, en el Harry’s New York Bar, un rincón de Manhattan en el mismísimo corazón de París (número 5 de la Rue Daunou), siendo su inspirado creador el camarero Fernand Petiot. El Harry’s Bar es un establecimiento legendario que cumplió cien años en 2011, y fue en su momento lugar de encuentro de los escritores de la Generación Perdida y de tantos otros expatriados norteamericanos, unos artistas y otros no tanto. Tiene ese aspecto con el que sueña el Loser – puertas batientes en la entrada, barra de caoba, paredes paneladas de madera…-. Su primer camarero, el escocés Harry MacElhone, lo compró en 1923 y le puso su nombre; el bar aún sigue en manos de la familia (su propietaria actual es la viuda del nieto de Harry). Ian Fleming, que lo frecuentaba, escribió en Casino Royale que es el mejor lugar en París para conseguir una bebida sólida, y en su Piano Bar George Gershwin compuso Un americano en París.

Dicen que detrás del nombre de este cóctel puede estar María Tudor, que tan sanguinariamente persiguió a los protestantes en la Inglaterra del siglo XVI, o un local de Chicago de nombre Bucket of Blood, cubo de sangre, en el que uno de los amigos de Petiot, según dijo, había conocido a una chica llamada Mary. En cualquier caso, la base del Bloody Mary es un cuarto de vodka y tres cuartos de zumo de tomate vertidos en vaso mezclador lleno hasta la mitad de hielo; su secreto está en los pequeños detalles: en los pellizcos, en las gotas: un pellizco de sal, otro de pimienta, unas gotas de tabasco, unas gotas de limón, unas gotas de salsa Perrins. Es difícil de creer lo soso que puede llegar a resultar el tomate sin esas mínimas pero sustanciales aportaciones, una sosería de la que no lo libra ni siquiera la participación del vodka, esa etílica cuchilla de trineo abriendo la nieve de las estepas, ese latigazo helado del cochero contra las grupas del caballo, ese sable de cosaco con filo de hielo líquido, ese clin clin clin de los cascabeles de alta graduación… Por cierto, conviene tener siempre una botella de vodka en la nevera, porque uno nunca sabe cuándo va a desear hacer que corra el Bloody Mary. El cóctel, dicen también, puede adornarse con un tallo de apio.

Nada mejor para tomárselo en este Loser hoy imaginariamente abarrotado y envuelto en humo que escuchar a Gershwin y contemplar con las luces apagadas a ese maravilloso americano en París que fue Gene Kelly y sumergirse en el rojo Minnelli que es también el del Bloody Mary en las manos y el de las hogueras que arden ahí fuera.




Y como la imaginación es libre, imagino que el poeta Miguel Cobo, a quien le debo la denominación de blog-bar, escribió un poema en el reverso de un posavasos del Loser, y que luego lo publicó en su bitácora Riografía, y que yo me lo encontré a un tiempo allí, flotando en la corriente de un río suspendido en el alambre, y también en la barra del Loser, y que me gustó de inmediato, que me gustó tanto como cualquiera de sus poemas, pero que sus versos me sedujeron particularmente desde la mirada del perdedor hasta la sal de las lágrimas, una sal que muy bien podría haber caído en la superficie del Bloody Mary, gota a gota, pellizco a pellizco.

E imagino que el posavasos con el poema está ahora enmarcado y colgado tras la barra (gracias Miguel, por permitirme traer aquí tus versos).

Salud.



          Morder el polvo

          La mirada del perdedor
          es también una mirada perdida
          en el desconsuelo de su redundancia.
          La soledad de la derrota en el último suspiro ahoga
          la ilusión cercenada por las agujas crueles de un reloj
          que prometía la victoria atisbada en la gloria de un sueño
          desvanecido apenas a tan solo un minuto de alcanzar el esplendor
          en la hierba. Triste la sed que no se apaga con la sal de las lágrimas.
                          

                                                                                      Miguel Cobo, 26 de mayo                   



Posavasos Loser
                                          

jueves, 13 de junio de 2013

El humo ya no ciega mis ojos

Gracias al blog que el crítico musical Diego A. Manrique tiene en la edición digital de El País supe hace unos meses de una novela corta titulada Snodgrass, escrita por Ian R. MacLeod, donde un John Lennon cincuentón y fracasado narra en primera persona lo que fue de su vida desde que en un arranque de orgullo profesional –o tal vez de orgullo a secas- abandonó a los Beatles en 1962, justo antes de que la banda iniciara el ascenso al éxito de la mano del productor George Martin. La novela está encuadrada, ya se ve, dentro de ese apasionante género literario llamado ucronía, es decir, aquellas obras de ficción que construyen una Historia alternativa a partir de la modificación de un determinado acontecimiento, y si yo la menciono aquí –y ahora- no es por lo apetecible que resulta su lectura de acuerdo con lo que de ella cuenta Manrique, sino por su estupendo comienzo: «Tengo planificada mi vida. Hoy, dejaré de fumar. Mañana, dejaré de beber. Al día siguiente, otra vez dejaré de fumar». (En “Planeta Manrique”). 

Durante años ésa ha sido mi relación con el tabaco: a cada abdicación de mi yo fumador en un yo quizá menos cool pero mucho más saludable le ha venido sucediendo antes o después el retorno al cigarrillo. A veces echaba de menos el mero gesto de sostenerlo entre los dedos, tan arraigado ya en mi carácter; a veces la rendición ocurría durante un acceso de ansiedad o de melancolía o de rabia; a veces se trataba de agarrarme al humo y escapar de uno de esos legendarios bloqueos de escritor. Esto cambió hace exactamente un año. Apenas puse punto final a un relato largo en el que había estado tres meses trabajando duramente, fumé el que sabía que era mi último cigarrillo: éstas son, pues, tan solo unas líneas para celebrar en público un aniversario íntimo. 

En este año he podido comprobar que la realidad supera a la adicción; que abandonar el hábito no hace un monje de uno; que en la sobremesa el humo del café podrá añorar, solitario y achaparrado, aquellos tiempos en que danzaba con el larguirucho humo de un cigarrillo, no lo niego, pero el placer que antes ha experimentado el paladar con los matizados sabores de la comida para sí lo quisieran los otros cuatro sentidos; que la inspiración literaria no necesita un filtro ni en los labios ni en el camino siempre azaroso que una idea ha de recorrer para llegar a las yemas de los dedos en el teclado. En este tiempo he evitado de forma natural convertirme en uno de esos adustos ex fumadores que abominan del acto de fumar y se quejan del humo y lo espantan ostensiblemente de su cara con la nariz fruncida y tosiendo y se han pasado, con el ímpetu del converso, a las filas de quienes defienden que no se fume en los bares. No. En cambio he de reconocer que hace unos días sentí un desagrado inmediato al ver a alguien hacer en la calle, irreflexivamente, sin darle importancia, un gesto que habré repetido yo centenares de veces con absoluta soltura: el de arrojar sin más la colilla al suelo tras la última calada. 

Alguna vez he contado que le debo mi condición de fumador a una escena en concreto de una película. La película es Un lugar en el sol y la escena aquélla en que el personaje que interpreta una deslumbrante Elizabeth Taylor repara por primera vez en la existencia del personaje que interpreta Montgomery Clift. George Eastman ha sido invitado por su adinerado tío a una fiesta elegante en la que no encaja. Deambula entre los invitados y acaba a solas en la sala de billar, donde una carambola imposible atrae casualmente la atención de Angela Vickers, la chica rica con la que lleva soñando desde que llegó a la ciudad. «Has desperdiciado tu juventud», le dice ella a ese desconocido, admirada por su habilidad en el juego. Él asiente con timidez. « ¿Por qué estás solo?», le pregunta, «¿Eres exclusivo?». Él dice que sólo está pasando el tiempo, y la invita a jugar. Ella le responde que se limitará a mirarle. «¿Te pongo nervioso?». «Sí». Se presentan. Él le hace entender que ya la conoce, por los periódicos. « ¿Qué haces?», le pregunta Angela ahora. «Cosas corrientes». «No pareces muy corriente». «Es la primera vez que alguien me lo dice». «Eres muy reservado…». «Sí,  a veces». « ¿Melancólico o exclusivo?». «Ahora mismo ni lo uno ni lo otro». Y en esa escena nace una historia de amor que acabará en american tragedy… Esa chica tan apabullantemente hermosa, ese tipo atractivo y su manera atractiva de fumar…

  

Yo tenía diecisiete años aquella noche (como Liz), y es posible que hubiera acabado convertido en un fumador de todos modos, pero diablos, no hubiera sido por un motivo tan bueno. Esa escena me la llevé, más o menos disimulada y mezclada con otra de la película, a mi novela El veneno de la fatiga; fue uno de esos homenajes privados a los que somos tan dados los que escribimos ficción. Fumar fue en mí, desde siempre, una manera de ser un poco aquel tipo del billar, o cualquier otro parecido: apostaría a que los cinéfilos tienen más papeletas para ser fumadores. 

Gabriel García Márquez dejó de fumar para siempre el día que un amigo siquiatra le explicó que la razón por la cual resulta tan difícil abandonar la adicción al tabaco es que dejar de fumar viene a ser como matar a un ser querido. Hay momentos en que echo de menos a ese ser querido, es cierto, a ese fumador que fui, pero no me pesa en la conciencia haberlo liquidado: lo maté en legítima defensa. Por eso sé que esta vez es para siempre, que no habrá ya un día siguiente en que tenga que volver a dejar de fumar.

jueves, 6 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina y (por ejemplo) "Sefarad"

Desde que El invierno en Lisboa me fascinara a mis veintidós años, he venido leyendo puntualmente todos los libros que ha publicado Antonio Muñoz Molina. Antes, naturalmente, retrocedí a Beatus Ille, que era anterior en el tiempo y me gustó más aún; luego esperé Beltenebros como un niño espera la Navidad: éste fue el primero de sus libros que el librero me entregó nada más desembalar ante mí el paquete que acababa de llegarle de la distribuidora, y el primero que no pude empezar a leer ese mismo día: estaba en época de exámenes, de modo que lo puse de pie en mi estantería, como una promesa de desconocidos y excitantes placeres literarios. El jinete polacoArdor guerreroPlenilunio… En fin. Uno tras otro. Recuerdo las circunstancias en que leí cada uno de sus libros, y si me detengo ahora en Sefarad no es porque se trate del que prefiero entre todos –no tengo un “libro favorito” de Muñoz Molina-, sino porque fue el único sobre el que escribí a vuela pluma mis impresiones nada más acabar de leer la última página, envuelto todavía en la mirada de ese retrato pintado por Velázquez que le asalta a uno por sorpresa cuando llega al final. 

Leí una buena parte del libro apenas llegó a las librerías en marzo del 2001, arrastrado, gozosamente arrastrado, por la corriente de aquella prosa envolvente y prodigiosa, conmovido por la forma en que el autor metaboliza y nos devuelve como propio el dolor y el miedo de tantos, y asombrado por la difícil facilidad con que están urdidos esos capilares a través de los cuáles se extiende sutilmente la unidad del relato, su alma única. Luego dosifiqué su lectura, porque no quería terminarlo en una semana sabiendo que tardaría dos o tres años en volver a leer un libro suyo, pero también porque aún aspiraba entonces –y aún aspiro hoy- a llegar a ser algún día un lector más metódico y menos compulsivo. Desde luego, no soy capaz de analizar tan magnífica obra en un texto que quiere ser breve: Sefarad lleva demasiadas cosas dentro como para despachar un comentario o un juicio en unas líneas, máxime cuando uno carece del don de la concreción. Digamos que Sefarad es un regalo para todo aquél que ya no se conforma con una trama convencionalmente estructurada o un argumento rutinario. 

Por aquel 2001 yo había aprendido ya a vivir los libros y no a través de los libros, y este lo viví intensamente, un libro que era de Muñoz Molina, claro, pero también de Jesenka, Ginzburg, Neumann, Münzenberg y tantos otros personajes históricos de los que yo no había oído hablar nunca, para mi vergüenza, y que hasta ese libro habían sido para mí tan desconocidos pero tan reales, de alguna anónima manera, como todos cuantos han sufrido las penalidades de la persecución, la expulsión, la tortura o el exterminio. Tanto la enfermedad como la asfixia que provoca la vida de provincias, cuestiones tratadas también en  Sefarad, sí las conocía de primera mano, ésta última en unos términos tan similares a los que el narrador dice haber experimentado en algún período de su vida que me perturbó leer ciertas páginas: cada vez que en cualquiera de sus libros Muñoz Molina adopta una perspectiva confesional me siento espiado, viviseccionado, expuesto a la luz pública e igual de sobresaltado que ante un espejo cuya existencia me hubiera pasado inadvertida hasta el momento de reconocerme en el desconocido que me observa.

Sefarad es tal vez su libro más borgeano, al menos lo es a ratos. Borges creó un Jaromir Hladík que quizá tuvo su origen en algunas de las personas reales de las que nos habla Muñoz Molina en el libro. Aquel Hladík soñó una noche de marzo con un largo ajedrez, y cinco días más tarde fue arrestado por los nazis, y en prisión, esperando su último amanecer, encontró a Dios –aunque bien es cierto que durante el transcurso de otro sueño- en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos de la Biblioteca del Clementinum, en la Ciudad Vieja de Praga, concretamente en un atlas, y concretamente en un mapa de la India, y Dios le concedió un milagro secreto (¡cómo me gusta ese relato!). Sefarad es también, evidentemente, un libro kafkiano, pero no por razones que partan de la voluntad de su autor y lleguen al texto convertidas en un disfraz de estilo o de atmósfera, como ocurre tan a menudo con la literatura que se elige kafkiana, sino porque lo kafkiano parte amargamente de la realidad que Muñoz Molina retrata y llega al texto atravesando su conciencia, valiéndose de él en tanto que autor, de su talento y su sensibilidad. El instante en que Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un insecto gigante es simétrico a ese otro en que Jean Ámery/Hans Mayer, tal como cuenta la novela, se leyó un día en un periódico convertido en un insecto semítico. 

Cada vez son menos los novelistas en cuya obra uno encuentra una mínima vocación de perdurabilidad, de trascenderse a sí misma y trascender a su tiempo, y sin embargo son los únicos novelistas que merecen ser leídos. Comprar novelas actuales es una atracción fatal a la que prácticamente ya he renunciado: la mayoría de las veces, uno continúa leyéndolas a partir de la página 20 porque no hacerlo equivaldría a aceptar fríamente que hemos tirado una cantidad nada desdeñable de dinero; cuando yo acabo muchas de ellas, cuando las acababa, más bien,  me acordaba de Víctor Hugo y de Dumas y de tantos otros grandes escritores a quienes no he leído aún, y la sensación de haber perdido el tiempo era todavía más terrible que la de haber perdido el dinero. La obra de Antonio Muñoz Molina sí aspira -decididamente, además- a permanecer en la memoria y en el ánimo de quien lee sus libros. Y lo logra de manera absoluta. No hay otro escritor actual, en cualquier idioma, que me apetezca tanto seguir leyendo.

sábado, 1 de junio de 2013

Escribir o no escribir sobre Gatsby...

Resulta extraño que aún haya quien se sorprenda de que una película basada en una gran novela quede por debajo de su referente literario. Estoy dispuesto a aceptar que esto siga sucediéndoles a personas jóvenes, pues fue también pecado de mi juventud ilusionarme con la mera noticia de que estuviera rodándose una película basada en un libro que me había gustado mucho; pero qué diablos, he crecido, me he curtido en decenas de decepciones y hace mucho que comprendí que la mejor versión cinematográfica de un libro es la que forja la imaginación de cada cual mientras recorre sus páginas. 

Mientras busco mi localidad en la sala no espero, pues, gran cosa de esta película (que además ha sido vapuleada por una parte de la crítica), salvo que, bueno, quién sabe, en fin, el tráiler permite albergar una vaga, casi inconfesable esperanza. Está, eso sí, la banda sonora, que he escuchado ya; al menos los primeros minutos: no necesité más para horrorizarme: ¿Cómo es posible que para contar una historia que es el máximo paradigma literario de una época a la que un estilo musical le puso nombre, la Era del Jazz, se haya utilizado una música tan estridentemente anacrónica? ¿Qué mayor prueba de las alteraciones, manipulaciones, felonías que la película ha de contener?

De modo que me siento en la butaca como quien se acomoda en el interior de ciertas atracciones propias de parque temático –por ejemplo el de la Warner-, esperando un viaje vertiginoso a través de un puro exceso visual y sonoro. Pero he aquí que a medida que va transcurriendo la película voy sintiéndome más y más cercano a ella. Y me doy cuenta de que, una vez más, me he quedado a contracorriente. Y ahora qué: resulta que me ha gustado este nuevo Gatsby. ¿Lo cuento? No me ha entusiasmado, no voy decorar mi habitación con fotografías de la película, no voy a ir a verla una y otra vez como Eva Harrington iba a ver las obras de Margo Channing, pero allí sentado he tenido la intensa sensación de que aquellas imágenes destilaban verdadera admiración por el libro, y de que el propio Scott Fitzgerald también lo habría percibido así, a pesar de que se haya escrito tanto en un sentido radicalmente opuesto a esta opinión. Y sí, está esa música, que no me gusta, pero que no inunda toda la película y que posee un sentido que va más allá del estrictamente sonoro: esos fiestorros desmesurados en la mansión de Gatsby son a un tiempo puro años veinte y contemporáneos a nosotros, de la misma manera que la desmesura orgiástica dio paso, entonces y ahora, a la bancarrota financiera, social y emocional (la anacronía musical me parece mucho, pero mucho más irritante en Mouline Rouge, por ejemplo). Y están esos descensos rascacielos abajo, propios de montaña rusa, que maljustifican el absurdo error de haberla rodado en 3D, pero que tampoco provocan mi completa indignación: si acaso mi indulgencia (en cualquier caso, no la estoy viendo en 3D; no creo que nadie la haya visto en 3D). 

Ya escribí que cada una de las versiones que se han hecho de la novela es hija de su tiempo, y éste en el que estamos, de vértigo y superficialidad, no es el más propicio para capturar el delicadísimo artificio de la escritura de Scott Fitzgerald. Naturalmente, la de Luhrmann está lejos todavía de ser la que la novela merece, pero sin duda es la mejor que se ha hecho hasta ahora. Las carencias que percibo en la película con respecto al libro no pesan lo bastante como para impedirme disfrutar de ella, y la complicidad se mantiene hasta el final. Desde luego, sigue sin resolverse cinematográficamente la cuestión de esa magistral primera persona, que observa y participa, que está dentro y fuera. En la misma butaca se me ocurre que tal vez la única manera de acercarse a ella en una película sería cediéndole esa primera persona al propio Fitzgerald, mostrarle escribiendo la novela en la Riviera francesa, identificándose a la vez con Carraway y con Gatsby. Los dos principales errores argumentales de esta película, a mi juicio, son, de un lado, la imagen de un Carraway escribiendo la historia como terapia; por otro, prescindir de la aparición final del padre de Jay Gatsby, y que en cierto sentido es el antecedente de la aparición de aquel taciturno Doc Golightly en Desayuno en Tiffany’s, de Capote: el primero viene al funeral de Jimmy Gatz, el otro llega a la gran ciudad tratando de recuperar a su joven esposa, Lulamae, que es ya tan ajena a la persona que fue en el pasado como lo es también ese fabuloso millonario de cuerpo presente: Gatsby y Holly se inventaron a sí mismos, y ése es el  hecho más relevante de sus vidas escritas. Pues bien, echo de menos a ese padre en la película de Luhrmann, y la relación entre Carraway y Jordan Baker, y sin duda todo ese caudal de prodigiosa prosa poética que existe en la novela (la muerte de Gatsby es uno de los pasajes más bellos de la historia de la Literatura), y alguna otra cosa… Pero lo que hay posee vida, una vida que estaba ausente de la versión protagonizada por Robert Redford. No puedo decir más; no quiero entrar en el juego de tratar de justificar por qué me ha gustado -sin exageración- algo que a tantos ha espantado. Simplemente ha ocurrido así. Como decía un personaje de Cortázar que de cuando en cuando vomitaba un conejito, «no es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose».

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Por cierto, que una nueva traducción al español de El gran Gatsby se ha sumado a las ocho que ya estaban disponibles en cualquier librería bien surtida (y de las que ya se habló en el Loser). Esta última está firmada nada menos que por Ramón Buenaventura, excelente traductor y escritor, y la publica Alianza Editorial. Realmente, es casi increíble: ¿Cuál puede ser la magia de este libro para que haya dado lugar en España a una circunstancia tan insólita como es la de hacer coincidir 9 traducciones 9?

Portada de la novena


Y ahora, dejemos descansar a Scott (y a Zelda)... un tiempo.